Los sabores del amor


A veces la realidad me ubica en un sinfín de historias, mías y de otros, pero que de alguna manera les encuentro un denominador común: “El Amor”, sí, así con altas y entrecomillado, lo cual lo refiere como esa poderosa fuerza, lo enaltece como ese poder sobrehumano que se convierte en la mejor de nuestras fortalezas o la peor de nuestras debilidades. 

El Amor es un todo, es la suma de todo los que somos y tenemos, de todo lo que seríamos capaces de hacer y de todo aquello a lo que estaríamos desipuetos a renunciar… Es la fuerza y la debilidad en la misma persona. 

Entonces, un día de éstos me entero de una historia de amor clandestino, de ésos que se vuelven intensos por lo “indebido”, que se convierten en pasionales porque el tiempo es contado, que se hacen permanentes porque de inicio sabes que serán efímeros, así que habrán de vivir más en el recuerdo que en la realidad. Así, esta historia de amor, me recuerda aquellos momentos –recientes- en los que quise creer en El Amor, colocándole un título muy ambicioso a una efímera aventura con un hombre cobarde. 

Ahí evoco ese sabor del amor de aventura, ese sabor del amor que se disfrutaba desde el deseo, en el que cada beso encendía el sabor de una noche de sexo robada a la realidad, el sabor de la piel ardiendo en deseo al roce de mi lengua, el sabor de unos labios que jugaban en cada encuentro a descubrir nuevas sensaciones, el sabor del pacer… un placer efímero que en una noche existía y al día siguiente había que reinventarlo para alargar la ilusión de creer que había algo más que la fantasía…

Luego, otra historia la de una mujer inteligente, guapa, sensual, profesionista, de ésas en las que la sociedad casi como cliché le podría decir: “cualquier hombre moriría por estar con una mujer como tú”. Ella, me platicó que recientemente recibió una brutal golpiza por parte del su amor… ¿Cómo? Sí, así, en una tarde de arrebato, de celos obsesivos que controlaban desde hacía dos años su manera de vestir, sus relaciones interpersonales y hasta el lugar donde debía trabajar, ese día los celos llegaron a una expresión irascible de golpes. 

¿A qué sabe el amor cuando tienes que dejar de ser tú para estar con alguien? ¿A qué sabe el amor cuando el mundo admira en ti mil cualidades y en la intimidad vives un infierno? ¿A qué sabe el amor cuando en un beso hay temor de despertar la bestia con la que “has hecho el amor” noche tras noche? ¡A miedo, a eso sabe! Miedo al mundo, a la soledad, a la vulnerabilidad, miedo a dejarlo y no saber qué pasará, miedo a continuar y tener la misma duda. Nunca he vivido violencia física, pero sí una terrible violencia psicológica que aún lastima mi paz… Sé el sabor de ese “amor” (en bajas y sin sentido), es un sabor a miedo.

También, pienso en esas historias en las que la complicidad es incondicional, de esos primeros amores en la vida, en donde las decisiones  -a veces equivocadas- se toman en “nombre del amor”, cuando crees estar haciendo lo correcto, porque tienes la certeza de que el otro (la otra) lo haría por ti. Ese amor juvenil, inocente, puro, que juras eterno porque a veces es el primero, del que estás aprendiendo, con el que estás descubriendo un mundo de sensaciones y retos. 

Ese amor sabe dulce, sabe inocente, sabe ingenuo y es sólo el preámbulo de un sabor que quizá en poco se convertirá en un sabor agridulce, dulce-amargo, que nos hará crecer a partir del dolor del desamor. Ese amor, muchas veces se transforma en amistad, en un aprendizaje conjunto que trasciende el tiempo y la relación que los vinculaba (si es que el amor era Amor). 

Así, los sabores de El Amor se trasforman, se disfrutan, se paladean para conservarlos en ese lugar de la memoria sensorial donde no habrán de morir, donde habrán de convertirse en materia prima que dé lecciones para otros amores… Hay amores de los que sólo se recuerda el sabor salado de las lágrimas de aquellas noches de insomnio intentando ahogar en llanto la derrota.

Hay sabores vitalicios en la memoria, en esa memoria donde aún puedo revivir la dulzura, experiencia y paz de los besos del gran amor de mi vida, esa memoria donde mis labios aún conservan la sensación húmeda y el sabor de aquella boca donde pude besar su alma…

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