Detengamos el tiempo

Esa noche bebimos vino tinto mientras conversábamos, la elección del vino la habías hecho tú, pretendiendo demostrar tu vasta cultura en bebidas dignas de una noche como esa. Aquel primer beso en tus labios, avaló que tu decisión había sido correcta.

Ahí, en la habitación de aquel hotel bebimos la primera copa mientras conversábamos, de esas trivialidades de las que se hablan cuando por un lado se quiere apresurar el tiempo para llegar al momento de desnudar nuestros cuerpos, pero por otro lado se disfruta la posibilidad de conversar de “lo que sea” para desnudar el alma.
Qué rica consistencia del vino, el sabor era muy agradable, disfrutarlo en los labios y la lengua hacían más ardiente el deseo de querer besarte, de besar tu cuello y continuar la charla sobre la cama. Pero no fue así, seguimos platicando, ahí sentados en esa confortable sala. Sentí calor y me quité el delgado suéter que vestía, debajo de él, traía una camiseta negra, de tirantes delgados y textura sedosa, me quité el suéter y tú me quitaste la camiseta con la mirada –aunque aún la traía puesta-.

Ahí en aquel sillón, me acerqué lo suficiente a ti, comencé a acariciar tu cabello, nos besamos, en un dulce beso, en un beso de esos que tienen la combinación exacta entre de deseo y ternura. Sentí tus labios devorar los míos, sentía tu lengua comunicarse con la mía ¡qué delicia de beso! Preciso, delicioso, excitante… aquel beso terminó con una sutil caricia con la punta de mi lengua en la comisura de tu boca.

Bebimos más vino, yo  jugaba con mi lengua en el contorno de la copa, humedecía las yemas de mis dedos en mi lengua y los llevaba a tu boca. Recorría el contorno de mis labios con la punta de mi lengua invitándote a que probaras la combinación del vino y mi saliva. Tomé un sorbo más de vino y sin querer, unas gotas escurrieron de mi boca, lentamente bajaron por mi cuello hacia mi pecho y se perdieron dentro de la camiseta que cada vez dejaba menos a la imaginación, que cada vez parecía ser más transparente ante el arder de mi piel.

Dejamos las copas de vino a un lado y comenzaste a besar mi cuello a acariciar mi cabeza tomada con tus dos manos por la nuca, besabas delicioso, apenas apretándome suave con tus labios y luego acariciándome con tu lengua. La sutileza de tu trato era excitante, exquisita, era un tierno recorrido que encendía rápidamente el deseo. Bajaste con tus labios los tirantes de mi camiseta, te separaste un poco de mí para observarme, observar que mi sonrisa acreditaba las sensaciones que provocabas.

Ahí, recostada sobre el sillón de aquella habitación, acariciaste mis piernas descubiertas en su mayoría por la corta falda que vestía, quitaste mis tacones e instintivamente adivinaste el recorrido que haría que en pocos minutos nuestros cuerpos se entendieran, para que en pocos minutos, al sillón le faltara espacio y la cama en un instante nos llamara… Antes, nos dimos tiempo para una copa más, para compartir el mismo trago en nuestros labios, nos dimos tiempo para recuperar la conversación y atemperar el ambiente…

Tu camisa desapareció en un instante, te sentaste de nuevo en el sillón y yo me recosté sobre tus piernas, continuaste acariciando mi cabello, en un tierno recorrido seguiste por mi cuello y mis hombros, me observabas con deseo, con ternura y deseo. Sobre la camiseta vestida a medias, acariciaste mi pecho, mi abdomen y mi cadera. Era tan rico ese recorrido, en verdad era una atinada combinación: al mismo tiempo quería sentirme tuya al instante y también deseaba que continuaras acariciándome así toda la noche.

Cerré los ojos, en ese recorrido te deshiciste de mi camiseta y mi falda, te levantaste me dejaste recostada sobre el sillón y recorriste lentamente mi cuerpo semidesnudo, apenas rozándome con las yemas de tus dedos, de momentos besando mi piel, de momentos humedeciéndome con tu lengua… La manera en que me observabas detenía el tiempo, quería conservar así tu mirada, sintiéndome admirada, sintiéndome tuya en el recorrido de tu vista.

Extasiada en las sensaciones que provocabas me tenías inerte, perdida en mis pensamientos, ahí donde el tiempo se había detenido para disfrutar cada sensación… me tomaste en tus brazos y me llevaste a la cama, al instante tu ropa quedó en el piso mientras mi cuerpo ávido de sentirte te esperaba, mientras el deseo de ser tuya y sentirte mío se desbordaba…

Fue una sensación sublime, así, con la misma ternura que me acariciabas, con esa misma ternura y delicadeza hicimos el amor. Así, justo con la calma que exige el deseo, con la pausa que obliga el placer compartido, con la excelencia de aquel que verdaderamente sabe hacer el amor. Detuvimos el tiempo en esa sensación, detuvimos el tiempo en ese placer sublime, que ojalá se repita (pronto)…

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