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Si me piensas como te pienso

Si me piensas como te pienso estoy segura que hay amaneceres en los que despiertas con una sonrisa por habernos encontrado en los sueños, tomas el teléfono y buscas una señal de mi existencia y encuentras en en el mundo virtual un mensaje con dedicatoria tácita que refuerza tu sonrisa. 

Aún recostado en tu cama, antes de que los primeros rayos del sol apresuren tus tareas, evocas mi rostro, mi sonrisa y el sabor de mis labios. Mi voz hace eco en tus pensamientos mientras telepáticamente me das los buenos días e imaginas que te respondo al oído y sientes que mis dedos recorren con sutileza tus labios. 

Si me piensas como te pienso, tal vez retas el frío de un amaneceres con mi recuerdo y mientras avanzas rumbo a la ducha, mi imagen te acompaña con esa sonrisa cómplice que tú conoces, con esa sonrisa que te dice cuánto disfruto estar entre tus brazos, cuánto anhelo el recorrido de tus manos en mi espalda. 

Tu baño tibio dejó que tu imaginación volara, que el recorrido de las gotas de agua por tu cuerpo semejara la humedad de mis labios y mi lengua besando tu dorso desnudo, tus hombros y tu nuca. El vapor del baño dibuja mi reflejo en el espejo, mi sonrisa, invitándote a más, a que dejes que mis manos y mis labios te recorran, te vistan, te desvistan y te vuelvan a vestir… 

Contra reloj y contra la imaginación comienza tu día, con esa imagen fija en tu mente, con ese pensamiento recurrente que nos une, te decides a llamarme para darme los buenos días y dejar que tu jornada continúe su curso con las tareas habituales. 

Si me piensas como te pienso, seguro hay momentos en los que en medio del caos mi rostro se instala en tu pensamiento y entablamos conversaciones imaginarias que nos ayudan a descifrar el reto de ese momento, hablamos de lo cotidiano y sencillo y luego, de nosotros, de ese próximo encuentro. 

Así, con un pensamiento compartido a la distancia transcurre nuestro día, anhelando ese tiempo robado a la cotidianeidad para hablar, para que con un interrogatorio breve compartamos no solo palabras, sino esa lectura entre líneas que nos une con el mismo deseo de pertenecernos, el deseo de apresurar el tiempo y acortar la distancia para encontrarnos en un abrazo prolongado, un abrazo que detenga el tiempo. 

Si me piensas como te pienso seguro a lo largo del día encuentras imágenes que quisieras compartirme, aquellas que describen la realidad nacional que discutimos en días anteriores, aquel ave en un arbusto posando para ti, los últimos rayos del día en un hermoso atardecer. Así, salgo de la nada y de todo, volviendo a entablar una conversación imaginaria que acompañe tus trayectos o el fin de tu jornada laboral. 

Por la noche, al final del día, las trivialidades nos reúnen, las redes sociales nos hablan de las banalidades del día y del rumbo del mundo. Al final, antes de ir a cama imaginas que compartimos un trago, quizá un tequila que silencie el caos de una realidad aberrante que no podemos borrar, quizá una cerveza que relaje la tensión del día. 

Ya en tu cama, dispuesto para descansar, mi recuerdo sigue presente, me imaginas frente a ti viéndonos, jugando con mis dedos en un recorrido por tu rostro, rumiando los sinsabores del día, buscando calor debajo de las sábanas y encuentras entre tus recuerdos mi voz cálida y en tu teléfono mi fotografía.

Si me piensas como te pienso sé que ahora quisieras estar aquí conmigo, contando las estrellas del cielo y queriendo hacer eternos los sabores de esta noche… 

Huimos una noche

En medio del caos en el que se ha convertido la vida en pandemia era indispensable encontrar un tiempo para huir de todo, incluso de la paranoia y el desasosiego que ha provocado esta enfermedad que ha cobrado tantas vidas en el mundo. Nuestras agendas siempre son complicadas de conciliar, es difícil empatar nuestros tiempos; es decir, más de dos o tres horas como lo hacemos regularmente para compartir un trago y el resumen de nuestras vidas, necesitábamos más. 

La vida nos concedió una noche para nosotros y el clima frío el pretexto perfecto para acompañarnos. Esta vez buscábamos un lugar diferente, no el de siempre, debía ser un lugar acogedor, lejano de nuestros mundos, un lugar que nos hiciera olvidarnos por un rato del caos citadino. Decidimos un lugar campirano, a hora y media de casa, seleccionamos el lugar donde habríamos de pasar la noche, llegamos con víveres suficientes para una noche y una mañana… 

Indudablemente aquel lugar era mucho más frío que nuestros rumbos, un camino lleno de neblina nos escoltó hasta nuestra sede, comenzaba a oscurecer cuando llegamos. El trayecto pareció más corto de lo que indicaba el reloj, rumiar nuestras historias en el camino quizá hizo que el tiempo pasara más rápido. 

El lugar era lindo, rústico, la habitación fría. Al entrar en ella sonreímos, con esa sonrisa cómplice de tantos años, de tantas historias compartidas. Esa sonrisa y un tierno beso donde apenas rozamos los labios abría un escaparate de intenciones y deseos, de recuerdos y experiencias que auguraban una gran noche. 

Nos sentamos en el sillón, abrimos el vino y brindamos por la vida, por las circunstancias a nuestro favor que nos permitían estar juntos en ese momento. Ambos revisamos los teléfonos para cerciorarnos que el mundo que habíamos dejado afuera de la habitación se encontrara en la calma en la que lo habíamos dejado, para luego desconectarnos de él. 

Aún no me atrevía siquiera a quitarme la chamarra o los zapatos, era realmente fría la habitación. Encendiste la calefacción, pusiste música en tu teléfono y seguimos conversando con la segunda copa de vino. 

Necesitábamos tanto ese tiempo sin tiempo, ese lugar que nos hacía sentir lejos del mundo, que aunque queríamos dejar fuera de la habitación, era imposible no hablar de él. Me recosté sobre tus piernas jugabas con mi cabello, contabas una y otra vez las pecas de mi rostro, esas que te sabes de memoria. Jugabas con las yemas de tus dedos cerca de mis labios dejando que persiguiera tu mano hasta acariciarte sutil con la punta de mi lengua. Me dejabas jugar con tus dedos en mi boca mientras tu otra mano acariciaba mi cara, mi cabello. Había tanta paz en ese juego, sin prisa, anhelando que las horas de esa noche fueran eternas. 

La habitación ya era más tibia, los vidrios empañados describían el contraste con la temperatura exterior. Me quité los zapatos, la chamarra y el suéter. Quedaba mi pantalón de mezclilla, mi blusa y los dos pares de calcetines que llevaba puestos previendo el frío de aquellos rumbos. Seguíamos en ese sillón en el que nos instalamos desde que llegamos, el vino y la botana nos quedaban al alcance y era un lugar bastante cómodo.

Sabemos que el placer en nuestros encuentros es garantía por eso disfrutamos tanto detener el tiempo en cada caricia, en cada beso, en la conversación repetitiva y en los silencios que dicen todo. Así, comenzaste acariciar mi cuerpo sobre la blusa, haciéndome cerrar los ojos de inmediato para concentrarme en el recorrido, en lo placentero y excitante del recorrido. A ojos cerrados percibía tus ojos clavados en mi rostro, contemplando mi sonrisa, leyendo mis pensamientos, escuchando el latir acelerado de mi corazón. 

Te acercaste a mí y nos besamos, jugamos con nuestros labios y lenguas, dejamos que nuestras manos nos recorrieran mutuamente buscando lugares, sensaciones, texturas… Abrimos los ojos y nuestros cuerpos hervían, la cama nos aguardaba. Bebimos el último sorbo de vino que había en nuestras copas y con un beso pactamos nuestra noche de placer infinito. Una y otra vez tocamos el cielo y jugamos con las estrellas, una y otra vez revivimos la sensación de pertenecernos, de disfrutarnos en cada roce, en cada beso, en el placer compartido. Así, dormimos a pausas hasta que el amanecer llegó luego de una gran noche…

Un Ángel

un ángel 2

Estamos inmersos en un mundo en el que como esquizofrénicos transitamos entre personalidades que nos hacen sentir esperanzados, agobiados o estresados, más tarde ansiosos o malhumorados. La realidad, esa que reinvento en cada relato, ahora se vuelve esclavizarte y por más que busco entre las fantasías de dónde asirme, termina por vencerme y dejar mi texto inconcluso, con ideas vagas y sin sentido.

Han sido días donde la nostalgia invade, donde las ausencias pesan y los recuerdos saltan de la nada instalándose obsesivamente en mi cabeza, se convierten en decenas de porqués sin respuesta, en reclamos airados contra el destino, en injurias que entre lágrimas mi corazón dicta. Y siento cómo mi sangre hierve, cómo me recorre con coraje, con miedo, con impotencia. Y trato de ahogar las lágrimas para no dar explicaciones pero esas explicaciones se agolpan en mi mente aturdiéndome.

Mi mundo es selecto, pocos pueden estar en él, solo aquellos que entienden mi locura sin quererme hacer entrar en cordura, solo aquellos a quienes no les espanta mi pasión, solo aquellos que en una sonrisa cómplice avalan tácitamente mi actuar, o con vehemencia tratan de hacerme entrar en razón. Por eso en la nostalgia en la que esta realidad me ubica necesito un cómplice, aquel que en la trivialidad compartida significó más de lo que las mentes oscuras y siniestras podrían alcanzar a ver.

Pocos hombres como él con quien se podían analizar los problemas de la humanidad sobre una servilleta o reír a carcajadas al descifrar el albur más elaborado. Pocos hombres como él que son luz cuando la oscuridad amenaza, que son sabiduría cuando la necedad insiste, que son elocuentes cuando el sinsentido reina, que son sencillos cuando la arrogancia incrimina.

Tantas veces encontré consuelo en sus lecciones,  abrigo entre sus brazos,  respuestas en sus palabras, tantas veces que hoy que el mundo es hostil, egoísta y vacío necesito su voz, necesito aquel entonado “amiiigaaa” que ahora hace eco en mi alma y me arranca lágrimas de dolor. Necesito su voz, sus palabras, necesito que discutamos sobre la educación en nuestro país y lo hechizo de la educación a distancia; o que me diga que Mis Chivas están perdidas, pero que el maestro Galindo se estará bien; que me diga que sus vaqueros de Dallas son el mejor equipo de la NFL, aunque ambos sepamos que mis 49’s lo son.

Y lo extraño, lo necesito… Él conoció por qué soy Azul, él tuvo entre sus brazos a la Azul más vulnerable, a la mujer derrotada y perdida,  a la mujer que sin quitarse la ropa desnudo frente a él su esencia, su alma, sus errores, sus  miedos, sus anhelos. Él abrazó a aquella mujer herida de muerte, a la mujer que víctima de sus encantos y arrepentida de sus errores, aquella que trataba de reconstruirse para ser Azul, él me abrazó sin juicios.

Él fue cómplice de mis locuras y aval para mis conquistas, fue luz cuando la oscuridad invadió y hoy es un ángel al que busco recurrentemente en mis sueños para volver a escuchar su voz… Aún duele su ausencia, aún es imposible evocar recuerdos sin que se conviertan en lágrimas… Hoy, un ángel, que quizá en contra de su voluntad, surca los cielos cuidando de los suyos, de los nuestros…

Amar para sobrevivir

Amar es el único mecanismo de defensa que nos salva de morir en vida, el amor es el artífice de las historias más intensas, de las locuras impensables, las tristezas más profundas, pero al fin el amor es la única señal de vida que activa los sentidos y las emociones.
Sólo quien ama o ha amado puede precisarse de haber vivido, sólo quien se ha sentido amado puede tener la certeza que ha valido  la pena vivir, sólo cuando la piel se eriza y la mirada se nubla por las lágrimas ante las expresiones más honestas de amor, se puede entender que el día a día es más que un trámite de supervivencia.

Cuando las respuestas llegan sin haber formulado preguntas, cuando una canción llena de recuerdos es la casual bienvenida al encender el auto para  el cotidiano recorrido de 28 km, cuando  se pueden silenciar los pensamientos llenos de juicios y prejuicios para escuchar el corazón que dicta sinsentidos con más razones, entonces el amor existe.

Cuando el caos convierte el mundo en un huracán que me devora y me lleva al centro de las dudas y los miedos y casi de la nada aparece una mano que me toma y me saca de ese remolino que me arrastra y me permite ver que aquel huracán no fue más que un pequeño ventarrón que sólo me despeinó, entonces el amor existe.

Cuando la simpleza de una sonrisa, de un apretón de manos, de una palmada en el hombro, la sencillez de una mirada franca viéndome a los ojos te reconforta y da paz, entonces el amor existe.

Cuando las palabras dicen más de lo que la vista decodifica en la lectura o lo que el cerebro identifica a través de los sonidos, cuando las señales se convierten en esperanza y las esperanzas en la fuerza para continuar, el amor existe. 

El amor nos lleva al límite de las pasiones, esas que en una tarde de caos nos llevan al placer más sublime del sexo apasionado, o a la invención más hermosa de una poesía que describa lo sublime del amor, o a la apuesta más arriesgada de querer cambiar la realidad anclada a un vacío de pasión.

El amor es la única fuerza que vence al miedo, el amor es la única certeza de saberse vivo, el amor es esa caricia casual que se hace con la mirada y se siente en el corazón, es esa palabra en silencio que dos miradas cómplices saben entender, es ese sueño compartido para alcanzar un ideal de vida.

Amar es algo complejo, algo destinado a los valientes, a aquellos que sabiendo el riesgo de la inconsciencia propia del amor, están dispuestos a creer. Amar es una apuesta a ganar aunque a veces se pierda, un instinto de vivir de hacer que el corazón guíe, aunque los pensamientos abrumen…

Amar jamás será un error, amar es siempre un acierto… Amar es la fuerza que se necesita solo para saberse vivo.

Por esta noche! 

Hay noches en las que llego a mi cama absolutamente exhausta… el cansancio parece vencerme y aún con el atuendo del día caigo sobre las cobijas, sintiendo entre sueños que estás ahí para reconfortarme.
A mi lado, contemplando por la ventana las estrellas que se pelean por el plano protagónico en el cielo, que celosas a la distancia se dan cuenta que la luna nos sonríe… Así, entre el cansancio y el sueño, dejo que la luna ilumine mi cama, que el silencio de la noche sea cómplice de tu presencia en mi cama, así, por esta noche te quedas conmigo… 

Recostada sobre la cama, de espaldas a ti, comienzo a sentir la tibieza de tu aliento acariciar mi cuello mientras tus manos pretenden deducir una estrategia que te permita deshacerte de mi atuendo del día, intentas encontrar botones, cierres o huecos que te permitan hacer que la ropa desaparezca. 

Mientras tus labios acarician mi cuello, tus manos encuentran cómo abrirse paso entre mi blusa, abrazan mi abdomen y comienzan un dulce recorrido que acompaña la tibieza de tus labios en mi cuello.

El roce de nuestros cuerpos aún vestidos es cada vez más ardiente, es cada vez más excitante… así, logras descifrar la manera de desabrochar mi blusa para deshacerte de ella y dejar mi espalda desnuda para ti.

Me giro para quedar boca abajo y el recorrido que había iniciado con tus labios en mi cuello, baja lentamente recorriendo con sutileza toda mi espalda, de momentos tu lengua me acaricia y de momento tus dientes rozan con delicadamente mis hombros.

Tus manos toman mis muslos y  mi cadera, suben por mi cintura, recorren con una tierna rudeza mi espalda, juegan en mis hombros y buscan la ingeniosa manera de acercarse a mis senos.

Mi cansancio es extremo, pero mi cuerpo atiende las sensaciones que despiertas… te facilito el recorrido que tus manos pretendían seguir y giro mi cuerpo para quedar boca arriba, dejo que me observes, que me reconozcas, que reconozcas los detalles que te gustaban de mi silueta, mis lunares y pecas, te acercas a mis labios y me besas con ternura, entendiendo mi día, compadeciendo mi cansancio y atendiendo mi necesidad de ti por esta noche.

Ese beso que inició en mis labios continúa por mi cuello, avanza por mis hombros donde con mordidas juguetonas pones a prueba mi resistencia. Las caricias de tu lengua sobre mi piel recompensan mi día, mi cansancio y mis deberes cumplidos. 

Mientras tus labios y tu lengua disfrutan mis pechos y yo disfruto el mundo de sensaciones que despiertas sobre mi piel, tus manos buscan cómo desabrochar mi pantalón, buscan cómo hacer que en unos instantes las prendas que aún quedan en mi cuerpo aparezcan en el piso a un costado de mi cama.

La tenue luz que entra por la ventana hace la escena sublime, iluminando apenas nuestras siluetas, dejando que las sombras jueguen sobre nuestros cuerpos y tus manos parecen perseguirlas sobre mis muslos, sobre mi vientre. Entre caricias y movimientos precisos te deshaces de mi pantalón, dejas que mis muslos sean iluminados por la tenue luz y me observas contemplando mis muslos sabiéndome tuya…

Mis ojos están cerrados, sin saber si imaginan o realmente estás ahí conmigo. Te pienso tan real que sé que la distancia y la fuerza de mis pensamientos te hacen mío en ese momento… te hacen mío por esta noche…

El juego de los recuerdos

El lanzamiento de este blog despertó un sinfín de aventuras, inició siendo catártico, se convirtió en anecdótico y luego en fantástico… a través de mis relatos algunos hombres han querido encontrar su historia conmigo, o peor aún, han querido entender que en mis líneas hay una abierta invitación al sexo de ocasión -pobres ilusos aquellos-.
Momento Azul es un espacio libre en el que juego a la escritora, juego a la fantasía, juego a reescribir la realidad con una óptica diferente. En cada relato, un hombre inteligente puede leer entre líneas quién soy, quién quisiera ser y quien quisiera que fuera desde la fantasía que propone la escritura… Ahí está la magia de la escritura, la magia de tener una pluma (virtual) con que puedo recrear la realidad. 

Hace unos días me contactó un viejo amigo -que seguro descubrió mi identidad Azul, con la connotación que describo en el primer párrafo-, un amigo de esos con los que en alguna tarde de soledad y desenfreno nos besuqueamos y jugamos el ritual de la seducción como un trámite de supervivencia en una realidad vacía.

En un ejercicio de honestidad debo decir que aquel amigo me gustaba mucho, siempre he tenido cierta fascinación por los hombres de brazos fuertes, de bíceps marcados, trabajados en el gimnasio, los brazos fuertes me representan una cursi sensación de protección, de que caber en ellos es rico.

Bueno, pues este amigo fuerte, atlético, atractivo e interesante y yo coincidimos hace varios ayeres en la vida, salimos en varias ocasiones sin el objetivo expreso de un romance (creo yo). Una de estas salidas terminó en una casual visita a su casa, compartiendo unas cervezas y viendo fotografías en su sala. 

Era una tarde-noche de otoño, fría, muy fría, así que el pretexto de la temperatura, la nostalgia de los recuerdos y lo confortable del sillón, eran una excelente combinación que incitaba a un beso, a una caricia… nos besamos, era un beso con sabor a deseo y a soledad. 

Besé sus labios, saboreándolos lentamente, con disimulada intención de seducirlo, con la decisión de poner a prueba mis encantos y su cordura. Acaricié sus brazos, que tanto se me antojaban desde tiempo atrás. Bajé por su cuello con mis labios mientras mis manos trazaban un camino alterno en su cuerpo. Besé su cuello con suaves caricias con la punta de mi lengua. Mis manos peleaban con su pantalón intentando desabrocharlo…

En la escena no entendía si sus reacciones  referían una aprobación tácita o debía  esperar una aprobación expresa. Con su ayuda logré vencer el botón de su pantalón y comencé a besar su cintura, su abdomen, un cuerpo atlético y delicioso.

En verdad era un cuerpo atlético, disfrutable al tacto, excitante en el recorrido de mis manos por sus músculos. Continué con mis labios en su abdomen, aún con dudas de estar haciendo lo correcto, no en un sentido moral, sino en el sentido más simple, más físico. Tuve que preguntar si continuaba o me detenía, supongo que asintió porque continué y la ropa poco a poco dejó de ser obstáculo.

¿Qué pasó después?! ¡NO LO RECUERDO! No sé si al final me pesó más la culpa y los fantasmas morales, o porque mi memoria no conservó detalles de aquella noche… Supongo que el sexo fue placentero, la noche deliciosa, con ese cuerpo y esa condición física que él tenía, así debió haber  sido.

En este reciente contacto él ha insistido en interrogarme sobre sus talentos de amante, sobre mi experiencia en sus brazos  y sinceramente no lo recuerdo… Pero, en este juego de los recuerdos es válido reinventar la historia porque no conservo detalles de aquella aventura… Y hay dos opciones: inventamos los recuerdos o reescribimos la historia…

Sólo una cita

Sin duda, escribir es algo que disfruto, suponer que a través de mis palabras pueda provocar que me imagines, que me desees es algo que disfruto aún más. Haberte retado con un relato a que descubrieras si soy realidad o fantasía fue inédito!

Cómo lo escribí hace unos relatos, soy una mujer complicada que disfruta lo simple, soy una mujer inteligente que puede jugar a ser ingenua si es el trámite que la aventura requiere, soy una mujer inteligente que un hombre básico difícilmente podría descifrar.

Sin duda fue una gran velada, una rica cena, una amena conversación y por supuesto unos deliciosos tequilas que nos hicieron olvidar el frío de esa noche. El plan surgió casi de la nada, de aquella deuda pendiente luego de cuatro cancelaciones anteriores, luego de pláticas casuales que nos hicieron amigos y un poco confidentes.

En esa cita platicamos de tantas cosas como nos rindió la noche – y el tequila –. Por supuesto, en algún momento había que comenzar a descubrir si soy realidad o fantasía, así que contesté todo cuanto supe, porque a veces siento que pretendes encontrar más de lo que verdaderamente hay en mi vida.

Sin duda, la pasamos bien, muy bien diría yo! Fuiste gentil, creo que tenía mucho tiempo de no salir con un caballero que me halagara en la compañía y los detalles. Fue grato sentirme con un buen amigo, con un hombre interesante.

Pero…

Para estar conmigo se necesita más que la ansiedad por poner a prueba con sexo tu hombría retada en un relato pasado (Imagíname), para hacer el amor conmigo se requiere más que el trámite de una noche de copas –tequilas- que concluya en la cama… estar conmigo es más que eso, mucho más.

Hacer el amor conmigo es un ritual pausado y disfrutable, en donde la ropa no se quita, sólo desaparece en el juego mágico de la seducción; donde un beso no es abrir intempestivamente la puerta al sexo, sino que es el lenguaje que describe la pasión de dos lenguas que se comunican sin palabras; donde las manos se convierten en pinceles que  trazan sobre la piel obras de arte inigualables, ninguna parecida a la anterior, ninguna con derechos de autor.

Hacer el amor conmigo requiere más que el momento del sexo, es cuidar los detalles previos, el atuendo, la lencería, el perfume, todos los detalles que me hacen ser Azul… Es hacer del sexo más que un trámite masculino de un hombre retado en su hombría, más que poner a prueba si soy una mujer fácil para llevarla a la cama en una cita. Hacer el amor es dejarme ser yo en cada caricia, en cada beso, en cada sensación sin esperar la aprobación expresa de que el camino es correcto, de que el momento es ahora o nunca…

Hacer el amor conmigo es tan simple como despertar uno a  uno los demonios que  habitan en mí: la sensualidad, la seducción y la pasión, para  que con ellos  lentamente recorras conmigo centímetro a centímetro el cielo  que promete el placer compartido.

Hacer el amor es confiar en los instintos, esos que a cuentagotas marcan el camino correcto, es confiar en mis labios que en tu oído reten la cordura, es confiar en mi lengua que en sutiles trazos despierte el deseo, es creer a ojos cerrados en mis caricias y en el recorrido que mis manos sobre tu piel harían.

Hacer el amor conmigo es retar la fantasía con un poco de realidad, es más que el broche de oro de una cita. El sexo sí es el trámite de una cita de fantasía; hacer el amor es el éxtasis de un encuentro con un hombre que sabe que soy más que el sexo consecuencia de una noche de copas…

Gracias por la cita cumplida, si un día quieres que hagamos el amor, me avisas… aquí estoy!

¿Miedo a qué?

¡Qué difícil es parecer simple! ¡Qué difícil es convencerte que mi complejidad no es contagiosa, que dejarte conquistar por mis besos no significa que busque sólo seducir tu cuerpo! ¡Qué difícil explicarte que mi mundo no es fantasía, es una realidad apasionante en la que siento, vivo, amo de verdad, no sólo con relatos a través de la escritura! ¡Qué difícil hacerte entender que mi complejidad esconde la simpleza de cualquier mujer!

Muchas veces me he preguntado, qué debo hacer, cómo debo actuar, qué debo decir, qué hacer para no asustar. Y por más que estudio la escena, termino siendo sólo yo y parece que ése es el problema.

Más de un hombre ha aceptado sentir miedo de estar con una mujer como yo, y estar, no me refiero sólo a una escena de intimidad, sino a la cotidianeidad de la convivencia humana. Y me pregunto: ¿miedo a qué? ¿A caer en las garras de una devora-hombres dispuesta a seducirlos en público y hacer realidad la más ardiente fantasía en este blog? ¿Miedo a qué? En verdad quisiera saber de qué huyes, de qué!

A veces quisiera ser una mujer más simple, menos complicada, no asustarte… que me dejaras conquistar tu mente en un abrazo, que entendieras que en mis brazos no corres peligro, que la intensidad de mi mundo no es un riesgo, sólo es mi esencia.

Muchas veces he sentido que quieres huir de mí y que a la vez que me retas imaginar contigo una fantasía, me limitas en la realidad, limitas las posibilidad de dejarme consentirte, sólo eso, consentirte sin la necesidad de llegar al sexo como trámite de la identidad con la que me asocias.

Podría recostarme a tu lado, besar tu frente, preguntar cómo estuvo tu día, platicar de lo trascendente y lo intrascendente, intentar resolver los problemas del mundo desde la cama, en una charla inteligente, en una conversación con argumentos, platicar por horas.

Así recostados, podría poner tu cabeza sobre mi pecho mientras con mis manos acaricio tu cabello, podría abrazarte con cariño mientras escucho tus agobios, mientras conozco tu mundo, mientras me dejas entrar un poco en tu vida.

Créeme, soy más que sexo, más que las fantasías que lees e imaginas reales, soy una mujer inteligente que sabe escuchar, opinar, conversar, tengo más talentos que sólo intentar hacerte el amor con locura, que sólo buscar seducir tu cuerpo, también podría seducir tu alma…

Créeme soy una mujer sensible, una mujer que entiende de tristezas y alegrías, de logros y retos, de miedos y desafíos. Soy una mujer que puede ofrecer caricias sin lujuria, besos con ternura, palabras con cariño. Soy una mujer que entiende de días malos, de días peores, entiende que hay días en los que parece que el mundo es un caos, soy una mujer a quien le gustaría verte llorar, reír, disfrutar…

¿A qué le tiene miedo un hombre cuando me tiene cerca? Si imaginas que sólo soy sexo y pasión, aprovéchame, disfrútame, disfruta… Si alcanzas a ver que soy más que eso, conóceme, descúbreme…

Sabor Vainilla

Soy una mujer intensa, no puedo vivir de otra manera que no sea apasionándome por lo que me gusta, por lo que creo, por mi gente… y eso no es bueno del todo, menos cuando mi salud me lo reprocha, cuando mi salud me recuerda que los años pasan y los kilos se quedan, cuando mi salud enciende signos de alerta para poner una pausa, dar un respiro y por supuesto, se convierte en el pretexto ideal para dejarme consentir…

Todo inició un día de esos extenuantes, donde el cansancio era más que evidente, de esos días en los que necesitaba unos oídos atentos para conversar y unos brazos cálidos dónde acurrucarme por las horas que durara la noche… y ahí estabas tú, tú en esa habitación sólo para nosotros:

Sobre un mueble un par de velas que iluminaban sutilmente el lugar impregnado por un delicioso aroma a vainilla, un olor sutil que invadía todo el lugar y que como respuesta a ese estímulo sensorial me hizo recostarme sobre la cama, boca abajo, con los ojos cerrados, aún con el atuendo del día laboral, aún con los agotadores zapatos de tacón.

Era una escena rica, relajante, dispuesta para el placer que me desconectara del mundo por unas horas… Tratando de consentirme pusiste en tu teléfono una poesía que con la entonación de un experto decía:

“Mi táctica es mirarte aprender como sos quererte como sos mi táctica es hablarte y escucharte construir con palabras un puente indestructible”

Me parecía tan atinada la poesía de Benedetti recitada por él mismo desde tu teléfono, el olor a vainilla, la luz de las velas y el lugar en general, que hasta parecía una escena estudiada para la seducción. Todo era rico, la escena cumplía el cometido de abstraerme de mi mundo y llevarme a uno inventado, uno creado sólo para la ocasión.

Así, recostada quitaste mis zapatos, con delicadeza, con la gentileza de quien le preocupa el cansancio que mis pies sentían, con la generosidad de quien entendía la cantidad de escalones que subo y bajo cada día mi trabajo, casi con la ternura de quien entiende mis carreras y prisas.

Sentí tus manos avanzar por mis pantorrillas, sentí cómo cubriste mis piernas con un lienzo tibio, con pudor, con toda la intención de no inquietarme, de hacerme disfrutar sin la necesidad del sexo como trámite del encuentro. Mi conciencia estaba cada vez más adormecida, la poesía con voz tenue con acento extranjero que provenía de tu teléfono, el olor a vainilla y la temperatura de tus manos, me tenían en un estado de indefensión total, absolutamente relajada.

Sentí como tus manos acariciaban mis piernas sobre mi pantalón, la calidez de tus manos, combinada con la textura de mi ropa recreaban una sensación muy disfrutable. No sé en qué momento ni cómo, pero venciste la barrera de la ropa, mi pantalón ya estaba tirado a un costado de la cama, pero mis piernas aún estaban cubiertas por el lienzo tibio que habías puesto. Sentí cómo tus manos comenzaban a subir hacia mi espalda, entre la blusa y mi piel, las yemas de tus dedos hacían un recorrido suave, apenas rozándome.

La blusa desapareció, mi espalda quedó libre para que tus manos la recorrieran… quitaste el lienzo que cubría mi cintura y mis piernas, por varios segundos me observaste, como si te pareciera atractiva, como si te gustara. Sentí las gotas de aceite que caían en mi piel y cómo tus manos, fuertes, grandes, esparcían desde mi cuello hasta mi cintura la consistencia suave del aceite. El roce de las yemas de tus dedos en mi espalda, templaba mi piel, la fricción de tus manos relajaba mi espalda y hacía que mi imaginación volara…

Mi cuerpo estaba inerte, perdido en el cúmulo de sensaciones que tus manos despertaban. El olor a vainilla era cada vez más intenso y la luz de las velas cada vez más tenue, parecía que se extinguiría, justo en ese momento, cuando mi cuerpo más relajado estaba, después de no sé cuánto tiempo porque había perdido la noción de los minutos o las horas, justo cuando parecía entrar un sueño profundo, sentí un líquido frío que caía en mi espalda, sentí cómo corría sobre mi piel hacia los costados y vi que sostenías una copa de vino tinto en tu mano…

Era delicioso sentirte, escuchar poesía, respirar ese ambiente sabor vainilla… las velas se consumieron, la habitación quedó a oscuras, volteaste mi cuerpo para quedar boca arriba y tú recostado junto a mí, escuché tu voz en mi oído:

“Tu belleza es digna de los dioses, un manjar de la perfección celestial, capaz de llevar a la perdición a toda legión… Tus curvas Venus de Milo, tu piel suave que deja mi corazón tranquilo… imposible no perder la rezón en la llanura de tu cuerpo en armonía la nota perfecta de mi canción.”

Cerré los ojos, caí en ese sueño profundo del que no supe si tus caricias eran parte del sueño o de la realidad, al final, saboree en tus labios un beso dulce, un beso con el sabor la vainilla que estuvo presente en nuestra noche…

Un beso…

En un beso se puede comunicar todo lo que en las palabras sería impreciso, en un beso la textura de los labios, el calor del aliento, el juego de las lenguas y el tiempo en el que a ojos cerrados se saborea, dice más que cualquier palabra.
Es un beso que inicia con la mirada, cuando los ojos se comunican y la mirada es la primera en saborear los labios, justo así observándolos, comenzando a devorarlos con la imaginación, desde la fantasía.

Un beso que inicia con la suave sensación del roce de los labios, un suave roce que permite disfrutar lo cremoso de mi labial y lo delgado de mis labios. Es un beso en el que apenas la punta de mi lengua alcanza a acariciar la comisura de tu boca, que apenas logra delinear levemente el contorno de tus labios.

Es un beso que detiene el tiempo para disfrutar el calor del aliento compartido, un beso que inicia en los labios y las sensaciones recorren todo tu cuerpo.

A ojos cerrados mi lengua encuentra la tuya, mis labios devoran los tuyos y tus manos ansiosas recorren mi espalda, todo en la misma sensación provocada desde ese beso.

En ese beso descubres mis miedos y mi intensidad, mi pasión y mi ternura, mi deseo y mi necesidad de paz.

Un beso que sabe a fantasía, que luego de disfrutar tus labios, de jugar con mi lengua en tu boca, avanza por tu mejilla para llegar a tu oreja, morderla suavemente y hablarte al oído sin decir nada pero provocando todo.

Es un beso que desde mis labios recorre tu cuerpo en un mundo de sensaciones. Que luego de que por segundos juega en tu oreja, regresa a tus labios para que sientas la textura cálida de los míos, sólo rozando tus labios, sólo dejando que mi lengua dibuje el mensaje del deseo.

Es en el mismo beso, que bajo por tu barbilla hacia tu cuello, dejando que mis labios y mi lengua recorran libremente, como si supieran en camino a tu placer. Es un beso que recorre un lado de tu cuello hasta llegar a tu hombro, que deja que ese beso disfrute tu piel con mordidas suaves justo sobre tu hombro.

El beso que inició con la mirada avanza por tu piel, avanza sobre tu pecho y por instantes regresa repentinamente a tus labios, sólo para que percibas el calor con el que arden mis labios, para que la humedad de mi lengua en tu boca te haga saborear este beso.

Es un beso que continúa el recorrido por tu piel, que luego de regresar a tus labios, recorre el otro lado de tu cuello avanzando con suaves y sutiles caricias de mi lengua hacia tu hombro, bajando pausadamente por tu bisep, avanzando muy lentamente por tu brazo alternando el roce de mis labios, las caricias de mi lengua y mordidas en las que apenas te rozan mis dientes.

Ese beso es un trazo único, un trazo que se inició en la mirada y que recorre arbitraria pero certeramente tu piel. Ahí en tu brazo llego hasta tu mano y dejo que mi lengua dibuje sensaciones placenteras sobre tu palma, que mis dientes muerdan sutilmente las yemas de cada uno de tus dedos y que luego mis labios los besen, despacio, muy despacio.

Mi lengua y mis labios juegan en tu mano, provocando sensaciones que sólo la fantasía puede recrear con claridad. De tu mano regreso en el mismo recorrido, lento y pausado hacia tus labios, en un beso apasionado y hambriento de placer te pregunto si continúo o me detengo…