Hambre de amor

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Como cada encuentro es un tiempo de magia y pasión que buscamos hacer eterno, el instante en que el destino nos convoca con tiempo para disfrutar el ambiente se impregna de un aire cálido, del olor de tu piel, del sabor de tus besos. Así, como otras noches, era nuestro tiempo, ese que hacemos nuestro cerrando los ojos al mundo, ese que buscamos con ansia en medio de la absorbente cotidianeidad que de momento nos aleja tanto.

Un par de cervezas iban bien para la ocasión, el ambiente era caluroso y la noche apenas comenzaba a caer. Había tiempo para beber unos tragos mientras recostados sobre la cama conversábamos de esas trivialidades que avanzan con el día a día… Bebíamos con prisa sabiendo que el tiempo pasaba, disfrutando el sabor fresco de la cerveza pero queriendo sentir el arder de nuestros labios en aquel primer gran beso de la noche.

Yo vestía un ajustado pantalón de mezclilla y una blusa negra, atuendo que ayudaba a hacerte apetecible mi silueta. Me levanté de la cama, dejé mi bebida sobre el mueble, solté mi cabello y jugué con él frente al espejo donde tú te reflejabas a la distancia. Me quité los zapatos y me acerqué a la orilla de la cama en donde te encontrabas sentado. Me tomaste por la cintura llevando mi cuerpo hacia ti, me observabas con deseo, con hambre de amor, tu mirada me desnudaba y tu imaginación recorría milimétricamente mi piel.

Me tomaste con fuerza, recorriste mi espalda, mis caderas. Me incliné para besarte. Tus manos ansiosas se abrían paso entre mi blusa, primero disfrutando la seductora sensación del recorrido sobre la tela, avanzando sobre una textura delicada que semejaba la tersura de mi piel, recorrías mi vientre y avanzabas hacia mi pecho, con una mezcla de sigilo y descaro por apropiarte de mi piel, de cada una de las sensaciones que despertabas en el recorrido.

En un instante hiciste desaparecer mi blusa y todo lo que obstaculizara tu camino. Observaste mi pecho desnudo, te separaste un poco de mi cuerpo, veías mi espalda reflejada en el espejo y frente a ti mi piel ardiendo en deseo, mi corazón excitado palpitando y diciéndote en cada latir “te quiero…”

Había silencio en la habitación, la conversación que hacía apenas unos minutos compartíamos en la cama, había enmudecido, nuestras miradas hablaban, nuestros besos gritaban, las caricias dictaban las indicaciones precisas para saciar nuestra hambre de amor. Un sutil recorrido de tu lengua sobre mi piel era el atinado trazo que guiaba el placer, devorabas con hambre y deseo mi cuerpo…

En un movimiento te recosté sobre la cama, así, encima de ti, mientras acariciaba tu cabeza y jugaba con tu cabello, dejé que tus labios y tu lengua siguieran disfrutando el sabor de mi piel, que tu olfato inhalara mi olor, mi perfume, que tus manos jugaran con mi cabello… ¡Qué delicia!

A ojos cerrados las sensaciones recorrían mi cuerpo por completo, el roce tibio de tu lengua en mi pecho y tu cálido aliento recorría cada centímetro de mi piel, internándose en mis pensamientos alentando el deseo de que devoraras mi cuerpo completo.

Mis pensamientos eran tan fuertes que los escuchabas, mi deseo era tan ardiente que el recorrido de tus labios sobre mi piel, te dictaba el camino. Me recostaste y con talento de experto mi ropa quedó perdida sobre las sábanas. Tu mirada me hablaba, mis ojos te respondían; tus manos se apropiaban de mi piel y así, con hambre de amor, devoraste cada centímetro de mi cuerpo desbordando en mí el éxtasis del placer…

 

 

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Omnipresencia

Ser omnipresente es un don divino y, como tal, solo se manifiesta a través del amor. A veces no estamos donde algunos nos ven, sino donde otros nos extrañan, donde otros nos piensan y, quizá sin saber, nos regalan una lágrima o una sonrisa en nombre del recuerdo.

Estar en varios lugares de manera simultánea nos permite recorrer pausadamente en el cuerpo de otro un mundo de recuerdos que se escribieron con tinta indeleble, es buscar con qué vestir el cuerpo y en una prenda encontrar más que ropa, es encontrar ese cobijo para el corazón, esa caricia para el alma. Y es que justo así fue como sucedió hace unos días…

Yo trabajaba en el estudio de casa, mi mente estaba exhausta, el trabajo me tenía agobiada y, como muchas veces sucede y mi profesión lo requiere, escribía sobre varias historias de manera simultánea. Sentí mucho frío, la noche era joven y sabía que un café cargado y un pan dulce serían buena compañía para lo que aún faltaba de mi jornada.

Subí por un suéter que me protegiera del frío, así de la nada, así como saltan los recuerdos en mi cabeza y mi corazón normalmente, saltó del closet una sudadera que tú me regalaste, una sudadera que vestía más que mi cuerpo, era una prenda en la que con solo cerrar los ojos recorría nuestra historia, recorría un sinfín de recuerdos que me hacían sentir cobijada por tus brazos, protegida por tu presencia, confortada por un beso tuyo…  La vestí y salí a buscar un pan dulce atendiendo mi plan de desvelo.

Al salir, una luna llena en lo alto iluminaba el cielo, imposible no verla, imposible no verte en ella. Imposible que las lágrimas no se desbordaran por mis ojos casi con la misma velocidad con que mi memoria dictaba recuerdos, con la misma intensidad con la que aún latía mi corazón por ese sorpresivo encuentro con mi sudadera que sé que pese al tiempo, aún olía a ti…

Sé que mi pensamiento llegó a ti, que la luna, interlocutora de los amantes, nos ha comunicado una y otra vez, se propone como intermediara para conectar nuestros pensamientos. Así, pensándote de una y mil maneras, extrañándote y pidiendo desde el alma uno solo de tus abrazos,  caminé a mi destino, regresé, preparé mi café y con mi pan dulce continúe saboreando tu recuerdo.

Lloraba, reía y me preguntaba si realmente tendrás la certeza de que te fuiste, sintiéndote yo tan mío, tan cerca. ¿Cómo podrías creer que te fuiste si eres tan mío, si tu recuerdo es tan nítido que al acariciarte con el pensamiento siento la tibieza de tu piel? ¿Cómo podrías creer que no eres mío si cuando te sueño y tus besos aún tiene ese dulce sabor, tus labios aún se sienten hechos a la medida de los míos? ¿Cómo podrías creer que no estás aquí si aquella sudadera olía a ti, abrazaba mi espalda y mi pecho como lo hacían tus brazos?

¡Imposible! Estás aquí, eres omnipresente porque en el tiempo y el espacio podrás estar en otro lugar, podrás creer que te fuiste pero en mi mundo, sigues siendo mi fuerza, mi inspiración, sigues siendo ese recuerdo que me llena de esperanza y que en momentos de dificultad me da refugio y hasta escucho tu voz diciéndome que todo estará bien. Tú eres evidencia de esa cualidad divina de que el amor nos hace trascender en otros, que amar es la mejor posibilidad para pasar el tiempo mientras la muerte llega, mientras la vida pasa.

Así, mi noche pasó, no trabajé en mis pendientes, únicamente rumié una y otra vez nuestra historia, los lugares, los sabores, los olores, las texturas, las sensaciones, mi mirada perdida en tus ojos, mi nombre en tus labios: Azul, era tan lindo escuchar mi nombre en tus labios que aún escucho tu voz pronunciándolo en esas noches de insomnio en las que los recuerdos me arrullan.

Así, pasan mis días, con la certeza de tu omnipresencia, aquí tengo lo que necesito de ti… Te Amo…

Del otoño

Del otoño me gusta el lenguaje de la vida, que comunica lo relativo que es el tiempo y el espacio: aquellas hojas que en primavera verdes se lucían, en otoño sin rumbo y moribundas vuelan según las mueve el viento. Los paisajes otoñales siempre han sido mis favoritos, la imagen de aquellas hojas que se desprenden de un árbol y caen lentamente; las hojas que sobre el pasto contrastan por su color café, mientras el viento las arremolina y las separa a su capricho; las tardes nubladas con amenaza de lluvia, que incitan a abrir un libro y prepararse un café…

Del otoño me gustan sus lunas, ésas de octubre que iluminan con soberano resplandor el cielo, que nos conectan a la distancia, que nos vuelven de otros en el tiempo y los recuerdos. Esas lunas que iluminan los sueños y para las que se les deja una rendija abierta en la ventana para que con su brillo, acaricie tu espalda, tus labios, tu cabello en mi nombre… Me gustan esas lunas que en heroico duelo pelean con las nubes su derecho a apropiarse del cielo, esas lunas que sin querer seducen, conquistan; que sin querer arrebatan una lágrima a la nostalgia.

Me gustan esos días nublados, frescos, en los que una brisa mañanera acaricia tenue mi rostro, impregna mi cabello y evoca el sabor de tus labios y la calidez de tus brazos. Esas mañanas en las que, como cada día, juras devorar al mundo, juras vencer lo invencible y, así sin más, la brisa me vulnera y con la más profunda añoranza me lleva a invocar tu recuerdo, ese que de sobra encuentra cómo manifestarse en un instante.

Me gusta la nostalgia que dibuja el otoño, la promesa de renovación que en la sequía se encuentra. Me gusta ver los árboles desnudos sin sus hojas y saber que en poco tiempo habrán de lucir nuevamente frondosos y arrogantes, me da esperanza. Eso, quizá es eso lo que me gusta del otoño, me promete la esperanza de la vida, me hace sentir que las pérdidas son parte de la vida, que la renovación es una exigencia de sobrevivencia y que aquellas hojas que sin rumbo anduvieron por un tiempo, encontrarán un lugar dónde renacer, dónde volver a ser algo en el ciclo de la vida.

En mis recuerdos más preciados, evoco aquellas tardes de otoño a tu lado, recostados sobre el pasto, sintiendo la invitación del frío viento a abrazarnos, a encontrar en un beso el calor que atemperara el ambiente. Recuerdo, ahí recostados diciéndonos tanto sin hablar, viendo cómo decenas de hojas caían sobre nuestros cuerpos, cómo el pasto se cubría de ellas y luego el viento a su placer las desaparecía.

Recuerdo a mi universidad cubierta por espesas capas de hojas y el delicioso sonido del caminar sobre ellas, cruzar sus grandes áreas verdes (cafés para este tiempo) y cerrar los ojos imaginando nuevas aventuras y nuevos desafíos al pasar por tan confortable alfombra. Ser cómplice del viento y patear las hojas para jugar con su destino.

Del otoño, tardes como la de hoy, de lluvia fresca y con un silencio que da pausa para la escritura. Del otoño, la añoranza de los amores eternos, de los amores prohibidos, de los amores efímeros, de los amores que dan vida.

Del otoño, la nostalgia y melancolía que acompaña a la lluvia con lágrimas que lavan recuerdos, que purifican pensamientos.

Del otoño la esperanza en la vida… ésa que explica que después de todo, la vida continúa.

Salsa y tequila

 

Sólo necesitábamos eso: poner en pausa el mundo, dos tragos, uno para olvidarnos de ellos y otro para imaginar que ellos se olvidaban de nosotros.

Lo necesitábamos, abstraernos del mundo y disfrutar toda la noche y para ello, nada mejor que la combinación: baile y tequila. Así que con los dos tragos y una conversación incidental dejamos que la noche nos abordara, que la música al ritmo de la salsa hiciera vibrar nuestros cuerpos, que el calor provocado por el tequila corriera por nuestras venas.

La conversación, un poco a gritos por el volumen de la música, nos llevó a acercarnos un poco más, lo suficiente como para hacer más sugerente la invitación a hablarte al oído, para hacer más casual el roce de nuestras piernas debajo de la mesa. Así, hablamos poco, lo suficiente para hacer tiempo antes de que nuestros labios se comunicaran sin palabras.

Nos levantamos de la mesa, fuimos al centro de la pista y al ritmo de la salsa nuestros cuerpos se entendían, así con la sensualidad que el ritmo incita, tomaste mi cintura, guiando cada movimiento haciéndome cerrar los ojos y disfrutar cada paso entre tus brazos. Sentía cómo mi cuerpo con naturalidad atendía los movimientos que tus manos marcaban, sentía cómo tus manos recorrían mi espalda, mi cintura y llevaban contra ti mis caderas.

Así, el ritmo nos llevaba en sincronía, nos hacía disfrutar cada paso en una complicidad que sólo la música podía avalar. Regresamos a la mesa y otro par de tragos nos esperaban,  atendimos la invitación que el tequila sobre la mesa nos hacía, brindamos por aquella noche y de un trago consumimos nuestras bebidas. Tomé con la yema de mi dedo la gota que escurría en mi vaso y la llevé a tus labios, perseguiste mi mano que te guiaba hacia mis labios…

Atendiste la indicación de mi mano y al llegar a mis labios giré mi cabeza, besaste mi cuello y acariciaste mi cabello, tomaste mi cabeza por la nuca. Mis piernas ya se cimbraban sobre el piso atendiendo el ritmo que me llamaba nuevamente a la pista. Así que habría que esperar para que aquel beso sucediera. Nuevamente dejamos que nuestros cuerpos disfrutaran, que sin palabras se comunicaran, que tus manos en cada movimiento se apropiaran en de mi cuerpo, que la música, la letra y el ritmo nos hicieran recrear aquella historia que la salsa incitaba a imaginar más, mucho más…

La música nos atrapaba, ponía a prueba nuestra condición física y parecía que vencíamos, que ni los años ni los kilos eran impedimento para que aquella noche fuera nuestra, para que la salsa nos hiciera imaginar una historia más allá del lugar en el que nos encontrábamos, la música se adueñara de nuestro cuerpo y nuestra mente, y sedujera nuestros pensamientos haciéndonos protagonistas de aquella historia que en voz del cantante se relataba.

El tequila en complicidad con la salsa adormecía nuestra conciencia, nos hacía partícipes de una noche deliciosa, que lograba el cometido de haber dejado en pausa al mundo. Bailamos, el roce de nuestros cuerpos al ritmo de la música era cada vez más excitante, era cada vez más cadencioso y la temperatura de nuestra piel y el calor que corría por nuestras venas traspasaba la ropa.

La noche avanzaba, las horas –y el tequila – parecían haberse ido sin darnos cuenta cómo, nuestros cuerpos al ritmo de la música se dejaron seducir por horas, nuestra conversación nos hizo cómplices con sabor a tequila y dejamos que el placer al compás de la salsa nos hiciera disfrutar toda la noche sin darnos tiempo de aquel beso que había quedado pendiente cuando te invité a cercarte a mis labios.

La salsa había conquistado nuestra noche, el tequila había conquistado nuestro paladar así que ahora había tiempo para ese beso, que iniciara en los labios y recorriera nuestros cuerpos sin prisa, nos despedimos de aquel lugar con un beso dulce mientras aguardábamos el auto, aún escuchábamos a lo lejos la música, aún con la invitación de hacer de aquella música un ritmo seductor para hacer el amor…

 

 

Celebrar la vida

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Hacer del amor un signo de vida, disfrutar el placer como una celebración de vida, de hacer vibrar cada célula del cuerpo es vida… han sido tantos años desde aquella primera vez, desde aquel entonces en el que la juventud y la inexperiencia nos hicieron reconocernos en el amor, en el placer. Recordar aquel tiempo evoca nostalgia, sonrisas, placer… juntos a la distancia, en la historia compartida, juntos.

Hoy los pretextos sobran, las oportunidades faltan y así robamos al tiempo un espacio para disfrutar, para celebrar la vida, intentando resguardarnos en la privacidad de una habitación, con el celular apagado y desconectados del mundo, inventando una historia haciendo de ese lugar nuestro mundo. Una botella de vino, dos copas, nuestra conversación y una cama son suficientes para esta noche, para perfeccionar el ritual del amor que tantos años hemos practicado.

Las trivialidades del día a día son siempre la primer conversación, las intensidades de nuestros días, los sinsabores y las alegrías, esas que podemos rumiar una y otra vez mientras entre sorbos de vino y caricias atemperamos el ambiente. Evocamos recuerdos, de aquellas épocas en las que juraríamos devorar el mundo y terminábamos siendo devorados por él; recuerdos de aquellos momentos en los que un beso en la oscuridad representaba más, mucho más que lo que a la luz el mundo pudiera opinar.

Nadie como tú ha recorrido tantas veces mi piel, nadie como tú pude decir que conoce mis lunares, mis pecas, mis cicatrices, mis defectos y talentos, nadie como tú ha recorrido el lienzo de mi piel haciendo suyo cada centímetro. Nadie como tú ha secado mis lágrimas una tarde cualquiera donde el mundo me acorrala y acobrada; nadie como tú ha secado el sudor de mi frente cuando exhaustos sobre la cama nos rendimos al amor; nadie como tú hace el amor a la medida de mi corazón.

Así, en ésta como en las otras noches, el vino, el escenario y nuestro amor nos han conquistado una y otra vez para hacer el amor hasta caer rendidos, hasta reconocer con humildad que los años han pasado y los kilos se han quedado, hasta disfrutar incluso el último aliento de una noche que nos pertenece desde la juventud.

Es imposible no sonreír al escribir este texto, es imposible no enumerar una a una las veces que hemos estado juntos, reconocer en ti un fiel cómplice para el aprendizaje compartido, un fiel amigo para entender el amor, un buen amor para entender la amistad. ¿Cómo ha pasado tanto tiempo? ¿Cómo ha mutado todo lo que inocente inició en aquella juventud que ahora parece lejana?

En cada noche nuestra, de éstas en las que celebramos la vida entre caricias, besos, sensaciones, descubrimos que el amor sí se hace, sí se perfecciona, sí se aprende, sí se construye… hacer el amor por tantos años ha sido más que el instante del sexo placentero, hacer el amor ha sido compartir la cama bajo las sábanas discutiendo el futbol, hacer el amor ha sido disputar el último trago de vino antes de dormir, hacer el amor ha sido esa paz en tu pecho mientras se recupera el aliento.

El amor que nos une parce eterno, parece fraterno, parece íntimo… el amor que nos hace disfrutar la conversación, los tragos, el sexo, la ducha, ese amor nos hace ser más que sólo buenos amantes  para siempre, es ese amor que se necesita para celebrar la vida.

FCE… te quiero…

Déjame consentirte…

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Hay tantas formas de hacer el amor, desde una intensa conversación hasta una deliciosa sesión de sexo apasionado. Hacer el amor es procurar el placer del amante, hacerlo vibrar con la presencia y ello es todo un arte, por ejemplo, hoy se me antoja consentirte, reconfortar tu cuerpo después de un mal día, para recompensarte después de un día rutinario y aburrido…
¿Esta noche, me dejas consentirte? Deja que mi voz y mi cuerpo te hablen, siénteme, imagina cada sensación con la realidad que estos relatos de fantasía nos permite… ¿quieres?
Imagina la escena: escucha el play list de jazz preparado desde mi celular, imagina cómo la música te hace cerrar los ojos y concentrarte en la cadencia de los sonidos. Estamos en una habitación con luz muy tenue, un sutil aroma a violetas en el ambiente, una cama amplia con una sábana blanca, nuestros cuerpos desnudos y tú, dispuesto para disfrutar un delicioso masaje que te desconecte de tu día, de tu mundo y te haga ser mío por unas horas.
Es un tiempo sin prisa, sin mundo que nos aguarde afuera de la habitación, sólo existe lo que estamos sintiendo, sólo existe ese tiempo sin tiempo…Estás recostado boca abajo en la cama, completamente desnudo, con los ojos cerrados, disfrutas la música… Tomo unas gotas de aceite con esencia de violetas que refuerza el aroma del ambiente, mientras froto las palmas de mis manos y tibio el aceite, me acerco a tu oído y te digo que me encantas, que quiero consentirte esta noche y te invito a que disfrutes…
Con el aceite tibio en mis manos acaricio tu cuello, desde tu nuca hasta bajar por tu espalda, sientes la suavidad de mis manos recorrerte despacio, lentamente logrando en ese recorrido apagar tus pensamientos, dejar fuera de este momento cualquier idea que perturbe tu descanso, cualquier pensamiento que impida que disfrutes mis manos sobre tu piel.
Así, mientras mis manos recorren tu cuello y avanzan hacia tus hombros, sientes que me inclino hacia ti para besar tu oreja y sientes cómo mis senos recorren, apenas rozando, tu espalda, sientes las yemas de mis dedos acariciar tu espalda, tus hombros y bajar hacia tus brazos, sientes una presión que disfrutas, sientes cómo el ambiente se ha impregnado de un aroma sutil, cómo la temperatura del ambiente es cálida, estás completamente relajado.
Luego de recorrer tus brazos, avanzo a tus manos, beso la palma de tus manos, acaricio con mi lengua cada uno de tus dedos y juego a devorarlos, uno a uno… Después, con mis manos acaricio tus palmas, dando un suave masaje que relaje cada centímetro de tu piel… siempre dejando que mi pecho acompañe el recorrido que mis manos trazan previamente.
Vuelvo a tu espalda, con las yemas de los dedos recorro cada centímetro de ella, de momentos acariciándola con mis labios, de momentos con la punta de mi lengua, de momentos solo recostándome sobre ti para que sientas mis pechos en tu espalda. Mis dedos guían un trazo que recorre tu columna, con una presión que disfrutas mientras mis manos avanzan.
Bajo un poco más dejo caer unas gotas de aceite en tu espalda baja (y más abajo) y mis manos tibias comienzan a distribuir el aceite, muy lentamente, muy suave y cadenciosamente, sientes como cada vez tu cuerpo está más relajado, tu mente más inconsciente, sólo sintiendo el contacto de mis manos en tu piel.
Acaricio con ternura tu cintura, avanzo un poco hacia tus costillas, tu cadera… Mientras sientes que mis senos rozan tus muslos, mis manos tu espalda y mis labios… mis labios se aseguran que las últimas horas de aceite hayan quedado suficientemente impregnadas.
Tu cuerpo está inerte, absolutamente relajado, sólo sintiendo cómo eres mío en cada sensación, como tu mente se ha dejado conquistar por el recorrido de mis manos, por el olor a violetas en el ambiente y por la Fantasía que está ocurriendo en tu imaginación.
Nuevamente dejo caer una gota de aceite, ahora en cada uno de tus muslos, con la yema de mi dedo índice hago trazos arbitrarios para distribuirlo, para que la combinación de la temperatura de mi piel, la consistencia del aceite y la suave presión que ejerzo te haga temblar por la sensación que te recorre, que te seduce.
Dos gotas más, una en cada pantorrilla, mismo procedimiento que en tus piernas, para luego con las palmas de mis manos recorrerte completo, masajeando acompasadamente tus músculos, apretando en el recorrido, relajando con el movimiento de mis manos y luego asegurándome que el aceite quedó bien impregnado probándote con mis labios, sintiéndote con mi pecho.
Llego a tus pies, un suave recorrido por la planta de tus pies, la tibieza de mis manos y la consistencia del aceite impregnado en ellas, te hace disfrutar. Comienzo a subir de regreso… despacio, supervisando que toda tu piel haya quedado impregnada con el olor a violetas, las yemas de mis dedos, mis labios y mis pechos se encargan de recorrerte para confirmar que tu piel está tibia, que el aroma del aceite está impregnado.
Tus pantorrillas, tus muslos, tus…, tu espalda, tus hombros, tus brazos, tus manos, tu cuello, tu nuca… y al llegar a tu oído te digo que me encantas, que me encanta consentirte y un beso en la mejilla que confirmo que has caído rendido a las sensaciones de mis manos, de mi piel recorriéndote, que tu cuerpo está inerte y dispuesto para que abrazados duermas profunda y relajadamente…
Descansa… sueña conmigo!