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Un beso y mi resto

Desde mi fantasía en ese abrazo tus manos traspasaban la ropa y hacían contacto con mi piel, sentía el calor que irradiaban expandirse sobre mi espalda, haciéndome olvidar la tensión acumulada de mi caótica semana. Ahí quería quedarme, sintiéndote muy cerca, sintiendo tu respiración cerca de mi oreja, sintiendo que podía dejar caer el peso de mi mundo entre tus brazos. 

La cordura me hacía separarme un poco de ti, buscando en tus ojos alguna respuesta, algún signo de aprobación, una mirada cómplice que me hicieras creer que estabas sintiendo lo mismo, que también mis manos acariciaban tu piel desde la imaginación. 

Tus ojos no hablaban o, si lo hacían, era un lenguaje incomprensible para mí. Mordía mis labios queriendo imaginar el sabor de los tuyos. Observaba el movimiento de tus labios sin prestar atención a lo que enunciabas, solo quería escuchar mi nombre de tus labios: Azul, solo esa palabra valía la pena de ser escuchada en ese momento, mi nombre en tus labios sí me harían perder la cordura y cometer el desatino de besarte ignorando el lugar y a los presentes. 

La conversación trivial que nos convoca continuaba y cometiste el atrevimiento de acomodar mi despeinado cabello detrás de mi oreja, qué sensación tan excitante el efímero roce de las yemas de tus dedos. Detuve tu mano en su recorrido, fije mi mirada en tu boca con la más explícita insinuación de pedirte un beso, pero nuevamente tu cautela y mis impulsos eran la peor combinación, pero ya era demasiado tarde como para detenerme y evidenciar un nuevo fracaso en mis intentos de seducirte. Rocé con mis labios los tuyos, parecía no disgustarte, me tomaste por espalda llevándome contra ti y ese beso daba respuesta a todas las preguntas de mis noches de insomnio. 

Ahora sí parecía que nuestros labios hablaban el mismo idioma, sin ni siquiera pronunciar una palabra. 

Fueron segundos de fantasía donde la sensación que iniciaba en mis labios, recorría cada parte de mi ser, si era un sueño no quería despertar, si estaba sucediendo no quería que te separaras de mí. Abrimos los ojos y nos encontrábamos frente a frente, con un mundo indiferente a nuestra escena, sin espectadores que aplaudieran o repudiaran aquel beso. 

Sonreímos, cómplices veteranos, pero con la euforia de dos adolescentes. 

No podíamos dejar ese beso ahí, en una especie de limbo que me proclamaba vencedora de en aquel intento de seducción. No quería que únicamente fuera una locura de la cual había hecho cómplice, no quería volver a la zozobra de tu ecuanimidad y sensatez: te propuse algo, una cita sería pretencioso llamarlo, pero algo que no necesitara palabras, solo el lenguaje de los besos y las caricias.

La apuesta ya había sido muy alta como para no jugarse el resto, solo con la esperanza de creer que aquel beso había sido correspondido. Aceptaste y cuento las horas para demostrarte que soy más de lo que ves, que ese beso no te dijo todo lo que mis labios podrían comunicarte, que soy mucho más de lo que te imaginas, que quizá soy aquello que te resistías a vivir… 

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Palabras al viento

No basta con que la vida nos llene de pretextos y circunstancias casuales, no basta con los suspiros en la fantasía durante mis noches de insomnio, no es suficiente hablarle al viento suponiendo que mis palabras llegaran hasta tus oídos, ni me basta con la tortura de preguntarme si me piensas como yo te pienso. 

La vida solo cobra sentido a través del amor, la vida se sabe vivida cuando la intensidad de las miradas besan con pasión y el sinsentido de las palabras busca ser callado a besos. La vida necesita amor para que el tedio de los días no se proclame vencedor en una cama fría y vacía cuando llega la noche. La vida necesita de amantes que hagan historia a pesar de sus cicatrices y fantasmas, con todo y sus anhelos y sus sueños. 

La realidad hostil y aberrante no puede vencer, no puede reírse de los pretextos y casualidades que nos convocan y al mismo tiempo nos vuelven ciegos y mudos. La vida necesita historias de amor, de amantes y pasión, de valientes, de amores dispuestos a jugarse, quizá, sus últimas esperanzas por un beso que haga vibrar el alma, por una caricia capaz de convertir una noche en magia. 

El amor silencia los fantasmas, acaricia las cicatrices, fortalece los sueños, pero requiere valor, mucha valentía para no quedarse solo en la fantasía, en relatos escritos sin destinatario o declaraciones hechas entre líneas en conversaciones triviales que nos acerquen un poco. 

A veces la realidad me arrastra y me ahoga en un mar de lágrimas, otras veces la fantasía me salva y transforma el llanto en sonrisas pícaras, pero al final estoy cierta que, en medio de la absorbente realidad y la esquizofrénica fantasía, hay una constante: quisiera encontrarte, entregarme en tus brazos y en un beso perder la cordura y retar al destino. 

Valor, valentía, arrojo, no sé qué necesite para convertir las palabras al viento, en una confesión: «me gustas, mi mirada te besa cuando hablamos, mis ojos se pierden en los tuyos intentando encontrar una respuesta a las preguntas que no te he formulado, busco un roce casual de nuestras manos con el deseo de hacer vibrar tu piel.»

Pero no, entre el anonimato de mis confesiones pasa el tiempo con un juego inquietante en mi cabeza, preguntándome si me lees y te sabes el protagonista de mis palabras… Así, pasan los días y las semanas y nada más efímero que el tiempo y más, cuando la veteranía y el tedio parecen acelerar su paso. Quizá un día, con menos miedos, con menos qué perder el destino me dé una buena partida y las cartas valgan la pena para lanzar mi última apuesta. 

Mientras, entre la fantasía y la realidad te mantendré cerca, procurando que sientas cómo te beso con la mirada, cómo coquetean mis palabras… y, si en algún momento quieres confirmar si eres el destinatario de mis palabras al viento, solo bésame y lo sabrás… 

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Un pretexto

El tiempo avanza inclemente, hay días inciertos, hay días con certezas, hay noches de insomnio y días de sueños. El caos se convierte en una constante entre el tedio laboral, el hastío de una sociedad absurda  transcurren los días en el intento de sembrar esperanzas, de hacer germinar sueños y en el afán de construir otro mundo, otros mundos. 

En medio de ese incesante remolino, que muchas veces logra arrastrarme y hacerme perder el rumbo, busco un pretexto que nos convoque, busco descifrar al destino jugando con las cartas que me otorga en cada partida. 

No es fácil, los años, la veteranía es crítica y cuestiona mi abanico de posibilidades, llenándolo de dudas y preguntas, pero la experiencia también es una aliada: ¡Qué se puede perder! Así que, en medio de mi mundo medianamente caótico, decido irrumpir en el tuyo, probablemente mucho más ordenado y cauto, con el inocente pretexto -nada malintencionado-, de fingir un desperfecto mecánico en mi auto en rumbos cercanos al lugar donde sabía que estarías. 

Ya era esa una apuesta muy alta, el destino y mis cartas dejaban al aire mi juego: llamarte, que me tomaras la llamada, que estuvieras en el lugar que yo suponía, que tuvieras tiempo de acudir a mi auxilio, ya era una apuesta alta, muy alta a estas alturas de la vida y con los múltiples fantasmas rondando en mi mundo.

Eso de los autos parece darles poder a los hombres y, en esta ocasión, no me importaba mostrar la vulnerabilidad de mi ignorancia. El atardecer amenazaba en convertirse en noche, el firmamento dibujaba tenuemente algunas estrellas y la luna, aún discreta, comenzaba a brillar. Llegaste y la estúpida sonrisa en mi rostro daba evidencia de que mi urgencia no tenía tanta angustia, así que con una conversación trivial sobre nuestro día yo organizaba las ideas con las que te explicaría qué consistía mi premura:

“No me digas nada, abrázame, deja que mis pensamientos se hagan agua para limpiar el caos de mi cabeza. Deja que mis manos recorran tu espalda mientras y tu aliento tibio en mi cuello relaja la tensión acumulada. Déjame verme en tu mirada, permíteme encontrar en tus labios (con un beso) las palabras que busco para luego cerrar los ojos y perderme en la fantasía de estar entre tus brazos…”

No, no podía decir eso. ¡El desperfecto! ¡Mi auto! No encontraba palabras para explicar un problema inexistente, porque, además, la sonrisa en mi rostro y el brillo en mis ojos, en lo absoluto denotaban a una mujer desvalida y agobiada sufriendo por un problema mecánico que pusiera en riesgo su integridad. Nos sonreímos, descubriste mis perversas intenciones -quizá lo sabías desde que te llamé, porque lo deseabas tanto como yo-, entendiste mi pretexto, tomaste mi mano, la besaste y moviste la cabeza y con una excitante sonrisa reprobaste mi mentira. 

Subimos a tu auto, y solo por confirmar, me preguntaste si todo estaba bien. Evadiendo tu mirada acaricié con la yema de mi dedo índice tus labios y te respondí que sí, que con mi auto sí, pero… Interrumpiste mis palabras con un beso, ese beso que había imaginado (que habíamos imaginado), me tomaste por la nuca, cerré los ojos y disfruté la tibieza de tus labios, el sabor de ese instante en el que la realidad sabía a fantasía. 

Para entonces la noche había caído y el pretexto había cumplido su cometido. No hablamos mucho, nos besamos con hambre, nos acariciamos con ternura, reconocimos la pasión arder en nuestra piel, nos miramos con deseo y pactamos un encuentro sin pretextos para continuar la fantasía… 

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Maestría en el amor

Fue una noche intensa, hicimos el amor con la maestría que nos ha dado el tiempo y la experiencia. El tiempo pasó lento, dejándonos disfrutar de aquella botella de tequila; de los besos y las caricias; de la tibieza de las sábanas, de una ducha tibia y un masaje delicioso; de un sillón confortable y todo aquello que estuvo dispuesto en la habitación para acompañar nuestros instintos y el placer.

Como siempre, como entonces, pactar nuestro encuentro es una odisea, quizá desde ahí comienza el placer al saber que al fin coincidiremos. Esa noche el calor era inclemente, así que desde que entramos a la habitación nos deshicimos de lo imprescindible, abrimos el tequila y brindamos por la ocasión, por la vida, por el instante en el que nuestros labios pronuncian un “te amo”. 

Semidesnudos y acostados sobre aquel sillón paladeamos los primeros tragos frescos de tequila que mitigaban la temperatura del ambiente, conversábamos de todo y de nada, rumiábamos recuerdos, ahogabamos tristezas, negociábamos sueños. 

Ahí recostados, dejando que el tequila fuera cómplice del deseo acariciaste mi cara, precisando un excitante recorrido por mis labios mientras mi lengua jugaba alcanzarte en el recorrido de las yemas de tus dedos. Jugaste con mi despeinado cabello y en esas caricias, a ojos cerrados, silenciabas mis pensamientos concentrándome únicamente en el delicioso sabor de tequila en mi boca y la sensación de tus manos recorriendo mi cuerpo. 

Bajaste los tirantes de mi camiseta, tus caricias apenas rozaban mis hombros, en un recorrido milimétrico que avanzaba desde mi oreja, mi cuello, mis hombros hasta llegar a mi pecho.

El placer descrito por una enorme sonrisa en mis labios te decía lo mucho que disfrutaba ese momento, lo placentero que me parecían esos instantes y lo deseosa que estaba de más… Así las caricias nos llevaron con cadencia perfecta a hacer el amor, perteneciéndonos en cada sensación, en cada movimiento, repitiendo un “te amo” tan insistente como imperceptible por la falta de aliento, por la respiración agitada que que reflejaba el placer sublime de ese instante. 

Luego, un baño tibio marcó una pausa. Regresamos a la cama  nos recostamos,  brindamos disfrutado de aquellos deliciosos tragos, nos besamos y regresamos a la conversación cotidiana, a la charla inagotable que, luego de hacer el amor, dibuja más esperanzadora a la realidad. 

Esa imborrable sonrisa que queda luego del placer compartido aminora el impacto de las amarguras que nos rodean. Nos acariciábamos sin prisa, trazando una y otra vez el mismo recorrido, disfrutamos el roce  de nuestros cuerpos y la temperatura de nuestra piel nos invitó a escondernos bajo las sábanas.

El deseo era inagotable, nos besamos con hambre, recorrimos nuestros cuerpos bebiéndonos, haciendo de cada sensación un derroche de placer, un éxtasis mágico que era eterno y efímero de manera simultánea, que en la sensación de compartir el placer se hacía más intenso. Así,extasiados y complacidos, viéndonos a los ojos nos dijimos todo, nos acurrucamos sintiendo cómo aún  vibraban nuestros cuerpos y cómo hervía la piel, tomados de la mano esperamos que la calma volviera. 

La noche era eterna, dentro de la habitación no había más mundo que nosotros, no había más historias que la nuestra, así que hicimos el amor con caricias, besos, con sabor a tequila y con el sabor de nuestra piel, hicimos el amor una y otra vez y en cada ocasión tocamos el cielo, gozamos y sentimos estremecerse cada célula de nuestro ser. 

Nuestras habilidades de amantes son innegables, hacemos el amor con magia, con pasión, con calma, con hambre, con pausa y con tiempo. Nos faltan horas robadas a la realidad, nos sobra amor y deseo. Agotados, felices y extasiados dejamos que la luna velara nuestro sueño, recostada sobre tu dorso desnudo, sintiendo tu mano en mi espalda y arrullada por el latir de tu corazón el sueño me venció…

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Si me piensas como te pienso

Si me piensas como te pienso estoy segura que hay amaneceres en los que despiertas con una sonrisa por habernos encontrado en los sueños, tomas el teléfono y buscas una señal de mi existencia y encuentras en en el mundo virtual un mensaje con dedicatoria tácita que refuerza tu sonrisa. 

Aún recostado en tu cama, antes de que los primeros rayos del sol apresuren tus tareas, evocas mi rostro, mi sonrisa y el sabor de mis labios. Mi voz hace eco en tus pensamientos mientras telepáticamente me das los buenos días e imaginas que te respondo al oído y sientes que mis dedos recorren con sutileza tus labios. 

Si me piensas como te pienso, tal vez retas el frío de un amaneceres con mi recuerdo y mientras avanzas rumbo a la ducha, mi imagen te acompaña con esa sonrisa cómplice que tú conoces, con esa sonrisa que te dice cuánto disfruto estar entre tus brazos, cuánto anhelo el recorrido de tus manos en mi espalda. 

Tu baño tibio dejó que tu imaginación volara, que el recorrido de las gotas de agua por tu cuerpo semejara la humedad de mis labios y mi lengua besando tu dorso desnudo, tus hombros y tu nuca. El vapor del baño dibuja mi reflejo en el espejo, mi sonrisa, invitándote a más, a que dejes que mis manos y mis labios te recorran, te vistan, te desvistan y te vuelvan a vestir… 

Contra reloj y contra la imaginación comienza tu día, con esa imagen fija en tu mente, con ese pensamiento recurrente que nos une, te decides a llamarme para darme los buenos días y dejar que tu jornada continúe su curso con las tareas habituales. 

Si me piensas como te pienso, seguro hay momentos en los que en medio del caos mi rostro se instala en tu pensamiento y entablamos conversaciones imaginarias que nos ayudan a descifrar el reto de ese momento, hablamos de lo cotidiano y sencillo y luego, de nosotros, de ese próximo encuentro. 

Así, con un pensamiento compartido a la distancia transcurre nuestro día, anhelando ese tiempo robado a la cotidianeidad para hablar, para que con un interrogatorio breve compartamos no solo palabras, sino esa lectura entre líneas que nos une con el mismo deseo de pertenecernos, el deseo de apresurar el tiempo y acortar la distancia para encontrarnos en un abrazo prolongado, un abrazo que detenga el tiempo. 

Si me piensas como te pienso seguro a lo largo del día encuentras imágenes que quisieras compartirme, aquellas que describen la realidad nacional que discutimos en días anteriores, aquel ave en un arbusto posando para ti, los últimos rayos del día en un hermoso atardecer. Así, salgo de la nada y de todo, volviendo a entablar una conversación imaginaria que acompañe tus trayectos o el fin de tu jornada laboral. 

Por la noche, al final del día, las trivialidades nos reúnen, las redes sociales nos hablan de las banalidades del día y del rumbo del mundo. Al final, antes de ir a cama imaginas que compartimos un trago, quizá un tequila que silencie el caos de una realidad aberrante que no podemos borrar, quizá una cerveza que relaje la tensión del día. 

Ya en tu cama, dispuesto para descansar, mi recuerdo sigue presente, me imaginas frente a ti viéndonos, jugando con mis dedos en un recorrido por tu rostro, rumiando los sinsabores del día, buscando calor debajo de las sábanas y encuentras entre tus recuerdos mi voz cálida y en tu teléfono mi fotografía.

Si me piensas como te pienso sé que ahora quisieras estar aquí conmigo, contando las estrellas del cielo y queriendo hacer eternos los sabores de esta noche… 

A la distancia

Nada más certero que la muerte y nada más incierto que la vida. Han sido semanas de hastío, donde la realidad es desoladora y apremiante. Números que llevan implícitas miles de historias, números que erizan la piel y aumentan la ansiedad.  Así han sido estos días, por eso hoy es necesario asirse de la fantasía, al menos como una tablita de esperanza en medio del océano de cifras y caos en el que nos encontramos.  

Entonces, rumiando recuerdos me decidí a llamarte, sé que te sorprendió mi voz al teléfono, porque aunque constantemente estamos en comunicación, muy rara vez es mediante llamadas telefónicas… Estoy segura que al escuchar mi voz identificaste mi  perversa intención de inquietarte, que tu imaginación me llevará hasta ti de manera instantánea. 

Luego de saludarte, mientras mordía mis labios imaginando que esas palabras de un saludo convencional se convertían en un beso apasionado que encendiera el deseo de pertenecernos, te dije cuánto te extrañaba, cuánto deseaba sentir tus manos recorriendo mi piel, cuánto deseaba la sensación de tus labios devorando mi cuerpo. 

Te sorprendiste, lo sé, porque aunque seguro compartimos el deseo por estar juntos y nos extrañamos con la misma intensidad, no esperabas mi llamada… Anochecía, había sido una tarde nublada y parecía que más tarde caería una fuerte lluvia. Me recosté sobre mi cama y seguimos hablando de las trivialidades del día y de aquello que pretendía huir al hablar contigo. Así que  cambiamos de tema, quizá compartiéndote que sentía mucho calor, que quizá era momento de ponerme la pijama.

Dejé el teléfono sobre el escritorio de mi recámara, lo puse en altavoz y fui a cerrar la puerta con seguro. Cerré las cortinas, apagué la luz y encendí la lámpara del buró. Me platicabas algo sobre tu día laboral, lo difícil que es dimensionar el tiempo en esta época. Me quité la liga que sujetaba mi chongo desalineado de siempre, mi cabello se sentía un poco húmedo. Imaginaba tus manos acariciando mi cabeza jugando con mi cabello dando un masaje que apagara  todos los pensamientos que aún hacían eco de las historias de mi día. 

Me preguntaste cómo vestía, en realidad el atuendo de estos tiempos es casi todos los días el mismo: tenis, jeans y playera, regularmente debajo de mi playera la camiseta que más tarde se convierte en mi pijama. Me descalcé y deambulé por unos minutos por mi cuarto, cerrando la computadora, preparando la ropa del día siguiente, ordenando este espacio que se ha convertido en centro de trabajo, tratando de recuperarlo como mi habitación. Me encanta andar descalza y con calor más. 

Seguimos conversando, recodábamos aquella última vez que estuvimos juntos, se nos antojaba un trago, quizá una cerveza bien fría ¡qué rico! Me quité la playera, desabroché el sostén y sin quitarme la camiseta me deshice de él.  ¡Qué sensación más liberadora es este momento del día! A la par de los recuerdos de aquella última noche juntos, te describía la textura de mi camiseta, licra lisa, sin estampados, con tirantes muy delgados, corta, apenas a la cintura, justa, adherida a mi cuerpo y a través de ella se sentía la temperatura de mi piel. 

Podía imaginar tu boca mordisqueando mis hombros, mientras tus manos jugaban en mi espalda debajo de mi camiseta. 

Desabroché mi pantalón, lo dejé caer en el piso a la par que hacia movimientos circulares con mi cabeza tratando de liberar la tensión acumulada en mi cuello, imaginando tus manos masajeando  suavemente mi nuca, mi cuello, mi espalda. Levanté el pantalón del piso y lo dejé sobre un mueble, de ahí tomé mi short y me lo puse mientras te preguntaba si aún recuerdas mi lunar a media pierna, justo en el muslo izquierdo, reíste no sé si porque evidencié tu mala memoria o porque lo recordabas a la perfección. 

Tomé mi teléfono, le conecté los audífonos y me volví a recostar sobre mi cama. Apagué la lámpara, encendí mi difusor con aroma a vainilla, la amenaza de lluvia ya era una realidad, se escuchaba el suave arrullo de la lluvia y se alcanzaba a percibir el resplandor de los rayos con el sonido tenue de los truenos. 

Conversamos imaginándonos juntos, evocando los recuerdos y sensaciones de aquella última noche juntos. Te dije lo certero del recorrido de tus manos sobre mi piel, lo excitante de la sensación de tus labios sobre mi pecho, recordamos y revivimos el placer de la última noche juntos, cómplices de la imaginación y la fantasía disfrutamos juntos a la distancia… 

Entre la fantasía y la realidad

entre la fantasía y la realidad

No sabes cuánto disfruto escribir, me parece absolutamente mágico ver una hoja en blanco y dejar que mi imaginación me dicte recuerdos o fantasías para hacer estos relatos. Disfruto inventar la realidad, jugar con la fantasía y llegar hasta ti cuando me lees. Me encanta imaginar que palabra por palabra imaginas mi voz en tu oído, que párrafo tras párrafo evocas mi cuerpo próximo al tuyo.

Y así ubico mis relatos entre la realidad y la fantasía:

Tomo mi teléfono, abro la aplicación de mi música, dejo que el azar sea parte del juego, que el destino seleccione un playlist de jazz que acompañe mi imaginación, regularmente la música es atinada, coincide con esa música que estás escuchando ahora en tu imaginación. Ese sutil piano y el cadencioso saxofón que sumados a los demás instrumentos producen acordes armónicos y seductores que me permiten acariciar tu cabello mientras me lees.

Mi laptop parece leer mi mente, mis clases de mecanografía de la secundaria, son siempre aliadas indispensables para atender el apresurado dictado de mi imaginación. Mis dedos son hábiles en la escritura, tan hábiles y prestos como para desabotonar tu camisa y jugar ellos sobre tu dorso. Las yemas de mis dedos con sutileza atienden las ideas que la fantasía dicta, así como cuando mi dedo índice recorre tus labios invitando a que tu lengua lo acaricies, a que tus labios me devoren.

Convencionalmente la noche es cómplice de mis historias, de frente a la ventana de mi habitación, escuchando los ruidos aislados a la distancia, tratando de encontrar en una estrella un mensaje, buscando si la luna me sonríe o si las nubes la ocultan. A un lado de mi cama, en ese ambiente a media luz donde te  has imaginado contemplando mi cuerpo, donde desde silencio me has evocado en tu imaginación, con detalle, con pausadas caricias con las que haces arder mi piel.

A veces una bebida me acompaña, un café que impregne su aroma. ¡Huélelo! percibe el olor fuerte de esta taza de café sobre mi escritorio, frente a mi ventana, junto a mi cama… Una taza que basta para humedecer mis labios y desees probarlo en mi boca. Entre las pausas de imaginarte y escribir el café se tibia, se enfría, pero el aroma permanece y para asegurarte el sabor, humedezco levemente las yemas de mis dedos para volver a recorrer tus labios y coincidas conmigo en lo seductor que resulta un café bien cargado.

Las noches han sido cálidas, así que también entre la fantasía y la realidad te es fácil suponer mi atuendo mientras escribo antes de disponerme a dormir. Sé que imaginas con claridad mis pies descalzos, sentada sobre la silla, mi short negro y la camiseta roja que visto. Mientras me lees deseas acariciar mis muslos fuertes, mis hombros desnudos y mi cuello dispuesto a ser devorado por tus besos pues mi cabello se encuentra completamente recogido con un chongo improvisado.

Entre la fantasía y la realidad ansías más en este relato, ansías que mis palabras te lleven de la mano a mi cama, que mis palabras continúen acariciando tus labios, besando tu oreja… Sigues imaginando los acordes del delicioso jazz que nos acompaña esta noche, sigues viendo mis dedos deslizarse por el teclado de mi computadora con la misma premura con la que podría desabotonar tu pantalón, sigues inspirando el aroma del café, sigues imaginando la textura y tonalidad de mi camiseta roja.

Entre la realidad y la fantasía conoces mi sonrisa y la imaginas, conoces mi mirada y sientes cómo te observo, conoces mi voz y la escuchas. Y así, en una noche nos volvemos cómplices de la misma historia y con el punto final del relato nos acompañamos a la cama.

Un dibujo…

Un dibujo_AZULLa vida presurosa y sin sentido que a veces nos absorbe nos había secuestrado la oportunidad de estar juntos, un día, logramos pagar el rescate para liberar la fantasía de disfrutarnos como lo habíamos imaginado…

Sin mundo, sin tiempo, sin pasado ni futuro dejamos que aquella noche se convirtiera en una obra de arte, de esas que no se subastan, de esas que no se exhiben, de esas que se guardan en la intimidad de los recuerdos como un preciado borrador.

La cita estaba pactada, me pediste que fuera exuberante, por supuesto vistiendo algo Azul. El lugar era mágico, de ensueño, el estudio que solo un artista como tú puede tener: perfecto.

Nos sonreímos, me besaste, apenas rozando mis labios. No entendía tu cautela, pues tu mirada me devoraba. Me tomaste de la mano y me diste una vuelta como validando mi atuendo: mi cabello arreglado, ligeramente ondulado; mi maquillaje perfecto con una deliberada invitación a que probaras el rojo seductor de mis labios; un vestido azul con un escote pronunciado en la espalda que al roce de las yemas de tus dedos invitaba a dejar caer los tirantes que lo sujetaban a mis hombros.

Un vestido azul de una tela ligera, que te permitía palpar la tibieza de mi piel, la silueta de mi cuerpo cuando con la sutileza de un artista, bajaste tus manos por mis caderas. Una abertura en el vestido, dejaba entrever mi pierna derecha, ahí fijaste tu mirada y, tu sonrisa, cómplice de mis pensamientos, me decía lo dulce que sabría un beso tuyo justo ahí, justo donde la abertura comenzaba.

No dejamos que el deseo y los pensamientos cambiaran el plan inicial de nuestra cita: mi dibujo, aquel retrato que sería la portada de mi libro. Tu estudio era mágico, de película, yo sentía la curiosidad de una niña, quería tocar y saber qué era cada cosa que tenías tan perfectamente ordenada en su lugar. Sabes que mis habilidades artísticas se resumen en un extraordinario de la materia de Educación Artística en la prepa, así que todo lo que veía en ese lugar me inquietaba, en mi mente era como si cada pincel, lápiz o pastel tuviera vida propia para hacer trazos con magia.

Me indicaste dónde debía estar parada, me serviste una copa de vino y sobre una mesa estaba dispuesta una charola con quesos y carnes frías, fruta y otra botella de vino sin abrir. Al verlo sonreí con la malicia de imaginar cómo rodarían aquellas uvas sobre tu dorso desnudo, cómo saborearía unas gotas de vino entre tus labios… Pero debía dejar esos pensamientos para después. ¡Debías trabajar!

Yo nunca imaginé cómo sería aquello de dibujarme, el tiempo me parecía eterno, por más que quería acatar tus indicaciones y concentrarme me parecía tiempo perdido (para hacerte el amor). Perdí la noción del tiempo, pero grité de alegría cuando dijiste: “por hoy está bien”. -¿Por hoy?- pregunté para mis adentros pero no quise responderme, preferí concentrarme en el alivio de poder quitarme los tacones y continuar bebiendo vino.

Quise acercarme a tu obra, tenía curiosidad de qué habías dibujado y con un beso me lo impediste, no puse resistencia, me parecía mucho más tentadora la oferta del beso que la de descubrir qué había en ese caballete, tu talento en el dibujo no estaba a prueba. Aquel  beso nos acercó a la mesa, te serviste una copa de vino y sin palabras brindamos: ¡qué vino, qué beso!

Como lo había insinuado al principio, bajaste los tirantes de mi vestido con tus labios, tu lengua húmeda y tibia daba sutiles pinceladas en mis hombros y mi espalda,  la sutileza de un artista convirtiendo mi piel en un lienzo a tu disposición. Nos sentamos en el piso, nuestras miradas y sonrisas conversaban mientras saboreábamos los quesos y la fruta. Bebimos un par de copas más alternándolas entre besos y caricias, jugaba con mis dedos entre tu cabello, recorría tus labios con mi lengua. Acariciabas mi espalda al desnudo, observabas con ternura y deseo mi cuello, mi pecho. Jugabas a descubrir más después de la abertura de mi vestido que dejaba mis piernas a tu alcance.

Aquellos trazos de tus manos en el recorrido por mi cuerpo, aquellas texturas de nuestros cuerpos desnudos consumidos en placer, aquellos colores que a media luz dibujaban tanta alegría en un lugar tan sombrío, aquellas pinceladas que mi lengua hambrienta hacía sobre cada centímetro de tu piel, aquellas formas que el tacto de tus manos y las mías encontraban a placer en un recorrido sin técnica y ni teoría.

Así, en poco tiempo, el glamour de mi llegada se había convertido en un desastroso maquillaje, donde, sin el rojo seductor del principio, ahora en mis labios solo lucía una gran sonrisa, De mi impecable vestido azul, solo quedaba una sábana cubriendo lo que el pudor de los años pedía.

Y el dibujo, quizá después…  Después de hoy, sé que aún sin verme, podrías dibujar a detalle aquel cuerpo que hiciste tuyo en cada caricia y con cada beso.

 

Cosas malas

cosas malas

Lo reconozco, me encanta hacer cosas malas, de esas que asustan a las buenas conciencias, esas que pueden condenarme al fuego eterno, esas que se hacen sin que nadie se entere pero que cualquiera se imagina, esas que se saborean con todos los sentidos, que hacen eterno un instante, que permiten acariciar el cielo en medio del calor del infierno.

Mi locura e imperfección me permiten hacer cosas malas, cerrar los ojos al mundo moral del deber ser, huir a un delicioso mundo de locura, ese que se abre cuando un trago nos convoca y nuestros labios se encuentran, cuando nuestras miradas se reconocen y el deseo se enciende.

Que delicia, perdernos en ese beso, hacer inagotable la conversación de nuestras lenguas, hacer intensa la poesía que escribe con  las caricias de tus manos recorriendo mi cuerpo. Que rico es hacer eternos los minutos para que nuestros cuerpos desnudos se encuentren bajo las sábanas y hagan magia por una noche, acariciando las estrellas, jugando en el cielo.

Así, el destino nos ha dejado abierta la puerta de la fantasía, ha hecho coincidir nuestros tiempos y nos ha permitido jugar con las agendas públicas y disfrutar la agenda privada que programa nuestros encuentros, que nos regala una noche de vez en vez para pertenecernos, para hacer nuestra la realidad  como la más exquisita fantasía.

Esta noche por ejemplo, en ese abrazo de bienvenida, reconfortaste mis pensamientos buenos, los más nobles y pacíficos, al tiempo que despertaste el deseo de hacer cosas malas, de querer apresurar el tiempo para perderme en las sensaciones de tu boca devorando mi piel, encendiste el calor ardiente que consume mis entrañas mientras tu lengua recorre pausadamente mi cuello, mis hombros, mi pecho y mis senos, ese calor que me consume en el infierno condenada por los buenos juicios.

Y entonces me pregunto, ¿Cómo le hacen los buenos para sobrellevar la hostilidad de la vida sin hacer cosas malas? ¿Cómo le hacen los buenos para acatar el deber ser de la moralidad que describe algo tan bueno como malo?

Y así, esta noche, como siempre, disfrutamos entre tragos y risas el excitante camino a la cama. Brindamos por el presente y en ese primer trago comenzamos a desnudar los pensamientos. Nos abrazamos recostados sobre el sillón y conversábamos de esas trivialidades que nos unen, de esas historias que nos construyen. Acariciabas suave y delicadamente mi cuerpo, jugabas con tus manos sobre mi pecho, apretabas mi cintura y mis caderas, mordisqueabas mis orejas.

Silenciamos las palabras, dejamos que nuestras manos narraran los instintos. Simultáneamente fuimos desvistiendo nuestros cuerpos, cubriendo con besos la piel que quedaba al descubierto, sin pisa, con una sonrisa en el rostro que nos hacía cómplices de la travesura.

Mi estrategia fue certera, el camino fue correcto y la cadencia precisa. Conquisté tu piel, conseguí llegar a tu abdomen y avanzar hasta devorarte de a poco, retando tu cordura, incitando tu locura, procurando tu placer. Mi lengua te recorría lentamente, mis labios te abrazaban con delicadeza, la humedad de mi boca te inundaba y el calor de mi aliento te consumía.

Y, lo sé, estoy loca, me fascinan las cosas malas, sobre todo, esas que los buenos creen que son muy malas. Mi locura e imperfección prefieren  la condena que me imponen los  buenos, que la infelicidad de mis días. Tengo la certeza que la infelicidad nace en la moralidad del deber ser, la infelicidad es peor infierno en vida, que aquel en el que algunos me quisieran ver arder por mala.

Lo reconozco, hago cosas malas y las disfruto como si fueran buenas, quizá porque aquello que parece malo, es lo mejor, lo que el mundo necesita más: amar.

 

El amor y los años

los años y elamor

Sin querer el destino nos llevó al mismo lugar que hace muchos, muchos años fue escenario de los inicios de nuestra historia de amor… en aquel entonces, sin la intención de convertir a la noche en una entrega de amor apasionado, sólo  vivíamos la plenitud de nuestra juventud, disfrutábamos aquel amor que se come a puños, que se bebe sin límite. Éramos jóvenes enamorados de nuestra historia, de la vida; dibujábamos un futuro juntos de esos que no se prometen pero se sueña.

Aquella noche, también fue una “casualidad” la que nos llevó ahí, y recuerdo con tanta precisión mi atuendo, recuerdo lo agotados que veníamos de una fiesta y que era necesario un lugar para recobrar fuerza y cordura para llegar a casa. Yo vestía elegante, ya para entonces el maquillaje había sido borrado por el sudor de una gran noche de baile.

Ahora, esta noche, la plática inagotable que cotidianamente nos convoca, sugería un lugar más íntimo en dónde reír y llorar sin miradas que nos cuestionaran. Ya no era necesaria la elegancia, ni el maquillaje, luego de tantos años conoces las pecas que resplandecen en mi rostro con los rayos del sol, las ojeras que se marcan al caer la noche, sabes lo placentero que me resulta vestir jeans y playera con zapatos cómodos. Esta vez, el amor ya no era eufórico pero sí intenso, ya no era apresurado ni temeroso, ahora era pausado y temerario.

¡Qué delicia! porque cuando llegamos, ese flashback me robó una sonrisa, porque aquellos rumbos ya no eran los mismos y con sorpresa y nostalgia nos reconocimos mayores, el cálculo inevitable de cuántos años hemos pasado juntos nos hizo rehenes de un sinfín de recuerdos evocados por aquel lugar, reímos recordando viejos tiempos, aquella vez, evocamos nuestra inexperiencia que de sobra se compensaba con el gran amor que nos teníamos (tenemos).

Entramos,  comenzamos a disfrutar los tragos que llevábamos para la ocasión, nos quedamos por un par de horas recostados en un sillón, haciendo eterna esa conversación que nos une. Dimos tiempo a que los recuerdos se asentaran, tiempo para disfrutarnos en la caricia sutil que nos hacía conquistar cada instante de la noche. Reíamos, retados por los recuerdos esos que sin querer brotaron de una caja de pandora cuando llegamos ahí, enumeramos historias, vivencias, lugares, momentos, esa historia sin fin que nos hace ser amantes eternos.

Fueron momentos deliciosos… una vez vencida la nostalgia y superado el recuento de los años, nos besamos con el deseo y el amor que ni el paso del tiempo ni otros personajes han podido borrar, nos besamos en nombre de los recuerdos, con la ilusión del futuro, pero sobre todo, con el placer compartido de un presente juntos, de noche nuestra. Así, ahí sobre el sillón en instantes recorriste mi cuerpo sobre la ropa, apropiándote de mis sensaciones, reconociendo la silueta de mi cuerpo, la temperatura de mi piel, todo lo que de memoria  y por demás conoces.

Entonces, con la experiencia y el amor acumulado con los años, seducías mi mente en cada sensación, hacías desaparecer la ropa con sutileza, sin prisa y con destreza, hacías el recuento de lunares y pecas, reconocías que pese al paso del tiempo y los kilos ahí seguían, como entonces, como siempre. Trazabas sobre mi piel con tus dedos el recorrido que tu deseo dictaba, el recorrido que topaba con cicatrices y marcas de la vida, el recorrido probado que una y otra vez has transitado.

Certero, reconociendo el lienzo de mi piel que tantas veces has devorado, reconociendo en el paso de los años la veteranía que nos hace disfrutar del amor, disfrutamos nuestra noche haciendo el amor una y otra vez, tocando el cielo, jugando con las estrellas, estrujando los sueños, evocando recuerdos, reconstruyendo el futuro.

Así pasaron las horas, hasta que nuestros cuerpos desnudos, exhaustos bajo las sábanas volvían a quedar en pausa, volvían a quedar impregnados con la esencia de nuestro olor, de nuestro amor. Escuchamos música, de entonces y de ahora, reímos y dejamos que la nostalgia se transformara en lágrimas, nos acariciamos con ternura sabiendo que el amanecer estaba próximo, sabiendo que un baño tibio, como siempre, nos haría disfrutar nuevamente del roce de nuestra piel, que besarnos bajo el agua era una sensación deliciosa que dejaba, nuevamente, en pausa nuestra historia… y como siempre, el amor y los años siguen jugando a nuestro favor.