Un Ángel

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Estamos inmersos en un mundo en el que como esquizofrénicos transitamos entre personalidades que nos hacen sentir esperanzados, agobiados o estresados, más tarde ansiosos o malhumorados. La realidad, esa que reinvento en cada relato, ahora se vuelve esclavizarte y por más que busco entre las fantasías de dónde asirme, termina por vencerme y dejar mi texto inconcluso, con ideas vagas y sin sentido.

Han sido días donde la nostalgia invade, donde las ausencias pesan y los recuerdos saltan de la nada instalándose obsesivamente en mi cabeza, se convierten en decenas de porqués sin respuesta, en reclamos airados contra el destino, en injurias que entre lágrimas mi corazón dicta. Y siento cómo mi sangre hierve, cómo me recorre con coraje, con miedo, con impotencia. Y trato de ahogar las lágrimas para no dar explicaciones pero esas explicaciones se agolpan en mi mente aturdiéndome.

Mi mundo es selecto, pocos pueden estar en él, solo aquellos que entienden mi locura sin quererme hacer entrar en cordura, solo aquellos a quienes no les espanta mi pasión, solo aquellos que en una sonrisa cómplice avalan tácitamente mi actuar, o con vehemencia tratan de hacerme entrar en razón. Por eso en la nostalgia en la que esta realidad me ubica necesito un cómplice, aquel que en la trivialidad compartida significó más de lo que las mentes oscuras y siniestras podrían alcanzar a ver.

Pocos hombres como él con quien se podían analizar los problemas de la humanidad sobre una servilleta o reír a carcajadas al descifrar el albur más elaborado. Pocos hombres como él que son luz cuando la oscuridad amenaza, que son sabiduría cuando la necedad insiste, que son elocuentes cuando el sinsentido reina, que son sencillos cuando la arrogancia incrimina.

Tantas veces encontré consuelo en sus lecciones,  abrigo entre sus brazos,  respuestas en sus palabras, tantas veces que hoy que el mundo es hostil, egoísta y vacío necesito su voz, necesito aquel entonado “amiiigaaa” que ahora hace eco en mi alma y me arranca lágrimas de dolor. Necesito su voz, sus palabras, necesito que discutamos sobre la educación en nuestro país y lo hechizo de la educación a distancia; o que me diga que Mis Chivas están perdidas, pero que el maestro Galindo se estará bien; que me diga que sus vaqueros de Dallas son el mejor equipo de la NFL, aunque ambos sepamos que mis 49’s lo son.

Y lo extraño, lo necesito… Él conoció por qué soy Azul, él tuvo entre sus brazos a la Azul más vulnerable, a la mujer derrotada y perdida,  a la mujer que sin quitarse la ropa desnudo frente a él su esencia, su alma, sus errores, sus  miedos, sus anhelos. Él abrazó a aquella mujer herida de muerte, a la mujer que víctima de sus encantos y arrepentida de sus errores, aquella que trataba de reconstruirse para ser Azul, él me abrazó sin juicios.

Él fue cómplice de mis locuras y aval para mis conquistas, fue luz cuando la oscuridad invadió y hoy es un ángel al que busco recurrentemente en mis sueños para volver a escuchar su voz… Aún duele su ausencia, aún es imposible evocar recuerdos sin que se conviertan en lágrimas… Hoy, un ángel, que quizá en contra de su voluntad, surca los cielos cuidando de los suyos, de los nuestros…

Un pensamiento recurrente

Eres ese pensamiento recurrente que de momentos se convierte en una sonrisa, de momentos es un suspiro, que es un recuerdo que se instala en el alma y evoca ese instante en el que consumidos en placer nuestros labios pronunciaron nuestros nombres…

Te pienso en todo momento, en medio de lo cotidiano que busca con quién compartir las trivialidades; en medio de las dificultades que buscan unos brazos tibios dónde acurrucarse. Te pienso compartiéndote las incidencias de mi día mirando las estrellas, buscando a aquella luna cómplice de nuestros sueños.

¿Cómo olvidarlo? Llegué por ti, te sorprendí, lo sé… La manera en la que me observaste delató lo sorpresivo y excitante que fue verme dentro de tu mundo. Lo sé, me veía bien, me arreglé para ti, nada exuberante, solo un pantalón negro ajustado, que denotara mis muslos fuertes que siempre te encantaron, una blusa ligera con un escote sencillo, dejando el resto de las prendas a tu imaginación…

Nuestras miradas se dijeron todo, tomados de la mano nuestros cuerpos se aproximaron lo suficiente para que nuestros labios apenas pronunciaran nuestros nombres antes de besarnos, en ese beso pausado que habíamos imaginado, que habíamos deseado, que habíamos saboreado tantas veces antes. Me tomaste por la cintura y me abrazaste contra ti, y justo era esa sensación que añoraba, que deseaba tanto: estar ahí, entre tus brazos, sin mundo, sin tiempo, solo atendiendo nuestros pensamientos, evocando recuerdos y viviendo el momento.

Caminamos más de un par de horas, platicando de todo y de nada, de todo lo que en nuestros días nos dábamos tiempo para compartir a la distancia y de nada importante que distrajera la deliciosa sensación de recorrer ese lugar tomados de la mano. Sonreíamos como adolescentes, disfrutábamos el tiempo como ancianos, nos mirábamos con el deseo que solo los amantes sienten, conversábamos como amigos y, sobre todo, nos amábamos en cada paso, en cada sonrisa, en cada palabra.

Llegamos al lugar en el que habríamos de pasar la noche, abrimos la primera botella de vino tinto y brindamos por la ocasión, por la sorpresa del destino de habernos permitido huir del mundo, detener el tiempo y vivir nuestra historia. La conversación era inagotable, saltábamos de la poesía a la política; de los deportes a nuestras vidas laborales; del pasado al futuro, haciendo el presente perfecto aderezado con besos y caricias.

En un beso dulce que inició en mi oreja y avanzó por mi cuello para luego llegar a mis labios, comenzamos a desnudarnos, en pocos minutos la ropa no era impedimento para que nuestros cuerpos se reconocieran. El calor era extenuante y tomamos un baño tibio, y mientras el agua corría desde mi cabeza por todo mi cuerpo, tú jugabas a devorar las pecas y lunares que te encontrabas en mi pecho y mi espalda…

Salimos de la regadera, bebimos otra copa de vino, brindamos y desnudos disfrutábamos la plenitud de pertenecernos. Alternamos un sorbo de vino con un beso, otro trago con húmedas caricias que tu lengua hacían sobre mi piel, otro más con suaves mordidas que saboreaban mis hombros.

Nuestros cuerpos se pertenecían en cada caricia, en cada sensación que provocaban, en el deseo inagotable por disfrutar el amor, ese que se entrega en el sexo, ese que es efímero y eterno en el instante del placer, ese que recorre cada célula, que hace arder cada centímetro de la piel, que hace estallar el corazón y pronunciar tu nombre con la respiración entre cortada.

Hicimos el amor una y otra vez, consumimos un par de botellas de vino, paladeamos el sabor del vino y el sabor de nuestra piel. Disfrutamos de una conversación infinita, reímos del pasado e inventamos un futuro. Nos vestimos y desvestimos. Nos desnudamos el cuerpo y el alma. Escuchamos música y el latir de nuestros corazones mientras recuperábamos el aliento después de hacer el amor. Dormimos por momentos y soñamos toda la noche…

Así fue. Así será. Así sería…