Cosas malas

cosas malas

Lo reconozco, me encanta hacer cosas malas, de esas que asustan a las buenas conciencias, esas que pueden condenarme al fuego eterno, esas que se hacen sin que nadie se entere pero que cualquiera se imagina, esas que se saborean con todos los sentidos, que hacen eterno un instante, que permiten acariciar el cielo en medio del calor del infierno.

Mi locura e imperfección me permiten hacer cosas malas, cerrar los ojos al mundo moral del deber ser, huir a un delicioso mundo de locura, ese que se abre cuando un trago nos convoca y nuestros labios se encuentran, cuando nuestras miradas se reconocen y el deseo se enciende.

Que delicia, perdernos en ese beso, hacer inagotable la conversación de nuestras lenguas, hacer intensa la poesía que escribe con  las caricias de tus manos recorriendo mi cuerpo. Que rico es hacer eternos los minutos para que nuestros cuerpos desnudos se encuentren bajo las sábanas y hagan magia por una noche, acariciando las estrellas, jugando en el cielo.

Así, el destino nos ha dejado abierta la puerta de la fantasía, ha hecho coincidir nuestros tiempos y nos ha permitido jugar con las agendas públicas y disfrutar la agenda privada que programa nuestros encuentros, que nos regala una noche de vez en vez para pertenecernos, para hacer nuestra la realidad  como la más exquisita fantasía.

Esta noche por ejemplo, en ese abrazo de bienvenida, reconfortaste mis pensamientos buenos, los más nobles y pacíficos, al tiempo que despertaste el deseo de hacer cosas malas, de querer apresurar el tiempo para perderme en las sensaciones de tu boca devorando mi piel, encendiste el calor ardiente que consume mis entrañas mientras tu lengua recorre pausadamente mi cuello, mis hombros, mi pecho y mis senos, ese calor que me consume en el infierno condenada por los buenos juicios.

Y entonces me pregunto, ¿Cómo le hacen los buenos para sobrellevar la hostilidad de la vida sin hacer cosas malas? ¿Cómo le hacen los buenos para acatar el deber ser de la moralidad que describe algo tan bueno como malo?

Y así, esta noche, como siempre, disfrutamos entre tragos y risas el excitante camino a la cama. Brindamos por el presente y en ese primer trago comenzamos a desnudar los pensamientos. Nos abrazamos recostados sobre el sillón y conversábamos de esas trivialidades que nos unen, de esas historias que nos construyen. Acariciabas suave y delicadamente mi cuerpo, jugabas con tus manos sobre mi pecho, apretabas mi cintura y mis caderas, mordisqueabas mis orejas.

Silenciamos las palabras, dejamos que nuestras manos narraran los instintos. Simultáneamente fuimos desvistiendo nuestros cuerpos, cubriendo con besos la piel que quedaba al descubierto, sin pisa, con una sonrisa en el rostro que nos hacía cómplices de la travesura.

Mi estrategia fue certera, el camino fue correcto y la cadencia precisa. Conquisté tu piel, conseguí llegar a tu abdomen y avanzar hasta devorarte de a poco, retando tu cordura, incitando tu locura, procurando tu placer. Mi lengua te recorría lentamente, mis labios te abrazaban con delicadeza, la humedad de mi boca te inundaba y el calor de mi aliento te consumía.

Y, lo sé, estoy loca, me fascinan las cosas malas, sobre todo, esas que los buenos creen que son muy malas. Mi locura e imperfección prefieren  la condena que me imponen los  buenos, que la infelicidad de mis días. Tengo la certeza que la infelicidad nace en la moralidad del deber ser, la infelicidad es peor infierno en vida, que aquel en el que algunos me quisieran ver arder por mala.

Lo reconozco, hago cosas malas y las disfruto como si fueran buenas, quizá porque aquello que parece malo, es lo mejor, lo que el mundo necesita más: amar.

 

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Una noche inolvidable

una noche inolvidable

Mis pensamientos habían estado atrapados en un sinfín de preguntas sin respuesta, mis noches se convertían  en agotadores sueños sin sentido que sólo me formulaban más preguntas al despertar, eran noches de cansancio que me vencía con tan solo tocar mi almohada, pero sin descanso que me permitiera apagar mi mente intentando encontrar porqués.

Entonces, al fin encontramos un tiempo para inventarnos en medio de lo cotidiano, un tiempo para reconocernos en las sensaciones de recorrer nuestra piel, en la sensación de estremecernos al hablarnos al oído… era tiempo de convertir la escena de fantasía en la más deliciosa realidad en medio de una noche de lluvia, donde la ventana de la habitación se iluminaba repentinamente con los relámpagos que enmarcaban la intensa lluvia.

Era momento de dejarnos conquistar por la imaginación, de silenciar las palabras y hacer de cada sensación el lenguaje más claro y sublime que la escena necesitaba. No hablamos, en un dulce beso pactamos sin palabras hacer de esa noche una cita inolvidable, un encuentro que desbordara placer y ternura. En ese beso devoré tus dudas, devoraste mis miedos; saboreé tu deseo, probaste mi hambre de ti.

Había una tenue luz, la necesaria para hacer notar el brillo de nuestros ojos perdidos en las sensaciones que invadían nuestro ser, nos descalzamos, conociste mi estatura real (sin los 12 centímetros del tacón de mis zapatos) sonreíste con ternura y me abrazaste contra tu pecho, me sujeté a tu espalda, dejándome arrullar por el latir de tu corazón, dejándome conquistar por el calor de tu piel que me invitaba a recorrerla con mis labios…

Jugabas con mi cabello, me decías cosas sin sentido al oído, mordisqueabas mi oreja y luego la acariciabas lentamente con la punta de tu lengua. A ojos cerrados mi sonrisa avalaba cada una de las deliciosas sensaciones que despertabas. Sin hablar, el lenguaje de mis manos recorriendo tu espalda te pedía que no te detuvieras, así como saboreabas mis labios, mis mejillas, mi ojera, así, te adueñaras de mi cuello, que bajaras por mi pecho…

El deseo ardiente que consumía mi cuerpo y el sobresalto que me producían los relámpagos y truenos me hacían asirme a ti con ansia mientras correspondía el delicioso recorrido de tu lengua por mi cuello, besando tu oreja, desabotonando lentamente tu camisa, dejando que mis labios besaran de a poco tu dorso desnudo, dejando que mi pequeñez disfrutara sin impedimentos lo cálido de tu piel al contacto de mis labios, de las yemas de mis dedos sobre tus hombros, acariciando tu cara, tu pecho…

Así, parados a los pies de la cama, con la sincronía de un beso y de las caricias que recorrían nuestros cuerpos, nos desnudamos lentamente, dejando que la textura de la ropa y el roce de nuestras manos se convirtieran en la más excitante sensación que erizaba nuestra piel.  Nos recostamos sobre la cama, observabas mi desnudez con ternura, con deseo disfrazado de ternura. Besaste mis labios, apenas rozándolos, nos miramos fijamente, nos dijimos lo necesario para saber que ese instante nos pertenecía.

Acariciaste mi cabello, bajaste por mi rostro recorriendo con las yemas de tus dedos mis ojos, mis mejillas, mis labios. Trazabas con tus dedos suaves líneas sobre mis brazos, sobre mi pecho; confirmabas tus trazos con el recorrido de tus labios sobre mi piel. Volviste a mis labios para continuar el beso que nos había dado la bienvenida al lugar, el beso en el que pactamos que sería una noche inolvidable…