A ojos cerrados

Sin duda el placer del sexo con amor es el mejor paliativo para abstraerse del mundo cotidiano, caótico y absorbente. Tener tiempo de dejarse consentir, buscarse tiempo para disfrutar el amor es siempre un aliciente que relaja el cuerpo y la mente para lidiar con el día a día. Así, justo así respondiendo a tu llamada, sin un plan preciso en mente, con un mundo de cosas por comentar, con deseo expreso de disfrutarnos.

Llegaste por mí, aún sin destino claro, comenzamos a desahogar en el auto el sinfín de historias acumuladas, pasamos por víveres que nos duraran la noche y de manera tácita los dos acordamos un plan perfecto para nuestra noche. Regresamos al auto con una botella de vino, botanas y muchas, muchas ganas de hacer eternas las horas que estaríamos juntos.

Llegamos, nos besamos en el auto, enfatizando aquel plan sobreentendido que habíamos acordado minutos antes. Entramos a la habitación, nos abrazamos por varios minutos, en silencio, a media luz, sólo abrazados, sintiendo nuestros cuerpos vibrar, comunicándose todo aquello que pasaba por nuestros pensamientos, jugaste un poco con mi cabello para dejar al descubierto mi cuello y besarlo sutilmente.

Abriste la botella de vino, serviste para los dos, bebimos un trago para brindar por la ocasión y dejamos las copas sobre la mesa. Nos quitamos los zapatos y nos sentamos en el sillón. Con un beso iniciamos la conversación de nuestros instintos, ese beso decía sin palabras lo delicioso que era estar ahí, con una larga noche por delante, con nuestra experiencia y mundo dispuestos una vez más para la ocasión.

Me recosté sobre tus piernas, comenzaste a acariciar mi cabeza, a jugar con mi cabello, cerré los ojos concentrándome en esa delicada sensación que equilibraba el deseo y la pasión, con la paz y la serenidad de una caricia que nos conectaba. Comenzaste a hablarme de tu mundo, del trabajo, de la vida, esa charla que no importa si es por teléfono, en el auto o desnudos sobre la cama después del amor, pero es esa charla que nos conecta siempre.

Te escuchaba atenta, continuaba con los ojos cerrados, te respondía y conversábamos. Tomaste tu copa de vino y bebiste otro trago, humedeciste la yema de tu dedo índice con un poco de vino y recorriste mis labios, una sonrisa espontanea te agradeció esa deliciosa sensación. Jugué con mi lengua y el vino en mis labios y en el juego dejaste caer un par de gotas más en la comisura de mi boca, besé tu dedo, mi lengua sedienta recorría tu mano en busca de más vino, en busca de un beso…

No quería abrir los ojos, en verdad era una sensación deliciosa, ahí, recostada sobre tus piernas, concentrada en tu monólogo, en tus manos: tu voz desahogando un sinfín de temas pendientes, una de tus manos jugando con mi cabello y otra, muy inquieta, dibujando sobre mi ropa aquellos trazos que conectaban todas las sensaciones de deseo que recorrían mi cuerpo.

Dejabas que mi lengua humedeciera las yemas de tus dedos, dejabas que, desde mis pensamientos, esos que sabes leer por demás, comenzara a seducirte, a proponerte el recorrido de tus manos, a sugerirte que la ropa fuera menos y las caricias más… así, aún estuvimos varios minutos sobre el sillón, yo a ojos cerrados, disfrutando esa conexión de nuestros pensamientos, de nuestros deseos, haciendo que la sensación paz y deseo que habitaban a en mí, pelearan a duelo para hacer prevalecer a quien venciera.

Quería seguir ahí, recostada, sintiendo tus dedos entre mi cabello, a ojos cerrados, deteniendo el tiempo, haciendo el amor en la conversación, en la compañía, en el sabor a vino de las yemas de tus dedos, en el silencio que de momentos decía todo, en aquellos besos inocentes con los que pausabas tu conversación.

El deseo y la pasión vencieron en el duelo, dejando la paz momentáneamente fuera de combate, nos besamos y en ese beso poco a poco la ropa quedó tirada dejando huella de nuestro camino hacia la cama. Hicimos el amor en el sexo tantas veces como nos duró la noche, acariciamos el cielo en las sensaciones más plenas, contamos estrellas con una sonrisa dibujada en nuestro rostro, una sonrisa de esas que dicen más que mil palabras…

Luego, la paz regresó y a ojos cerrados soñamos juntos, dormimos abrazados desnudos bajo las sábanas, soñando que el mundo que esa noche construimos, era real… pero no, otro mundo nos aguardaba afuera… y era tiempo de volver a él…

Te quiero…

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Una mujer muy Azul

Llámalo como quieras: soberbia, arrogancia, vanidad, pero los años me han hecho una gran mujer, una mujer muy Azul capaz de seducirte con la mirada y sin escotes, capaz de conquistarte con mis labios sin siquiera besarte.

Los años y las historias me han convertido en una mujer plena, dueña de mi vida, que disfruta de halagos de aquellos que encuentran en mis relatos un refugio de fantasía, que disfruta aquel trago compartido en nombre de los recuerdos o en nombre del juego de la conquista.

El tiempo me ha dado la razón, las decisiones que he tomado y sus consecuencias, me dejan con saldo a favor. Siempre dispuesta a nuevos riesgos, a nuevas aventuras que me acerquen a la felicidad, con la certeza de que mi imperfección y mi locura me separan de ese mundo de apariencias y me dejan construir un nuevo mundo de ilusiones, de esas que por instantes saben a realidad, de esas que se convierten en inevitables sonrisas, de esas que hacen eco en la mente y en el corazón durante el día.

Descubrirme como Azul, me hace libre, me hace más mujer, me ha llevado a una lucha por reivindicar mis esperanzas, a defender mis fantasías, a entender el amor y el deseo, a besar con la mirada y acariciar con mis palabras.

Ser Azul me permite aceptarme como una mujer intensa y apasionada, no solo por los placeres que muchos creen que se limitan al sexo, soy una mujer intensa y apasionada que en cada aspecto de mi vida, creo en mi profesión y mi profesionalismo como un instrumento para construir la sociedad en la que me gustaría vivir; creo en mi manera de amar como la única posible donde se entrega todo en una apuesta a ganar; creo en mis aciertos y desaciertos como la única manera de aprender y reaprender las lecciones de la vida.

Ser Azul me hace desafiar mi mundo, ese que se rige por la perfección aparente. Los años me han dado la razón, acepto mis errores como errores, volteo la mirada al pasado y sé que aquello, aquellos, que dejé en el camino, hoy no me hacen falta, al contrario, me alivia no tener peso de su existencia en mi vida.

Observo mi presente y disfruto saberme una mujer deseada, una mujer que, a veces sin querer, es capaz de quedarse en la mente de algunos, que es capaz besar labios a la distancia desde el pensamiento, capaz de acariciar corazones, tocar almas y alojarse de manera inamovible en el corazón unos.

Imagino mi futuro se llena de esperanza, llena de ilusión de esa, que ilumina las lunas llenas, de esa que se encuentra en el sabor de un sorbo de café, de esa que se encuentra en una conversación improvisada y en un mensaje inesperado.

Hoy no me importa si es soberbia o solo una más de mis locuras, hoy con mis años, mis kilos, mis lágrimas y mis risas me siento feliz. Dispuesta a seguir reescribiendo la realidad, a veces al límite de la fantasía, a veces al límite de la cordura, a veces desde la más oscura realidad.

Seguiré siendo Azul, cada vez más Azul, cada vez más plena, libre, desafiante, intensa y apasionada. Seguiré jugando a reinventar mi mundo hasta que en el último intento me encuentre en la vida en la que quiero pasar mis días hasta el final de mi historia.

Hoy, celebrando un año más de vida, me acepto como una gran mujer, como Azul envuelta en todas sus pasiones y sueños, esos que para algunos fueron demasiado grandes como para atreverse a conquistarlos conmigo…

El otro día leí una frase con la que me identifiqué:

“Una mujer seductora, deja algo en la mirada; una mujer simpática, deja algo en la sonrisa; una mujer sexy, deja algo en la imaginación; pero una mujer de verdad, deja huella en el corazón.” Búscame en tu mirada, encuéntrame en tu sonrisa, hazme tuya desde la imaginación, pero sobre todo… guarda mi nombre en tu corazón: AZUL…

Omnipresencia

Ser omnipresente es un don divino y, como tal, solo se manifiesta a través del amor. A veces no estamos donde algunos nos ven, sino donde otros nos extrañan, donde otros nos piensan y, quizá sin saber, nos regalan una lágrima o una sonrisa en nombre del recuerdo.

Estar en varios lugares de manera simultánea nos permite recorrer pausadamente en el cuerpo de otro un mundo de recuerdos que se escribieron con tinta indeleble, es buscar con qué vestir el cuerpo y en una prenda encontrar más que ropa, es encontrar ese cobijo para el corazón, esa caricia para el alma. Y es que justo así fue como sucedió hace unos días…

Yo trabajaba en el estudio de casa, mi mente estaba exhausta, el trabajo me tenía agobiada y, como muchas veces sucede y mi profesión lo requiere, escribía sobre varias historias de manera simultánea. Sentí mucho frío, la noche era joven y sabía que un café cargado y un pan dulce serían buena compañía para lo que aún faltaba de mi jornada.

Subí por un suéter que me protegiera del frío, así de la nada, así como saltan los recuerdos en mi cabeza y mi corazón normalmente, saltó del closet una sudadera que tú me regalaste, una sudadera que vestía más que mi cuerpo, era una prenda en la que con solo cerrar los ojos recorría nuestra historia, recorría un sinfín de recuerdos que me hacían sentir cobijada por tus brazos, protegida por tu presencia, confortada por un beso tuyo…  La vestí y salí a buscar un pan dulce atendiendo mi plan de desvelo.

Al salir, una luna llena en lo alto iluminaba el cielo, imposible no verla, imposible no verte en ella. Imposible que las lágrimas no se desbordaran por mis ojos casi con la misma velocidad con que mi memoria dictaba recuerdos, con la misma intensidad con la que aún latía mi corazón por ese sorpresivo encuentro con mi sudadera que sé que pese al tiempo, aún olía a ti…

Sé que mi pensamiento llegó a ti, que la luna, interlocutora de los amantes, nos ha comunicado una y otra vez, se propone como intermediara para conectar nuestros pensamientos. Así, pensándote de una y mil maneras, extrañándote y pidiendo desde el alma uno solo de tus abrazos,  caminé a mi destino, regresé, preparé mi café y con mi pan dulce continúe saboreando tu recuerdo.

Lloraba, reía y me preguntaba si realmente tendrás la certeza de que te fuiste, sintiéndote yo tan mío, tan cerca. ¿Cómo podrías creer que te fuiste si eres tan mío, si tu recuerdo es tan nítido que al acariciarte con el pensamiento siento la tibieza de tu piel? ¿Cómo podrías creer que no eres mío si cuando te sueño y tus besos aún tiene ese dulce sabor, tus labios aún se sienten hechos a la medida de los míos? ¿Cómo podrías creer que no estás aquí si aquella sudadera olía a ti, abrazaba mi espalda y mi pecho como lo hacían tus brazos?

¡Imposible! Estás aquí, eres omnipresente porque en el tiempo y el espacio podrás estar en otro lugar, podrás creer que te fuiste pero en mi mundo, sigues siendo mi fuerza, mi inspiración, sigues siendo ese recuerdo que me llena de esperanza y que en momentos de dificultad me da refugio y hasta escucho tu voz diciéndome que todo estará bien. Tú eres evidencia de esa cualidad divina de que el amor nos hace trascender en otros, que amar es la mejor posibilidad para pasar el tiempo mientras la muerte llega, mientras la vida pasa.

Así, mi noche pasó, no trabajé en mis pendientes, únicamente rumié una y otra vez nuestra historia, los lugares, los sabores, los olores, las texturas, las sensaciones, mi mirada perdida en tus ojos, mi nombre en tus labios: Azul, era tan lindo escuchar mi nombre en tus labios que aún escucho tu voz pronunciándolo en esas noches de insomnio en las que los recuerdos me arrullan.

Así, pasan mis días, con la certeza de tu omnipresencia, aquí tengo lo que necesito de ti… Te Amo…

Amores Platónicos

Hay amores que no suceden, que el destino, la vida o cualquier cosa impide que sucedan… así nosotros, cuando jóvenes pudimos, pero no fue. Quisiera creer que no era nuestro tiempo, pero con los años y kilos de experiencia creo que los tiempos del amor no existen, sólo son casualidades que uno decide aceptar como retos para que un amor se dé.
En aquel entonces, jóvenes impetuosos ávidos de vivir, ansiosos por concluir la universidad para devorar el mundo con nuestra pasión profesional, compañeros de clase, amigos. Tú, un joven trabajador, quien luego de la jornada de estudiante cubría su jornada laboral y, por supuesto, se daba tiempo para el amor.

Yo, entusiasta deportista, que luego de mi jornada de estudiante acudía a los deberes que mi equipo me tenía marcados, que me exigían entrenamientos exhaustivos sin importar tareas o trabajos escolares.

Era una bella época, que, aunque a veces me pesan los años, hoy agradezco haber vivido en aquel entonces -y no ahora-. Sé que suena muy nostálgico, sé que revela mi edad un poco, pero tampoco me agobia, soy una mujer que acepta sus años y los encantos que con ellos ha descubierto. En aquellos tiempos disfrutaba vestir de short y cruzar por las áreas verdes del campus, disfrutaba lucir mis fuertes piernas y acaparar una que otra mirada masculina que curiosa acompañaba mi caminar.

Así, disfrutaba nuestra charla en los pasillos del edificio al cambio de clase, disfrutaba  tu mirada que sin palabras aceptaba que te gustaba, disfrutaba tu amistad y tus consejos. Así, en una de esas tantas mañanas compartiendo salones y pasillos, lo aceptaste: te gustaría algo más conmigo, algo que no afectará tu relación de tiempo con ella (tu novia)… Me negué!

¡¿Qué habría pasado?! Qué tal que aquella mañana hubiera dicho que sí. Es más, si ni siquiera hubiera contestado, sólo te hubiera besado a ojos cerrados, dejando que mis labios abrazaron los tuyos, que mi lengua acariciara la tuya, dejándome rodear por tus brazos sintiendo que en ellos cabía y que era deliciosa la sensación de estar ahí, dejando que mis manos acariciaran tu espalda y que ese beso durara el tiempo suficiente como para encender el deseo, despertar el amor, descubrir el sabor del amor en mis labios…

Quizá pudimos haber huido en ese momento, tal vez a uno de los prados conocidos en nuestra universidad donde el amor sabe a prohibido, a adrenalina juvenil por el temor de los posibles observadores. O quizá sólo hubiéramos continuado con nuestra agenda escolar y acordando una tarde para nosotros o quizá una noche para conversar y hacerte dudar de tu propuesta, aquella de sólo querer saciar tu curiosidad con una mujer como yo…

Esa noche habría llegado, habríamos conversado con la intensidad de siempre, de esos universitarios universales, que lo mismo hablábamos de football, que de tu vida laboral, de mis achaques propios del partido más reciente, que de política, que de la vida misma. Así habríamos hecho nuestra aquella noche, dejándonos conquistar por una charla inteligente, en la que nuestros labios conversaban mientras nuestras miradas se seducían mutuamente y nos invitaban a dejar de lado la plática para apoderarnos de nuestros cuerpos.

Seguro, habría besado tus labios, muy suave, tiernamente, dejando que en ese beso conocieras la excitante combinación de una mujer como yo: tierna y fuerte, seductora y sensible, apasionada y dócil. Habría hecho que en ese beso entendieras mi mundo, ese pedacito que desde la seducción se puede descubrir.

Te habría disfrutado sentado sobre una silla, me habría sentado sobre tus piernas de frente a ti, acariciando tu cabello mientras besaba tu cuello, guiando tus manos hacia mis muslos para que los acariciaras y comprobaras aquello que tu mirada discreta suponía: eran piernas fuertes y atléticas. Habría hecho mi cabeza hacia atrás y llevado la tuya hacia mi pecho para que me besaras, para que sobre mi blusa comenzaras a descubrir aquellas sensaciones que seguro, antes ya habías imaginado.

Habría logrado deshacerme de tu playera para que mis manos recorrieran pausadamente tu dorso desnudo, tu espalda, para que besara tus hombros y recorriera con la punta de mi lengua tus brazos. Habría regresado a tus labios a continuar aquel beso, ese beso con sabor a deseo, ese beso que ponía a prueba el amor. En ese beso nos hubiéramos olvidado del mundo, de aquél que nos aguardaba afuera, aquel que me daba únicamente como opción para una noche, para ese momento.

Habría conquistado tu piel con mis besos, habría dejado que mis labios te convencieran que era más que una chica para una noche, haría dibujado sobre tu piel con mi lengua trazos que requirieran dosis complementarias para aliviar la necesidad de mis labios. Habría dejado que tus manos recorrieran cada centímetro de mi piel, del cuerpo de entonces que tanta curiosidad te provocaba…

Habríamos hecho de aquella noche un derroche de placer, de ese placer que sólo se logra con una plática inteligente, con un hombre que sabe de poesía, de música, de mundo. Ese placer desbordado que se consigue con las caricias correctas, con los besos pausados y con un sexo delicioso… habríamos hecho el amor poniendo a prueba aquello que nos impedía estar juntos fuera de ese lugar, y quizá, la historia habría sido diferente.

Pero… sólo me negué a tu propuesta. Los años han pasado, pese a ellos y a la distancia seguimos siendo amigos, sigues presente en mis días y algunas de mis noches, a veces escuchando mi llanto amargo provocado por la incertidumbre, el desamor, la desilusión; y otras ocasiones compartiendo aficiones y gustos por la poesía, el deporte y la vida. Pero, ¿te soy franca? a veces, cuando la nostalgia se hace presente, cuando imagino tus palabras en mi oído, cuando necesito un abrazo, me sigo preguntando… ¿Qué habría pasado? ¿Tú qué crees?

¿Qué tal si lo piensas mientras te imaginas recostado sobre mi pecho y te leo al oído este poema? Sé que a un hombre inteligente como tú, le gusta la literatura, le gusta la poesía… Te quiero…

Luna congelada – Mario Benedetti

Con esta soledad
alevosa
tranquila
con esta soledad
de sagradas goteras
de lejanos aullidos
de monstruos de silencio
de recuerdos al firme
de luna congelada
de noche para otros
de ojos bien abiertos

con esta soledad
inservible
vacía

se puede algunas veces
entender
el amor.

 

De visita en el pasado

de visita en el pasado3

A veces acercarse a esos lugares del pasado, donde se dejaron impregnados un sinfín de recuerdos es un riesgo innecesario. Hace muchos años y muchos kilos, viví una gran historia de amor que aún da esperanza a los peores momentos de mi vida, permitiéndome rumiar aquel pasado que con solo cerrar los ojos evoca un ligero y efímero sabor a paz.

Ese escalofrío que recorrió mi piel cuando me acerqué a aquel lugar, mi mirada se nubló y los recuerdos se desbordaron como lágrimas al estacionar mi auto, en ese momento, mi auto era el único refugio que me parecía seguro, ahí con un llanto desbordado recorrí una a una varias de las historias ahí vividas. Ahí encontré había encontrado el valor de vivir, el valor de ser, el valor de amar, el valor de creer hasta en lo más absurdo pero que me daba felicidad y plenitud.

Pero un día la despedida fue tajante, sin posibilidad de reencuentros, sin posibilidades de nuevas historias, y con ella, con esa despedida, una parte de mí se acabó, una parte de mí se murió con el final de nuestra historia de amor… justo es esa parte que, cuando te extraño, extraño de mí… Sí, extrañarte es evocar aquélla que fui a tu lado, aquélla que se creía capaz de pelear contra todo por los sueños, aquélla que creía que actuar bien, con pasión, con entrega daría los resultados soñados.

La vida es disciplina, trabajo… – decías – La vida es el “extra” para que lo ordinario se vuelva EXTRAordinario. No es cierto, mentiste. Eres una mujer inteligente y talentosa –me juraste – No, mentiste y si lo fuese, no sirve de mucho ahora.

Y no sabes el ahogo que se siente, la terrible opresión en el pecho al necesitar tanto tus palabras, tus brazos y al mismo tiempo, sentirme perdida y vulnerable y creer que si te veo la poca estabilidad que queda en mi mundo se desmoronará…

Y en aquellos años Benedetti siempre fue cómplice, tenía orden en las palabras para traducir nuestros besos y nuestras lágrimas. Cada poema compartido recostados en el pasto, cada cuento descifrado en compañía, Así… este poema fue nuestra despedida:

Chau número 3 – Mario Benedetti

Te dejo con tu vida 
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres

Hoy mi vida es un caos, hoy el miedo me acorrala, la tristeza me vulnera y ni mi trabajo, ni mi gente dan esa paz que necesito. Hay días en que cada puesta de sol me lleva al deseo de querer dormir y no despertar; cada amanecer me cuestiona ¿para qué? ¿para dónde?

sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro

¿Confianza? La traición demerita cualquier signo de confianza… los amores suicidas que a ciegas creen y se inmolan han devastado la confianza depositada en un sueño, la confianza de otros en mi sueño. Nada más imposible que creer que la realidad se construye con esfuerzo, trabajo y disciplina, la realidad, es, sólo es. Hoy, más insegura que nunca, hoy más vulnerable que nunca.

te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota

Descifrarme me llevó a aceptar que sin ti no soy, y sólo anhelo las respuestas sabias que en cada charla teníamos, y sólo añoro que La Promesa sea cierta y un día, en la eternidad encuentre tus brazos.

te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía

Tus dudas siempre fueron mis certezas, tu mundo daba sentido a creer en aquella Azul, aquella que derrotaría invencibles, que se coronaría de gloria no ante el mundo, sino ante su corazón y sus sueños.

pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono

Debí escucharte, debí tatuarlo en un lugar visible, ser cauta, saberme transparente y vulnerable de aquella oscuridad que no conoce de lealtad y verdad. Jamás me he sentido abandonada, has estado en cada noche en la que el insomnio me atormenta, en cada día en el que las preguntas sin sentido me aturden, en cada instante en el que intento creer que vale la pena continuar.

estaré donde menos lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos

Así ha sido, has estado en aquel cardenal rojo que en un día cualquiera se atraviesa en mi camino, en aquella frase de Benedetti que sin contexto se aparece en mi mundo, en aquel hombre con el que aún sin intención termino comparando contigo, en aquel sueño de encontrarte después de los días…

estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra

En un lejano horizonte… en mi sombra… ¡TE NECESITO!

estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen

Nadie, ninguno como tú. Ni antes ni después de ti me he sentido amada y plena. Ninguno de aquellos que me siguen con el valor de enfrentarse a una mujer como yo, compleja y simple, apasionada y apacible, intensa y débil. Mucho menos aquellos pobres hombres que creen que sólo soy una mujer frívola dispuesta al sexo de ocasión.

y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

En mi sueño, en mi vida, en mi mundo… Nada ni nadie más presente y ausente en mi mundo, nadie como tú que sin estar es el único hombre que da paz en sus palabras (recuerdos), que despierta el deseo y la pasión en la fantasía (de recordarte), nadie como tú…

 

Salsa y tequila

 

Sólo necesitábamos eso: poner en pausa el mundo, dos tragos, uno para olvidarnos de ellos y otro para imaginar que ellos se olvidaban de nosotros.

Lo necesitábamos, abstraernos del mundo y disfrutar toda la noche y para ello, nada mejor que la combinación: baile y tequila. Así que con los dos tragos y una conversación incidental dejamos que la noche nos abordara, que la música al ritmo de la salsa hiciera vibrar nuestros cuerpos, que el calor provocado por el tequila corriera por nuestras venas.

La conversación, un poco a gritos por el volumen de la música, nos llevó a acercarnos un poco más, lo suficiente como para hacer más sugerente la invitación a hablarte al oído, para hacer más casual el roce de nuestras piernas debajo de la mesa. Así, hablamos poco, lo suficiente para hacer tiempo antes de que nuestros labios se comunicaran sin palabras.

Nos levantamos de la mesa, fuimos al centro de la pista y al ritmo de la salsa nuestros cuerpos se entendían, así con la sensualidad que el ritmo incita, tomaste mi cintura, guiando cada movimiento haciéndome cerrar los ojos y disfrutar cada paso entre tus brazos. Sentía cómo mi cuerpo con naturalidad atendía los movimientos que tus manos marcaban, sentía cómo tus manos recorrían mi espalda, mi cintura y llevaban contra ti mis caderas.

Así, el ritmo nos llevaba en sincronía, nos hacía disfrutar cada paso en una complicidad que sólo la música podía avalar. Regresamos a la mesa y otro par de tragos nos esperaban,  atendimos la invitación que el tequila sobre la mesa nos hacía, brindamos por aquella noche y de un trago consumimos nuestras bebidas. Tomé con la yema de mi dedo la gota que escurría en mi vaso y la llevé a tus labios, perseguiste mi mano que te guiaba hacia mis labios…

Atendiste la indicación de mi mano y al llegar a mis labios giré mi cabeza, besaste mi cuello y acariciaste mi cabello, tomaste mi cabeza por la nuca. Mis piernas ya se cimbraban sobre el piso atendiendo el ritmo que me llamaba nuevamente a la pista. Así que habría que esperar para que aquel beso sucediera. Nuevamente dejamos que nuestros cuerpos disfrutaran, que sin palabras se comunicaran, que tus manos en cada movimiento se apropiaran en de mi cuerpo, que la música, la letra y el ritmo nos hicieran recrear aquella historia que la salsa incitaba a imaginar más, mucho más…

La música nos atrapaba, ponía a prueba nuestra condición física y parecía que vencíamos, que ni los años ni los kilos eran impedimento para que aquella noche fuera nuestra, para que la salsa nos hiciera imaginar una historia más allá del lugar en el que nos encontrábamos, la música se adueñara de nuestro cuerpo y nuestra mente, y sedujera nuestros pensamientos haciéndonos protagonistas de aquella historia que en voz del cantante se relataba.

El tequila en complicidad con la salsa adormecía nuestra conciencia, nos hacía partícipes de una noche deliciosa, que lograba el cometido de haber dejado en pausa al mundo. Bailamos, el roce de nuestros cuerpos al ritmo de la música era cada vez más excitante, era cada vez más cadencioso y la temperatura de nuestra piel y el calor que corría por nuestras venas traspasaba la ropa.

La noche avanzaba, las horas –y el tequila – parecían haberse ido sin darnos cuenta cómo, nuestros cuerpos al ritmo de la música se dejaron seducir por horas, nuestra conversación nos hizo cómplices con sabor a tequila y dejamos que el placer al compás de la salsa nos hiciera disfrutar toda la noche sin darnos tiempo de aquel beso que había quedado pendiente cuando te invité a cercarte a mis labios.

La salsa había conquistado nuestra noche, el tequila había conquistado nuestro paladar así que ahora había tiempo para ese beso, que iniciara en los labios y recorriera nuestros cuerpos sin prisa, nos despedimos de aquel lugar con un beso dulce mientras aguardábamos el auto, aún escuchábamos a lo lejos la música, aún con la invitación de hacer de aquella música un ritmo seductor para hacer el amor…

 

 

Amores suicidas

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Hay amores suicidas que matan pero no mueren, son justo ésos que en pos del amor devoran ilusiones propias y ajenas, construyen fantasías que cercan la realidad y convierten en rehén a todo aquel que ponga en duda la existencia del “amor”.

Hay amores suicidas, ésos que se vuelven terroristas en sus actos, que cegados por aquello que suponen amor ponen el pecho a las balas, ponen las manos al fuego y terminan perforados y calcinados.

Hay amores suicidas que asumen el riesgo, que conscientes de que la vida se puede ir en ellos, apuestan a la derrota, apuestan a ganar con el mínimo de posibilidades de triunfar, sólo porque el amor enloquece, sólo porque la ilusión alimenta al fantasía, sólo porque el amor da ese ingenuo valor de confiar en un triunfo improbable.

Hay amores suicidas que escribes y escribes, que inventas y reinventas, que te aferras a leerlos una y otra vez hasta que te convenzas que sí vale la pena, que sí tiene sentido, que sí son posibles, que sí sobrevivirán.

Hay amores suicidas que hacen oídos sordos al mundo, que juzga de envidiosos y egoístas a aquellos incapaces de creer en “el amor”, que juzga de moralistas a aquellos incomprensivos que demeritan la valentía de los amantes.

Hay amores suicidas que se inmolan para sin saber de proezas o de cobardía, que se inmolan para hacerse eternos sin medir los daños colaterales ni saber de inocentes o culpables, de méritos o descréditos.

Hay amores suicidas que en el intento de creerse eternos cierran los ojos al mundo, avanzan abriendo paso entre medias verdades y mentiras completas, abriendo camino por sendas prohibidas, por atajos inciertos.

Hay amores suicidas que cuando encuentran paz provocan guerra para distraer y pasar inadvertidos por sus adversarios, aquellos que quizá no saben de amores, que quizá no saben de entrega. Esos amores, que detonan una bomba de humo para escabullirse mientras el mundo pregunta qué pasa, mientras los otros huyen sin saber de qué o de dónde viene en fuego amigo, esos amores suicidas…

Hay amores suicidas que al final, sí mueren, sí matan…