Loca e imperfecta

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Tantas veces he roto en llanto por la frustración de no poder hacer tal o cual cosa, decenas de veces he tomado una hoja para escribir y huir de la realidad inventando historias, infinidad de veces he cerrado los ojos queriendo encontrar respuestas imaginándome muy lejos de aquí, no puedo, lo lamento, pero no puedo…

Soy una mujer loca e imperfecta. Amo las locuras, amo creer una y otra vez en el amor y apostar a una nueva ilusión, amo las locuras que me quitan el sueño imaginándolo a mi lado, amo las locuras que me hacen esperar con ansia sus mensajes y sonreír como una loca con su voz.

Soy una mujer loca e imperfecta, porque me equivoco una y otra vez, porque la perfección me parece lejana de la felicidad, porque una vida perfecta me parece acartonada y carente de sentido. Soy imperfecta porque no sigo las reglas de un mundo que muchas veces me parece ajeno, porque el deber ser de la sociedad a veces me parece obsoleto y aburrido, deshumanizado y absurdo, porque esa perfección lleva hacia una vida fría y mi vida es cálida, es intensa e imperfecta.

Soy una mujer con un sinfín de historias, desde aquellas aleccionadoras, hasta aquellas grandes historias de amor, pero aún con muchas hojas en blanco para seguir escribiendo. Soy una mujer complicada a quien hace feliz lo simple, como lo escribí en otro relato, soy una mujer que disfruta del sexo de la manera más intensa y plena, pero eso no me hace una mujer fácil y frívola, porque para disfrutar con alguien, ese alguien antes de desnudar mi cuerpo, tuvo que haber desnudado mi alma.

Mi locura me hace apostarle a nuevas versiones de mí, a arrojarme a la conquista de aquel que acaricia mi mundo, que toca a la puerta en mi vida; mi imperfección, me hace creer posible cualquier historia de amor, dentro o fuera del guión del destino, escrita con letra de molde o letra script, escrita desde la imaginación o con caricias sobre la piel.

Por las noches, cuando los pensamientos se dedican a rumiar recuerdos del día, recorro uno a uno todos los juicios que durante el día me cuestionaron, recorro una a una las palabras de otros que dictan “lo que se debería hacer”, “lo que sería mejor” y que en mi mundo es complejo de seguir como receta de cocina, insisto, no por rebeldía, no por reto, sino porque soy loca e imperfecta.

Me aferro al amor, me aferro a las sonrisas sin sentido que inyectan ilusión en los días más difíciles, me aferro a creer que el amor no se equivoca y que aquello que se hace anteponiendo el amor, jamás será un error, sino una nueva aventura con un final incierto, un juego de azar que el destino pone para VIVIR… Me equivoco una, diez, cien veces; lloro, una diez, cien veces y en esas lágrimas intento ahogar las desesperanzas, las culpas y las tristezas para hacer germinar las esperanzas, el amor y la plenitud.

Soy imperfecta porque, aunque quiera, no puedo satisfacer los estándares de perfección del mundo en el que estoy, aquellos donde como un cuento de hadas, dibujan a un príncipe azul y un castillo de ensueño; porque aunque quiera, desde niña siempre he tenido un camino alterno, uno que me ha hecho salirme del guión en repetidas ocasiones. Soy imperfecta, porque sé que alguien más lo haría mejor que yo, con más técnica, con más conocimiento, con mejor modo, con más estilo, mejor que yo, pero esta es mi vida: loca e imperfecta.

 

 

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Un hombre Hombre


Benditas películas de princesas que a todas, aunque lo nieguen, a todas en algún momento de nuestras vidas nos hicieron pensar en ese príncipe Azul… y bueno, muchos de los actuales hombres están tan lejos de ser príncipes y aún más de ser Azules, y Azules en el contexto de lo que representa mi Momento Azul, mucho más.
Siempre que escribo, por supuesto que hay un Hombre en mi cabeza, en ese imaginario desde el que se construye la fantasía, pero el Hombre de estos relatos tiene una función sintáctica de adjetivo calificativo, no de sustantivo común; es decir, Hombre es una cualidad que no todos los seres humanos de género masculino tienen, un hombre Hombre es más que un macho, más que un semental, más que un burdo ejemplar cuya única fortaleza está en sus músculos (no en su intelecto) y de ésos, hay muchos, he de confesar graves tropiezos en mi vida con esa subespecie.

Un hombre Hombre, o sea, con valor agregado de adjetivo calificativo, es más que el príncipe que nos imaginábamos de niñas, con el que nuestras madres nos mentalizaron que habríamos de encontrar para convertirse en padre de nuestros hijos. Cuando escribo, pienso en el Hombre que se describe tácitamente en una frase que varias veces he leído por ahí:

“Una mujer será tan niña como la consientas, tan dama como la trates, tan inteligente como la retes, tan sensual como la provoques”

Justo ese Hombre que connota la frase es el que está presente en mis fantasías, en mis relatos:

“…tan niña como la consientas…” Ese Hombre sabe consentirme con mensajes casuales que en medio de lo rutinario del día me roben una sonrisa; con un detalle que dé evidencia de que me conoce, que conoce mis gustos y antojos; que recostados sobre la cama, “peleemos” por escoger la película y terminemos decidiéndolo en un “volado”. Nada más seductor que un Hombre divertido, que en la simpleza de una buena charla me haga reír.

“…tan dama como la trates…” Nada más halagador que ser tratada como una dama, que las palabras sean las correctas, que sepa que no todos los besos son iguales, no es el mismo beso el que a solas busca encender el deseo para una gran noche, que aquel beso que en medio de la escena cotidiana se puede dar en público. Ser tratada como una dama es la atención más sublime que un Hombre puede tener, ser tratada con cortesía, con atención y con interés es un trato natural que no representa, necesariamente, el pago obligatorio de las cuentas ni tener que abrir la puerta del auto como un recurso automático.

“…tan inteligente como la retes…” nada más atractivo que un Hombre inteligente, con el que puedas conversar, con el que sepas que encontrarás una charla con sentido, con el que puedas debatir y argumentar sabiendo que siempre habrá una discusión enriquecedora. Un Hombre culto y educado que lo mismo converse de trivialidades, como te problemas mundiales intentando resolverlos en una charla sobre la cama. Un Hombre que resulte admirable por lo que hace y dice, que resulte tan placentero platicar con él que hacer el amor (bueno, casi).

“…tan sensual como la provoques.” ¡Qué parte más divertida de la frase! Creo que la sensualidad es algo inherente a las mujeres, es como un chip instalado en la programación genética del género femenino y es tan delicioso que exista alguien capaz de activar ese chip. No cualquier hombre tiene la sensibilidad para provocar la sensualidad, para encender el deseo. Un Hombre Hombre, tendrá una frase certera, un roce casual, una mirada sutil que desnude, una mirada casual que provoque… La respuesta a la provocación de un Hombre estará en responder con sensualidad, que no necesariamente está en un escote pronunciado o un insinuación descarada, la sensualidad está en la mirada, en la manera de conversar, en la manera en la que una mujer juegue con mis manos y mi cabello, en el movimiento de mis labios al hablar, en lo que haga imaginar al rozar mi lengua los labios… en cualquier gesto que busque ser una sutil insinuación de lo que podría hacer en su piel.

En fin, me declaro fan de los Hombres Hombres, me encanta atender sus sutiles fantasías. Me considero una mujer plena, que disfruta la diversión ingenua con un buen hombre, que le gusta ser tratada como una dama, que se sabe inteligente y, de la sensualidad, lo dejo a su criterio… aunque debo aceptar que hay otra frase que sirve para cerrar este relato: “A los hombres de mentira les quedan grandes las mujeres de verdad”. Saludos…