Cosas malas

cosas malas

Lo reconozco, me encanta hacer cosas malas, de esas que asustan a las buenas conciencias, esas que pueden condenarme al fuego eterno, esas que se hacen sin que nadie se entere pero que cualquiera se imagina, esas que se saborean con todos los sentidos, que hacen eterno un instante, que permiten acariciar el cielo en medio del calor del infierno.

Mi locura e imperfección me permiten hacer cosas malas, cerrar los ojos al mundo moral del deber ser, huir a un delicioso mundo de locura, ese que se abre cuando un trago nos convoca y nuestros labios se encuentran, cuando nuestras miradas se reconocen y el deseo se enciende.

Que delicia, perdernos en ese beso, hacer inagotable la conversación de nuestras lenguas, hacer intensa la poesía que escribe con  las caricias de tus manos recorriendo mi cuerpo. Que rico es hacer eternos los minutos para que nuestros cuerpos desnudos se encuentren bajo las sábanas y hagan magia por una noche, acariciando las estrellas, jugando en el cielo.

Así, el destino nos ha dejado abierta la puerta de la fantasía, ha hecho coincidir nuestros tiempos y nos ha permitido jugar con las agendas públicas y disfrutar la agenda privada que programa nuestros encuentros, que nos regala una noche de vez en vez para pertenecernos, para hacer nuestra la realidad  como la más exquisita fantasía.

Esta noche por ejemplo, en ese abrazo de bienvenida, reconfortaste mis pensamientos buenos, los más nobles y pacíficos, al tiempo que despertaste el deseo de hacer cosas malas, de querer apresurar el tiempo para perderme en las sensaciones de tu boca devorando mi piel, encendiste el calor ardiente que consume mis entrañas mientras tu lengua recorre pausadamente mi cuello, mis hombros, mi pecho y mis senos, ese calor que me consume en el infierno condenada por los buenos juicios.

Y entonces me pregunto, ¿Cómo le hacen los buenos para sobrellevar la hostilidad de la vida sin hacer cosas malas? ¿Cómo le hacen los buenos para acatar el deber ser de la moralidad que describe algo tan bueno como malo?

Y así, esta noche, como siempre, disfrutamos entre tragos y risas el excitante camino a la cama. Brindamos por el presente y en ese primer trago comenzamos a desnudar los pensamientos. Nos abrazamos recostados sobre el sillón y conversábamos de esas trivialidades que nos unen, de esas historias que nos construyen. Acariciabas suave y delicadamente mi cuerpo, jugabas con tus manos sobre mi pecho, apretabas mi cintura y mis caderas, mordisqueabas mis orejas.

Silenciamos las palabras, dejamos que nuestras manos narraran los instintos. Simultáneamente fuimos desvistiendo nuestros cuerpos, cubriendo con besos la piel que quedaba al descubierto, sin pisa, con una sonrisa en el rostro que nos hacía cómplices de la travesura.

Mi estrategia fue certera, el camino fue correcto y la cadencia precisa. Conquisté tu piel, conseguí llegar a tu abdomen y avanzar hasta devorarte de a poco, retando tu cordura, incitando tu locura, procurando tu placer. Mi lengua te recorría lentamente, mis labios te abrazaban con delicadeza, la humedad de mi boca te inundaba y el calor de mi aliento te consumía.

Y, lo sé, estoy loca, me fascinan las cosas malas, sobre todo, esas que los buenos creen que son muy malas. Mi locura e imperfección prefieren  la condena que me imponen los  buenos, que la infelicidad de mis días. Tengo la certeza que la infelicidad nace en la moralidad del deber ser, la infelicidad es peor infierno en vida, que aquel en el que algunos me quisieran ver arder por mala.

Lo reconozco, hago cosas malas y las disfruto como si fueran buenas, quizá porque aquello que parece malo, es lo mejor, lo que el mundo necesita más: amar.

 

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Piénsame

PIENSAME

Piénsame con aquella sonrisa inocente de cuando nos conocimos, recuerda el brillo de mis ojos enmarcado por las pecas que el sol hacía resaltar aquellos días, imagina mi caminar cuando me observabas alejarme de ti, caminando sobre el pasto, perderme a la distancia, sonríe con mi recuerdo y cierra los ojos para evocar el olor de mi piel, el sabor de mis besos, lo cálido de mi aliento  sobre tu pecho.

Así será, sólo un recuerdo, solo aquella historia que el destino nos prestó para sabernos vivos, solo aquella aventura que con la que desafiamos al mundo y la realidad… Y la vida sigue, y seguirá como siempre, con los que están, con los que se quedan, con los que nos encontraremos más adelante en el camino, con los que serán recuerdo y nostalgia, con los que serán ilusión y esperanza.

Piénsame, no olvides aquel primer beso robado a la realidad, aquel primer trago compartido en nombre de la celebración casual, aquella caricia donde tus manos recorrieron por primera vez mi espalda. No olvides el color de mis ojos y ni el delineado de mis labios, la sensación de mis manos recorrerte, la humedad de mi lengua sobre tu piel, el tono sutil de mi voz en tu oído mientras hacíamos el amor. No me olvides.

Haz el recuento de aquellas charlas sin prisa compartiendo el día a día, rememora mi voz acelerada y ansiosa por decirte un sinfín de aventuras, guarda en tu memoria mi sonrisa mientras platicábamos. Recuerda mis hermosas piernas que atrapaban tus miradas y despertaban tu imaginación, mis hombros y mi cuello que desde lo simple te invitaban a la seducción.

Piénsame, piensa en aquella primera vez que hicimos el amor, aquella noche en la que tus brazos me cobijaron mientras tus pensamientos me desnudaban, aquella noche en el que el roce de nuestros cuerpos encendía el más ardiente deseo por pertenecernos, aquellas sensaciones de mis labios recorriéndote, de mis labios devorándote. No olvides la paz que se respiraba sobre aquella cama exhaustos después de consumirnos el placer.

Guárdame en la memoria del corazón, esa que es selectiva y exclusiva, ahí donde nadie jamás pueda vulnerar mi recuerdo, ahí donde ni el tiempo ni tus nuevas historias puedan borrarme. Guárdame en ese lugar en el que con sólo cerrar los ojos puedas verme, en ese lugar de donde pueda salir cuando una canción me llame, ahí donde alguna noche de soledad puedas encontrarme para acompañarte a la distancia, para decirme que aún me quieres…

Piensa en mí, en que quizá no era nuestro tiempo, no era nuestra historia, pero ten la certeza de que sí fue nuestro amor, que en cada beso y cada caricia saboreabas un pedacito de mi alma; que en el placer compartido en el sexo, hacíamos el amor, lo hacíamos con los ingredientes ideales para disfrutar no únicamente de las sensaciones físicas que de sobra se desbordaban en nuestros cuerpos, sino en la plenitud de una entrega total, de un placer genuino.

Piénsame, no me olvides. Mujeres mejor que yo, algunas; peores que yo, muchas; pero una mujer como yo, jamás encontrarás en tu vida. Una mujer que bese con la mirada, que haga el amor con la escritura, que sonría con el tono de voz, jamás…

No me olvides…

Inventamos el amor

Había que creer en el amor y entonces nos inventamos… jugamos una apuesta sabiendo de sobra que perderíamos. Jugaste, quizá no amar, sino a hacer valer tu hombría en una conquista que te diera vida, que te diera certeza de tus dotes de conquistador y de aquella virilidad tan necesaria en ciertas épocas de la vida; yo, jugaba a ser capaz de enamorarte no desde la seducción de ser Azul, sino de ser sólo ser yo…

Inventamos el amor con una apuesta arriesgada que retaba el destino. Nos inventamos como un castillo de arena fincado entre besos y caricias, como una historia que sabíamos por demás que estaba a expensas de un viento, ni siquiera fuerte, un viento que soplara tenue cerca de nuestra frágil construcción. Inventamos besos que nos sabían a amor, inventamos caricias que dibujaban pasión, hicimos el amor como si nos amáramos…

Nos escribimos haciéndonos cómplices de aquellas sonrisas inexplicables, nos hablábamos gritándonos en secreto que nos queríamos, nos encontrábamos cuando el destino nos lo permitía, y entonces, hacíamos el amor deteniendo el tiempo, pensando que sería suficiente… recorrimos con destreza nuestros cuerpos, dejamos besos impregnados en la piel por una noche, nos miramos buscando esperanzas para esta historia y dejamos aquella ilusión clavada en nuestros ojos por instantes.

Jugamos, cada quién su juego, tal vez no el mismo…jugábamos mientras era el destino quien se divertía con esta historia, mientras eran los otros, los ajenos a este sentir quienes con opiniones y apuestas, alentaban una historia por demás fallida. Jugué, no contigo, conmigo. Jugué a ser quien no soy ni podré ser jamás… por momentos fui rehén de ese mundo de fantasía que me hacía imaginarme tuya, ese mundo de fantasía que por instantes me hacía comprar la versión de los amores verdaderos; por momentos fui la escritora que perdió de vista las historias en papel y creyó que sucedían en la realidad.

Inventamos el amor, lo inventamos porque necesitábamos creer en algo que diera esperanzas a aquel beso robado a media luz, porque queríamos creer que el latir de los corazones cuando estábamos cerca era más que sólo un signo de vida, que era un signo de vivir… Inventamos una historia imposible para medir nuestras fuerzas, nuestras convicciones y nuestros miedos.

Inventamos el amor, hasta que la realidad nos alcanzó, hasta que en un respiro profundo abrí los ojos para despertar de la fantasía, hasta que observé detenidamente mi mundo y el tuyo, hasta que una noche de insomnio me cuestionó incansablemente, hasta que las lágrimas no alcanzaron para darle sentido a una invención por demás fallida… hasta que retomé el lápiz y papel (mi computadora y mis notas) para regresar al refugio de la escritura, para volver a ser la escritora de historias de fantasía y no una protagonista inventada fuera de la realidad.

Y cada te quiero, fue real; y cada beso, fue real; y hacerte el amor, fue real; y soñar contigo, fue real; pero lo real no siempre cabe en la realidad. Lo real no alcanza para inventar una realidad diferente a la que es; y el amor es, no se inventa, el amor es y para que sea tiene que caber en la realidad…

Búscame en la fantasía, recuérdame con amor, invéntame real… Hasta pronto… hasta entonces…

Nuestro tiempo…

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Nos hacía falta un tiempo para nosotros, un tiempo para reinventar el amor tomados de la mano, un tiempo para detener el mundo y vivir nuestra historia. Necesitábamos dejar en pausa a los otros para disfrutarnos. Era una tarde nublada, oscura y con amenaza de lluvia. Pasé por ti y tenía tanto qué platicarte que decidimos hacer una escala en un parque cercano a tu trabajo para conversar mientras disfrutábamos un helado. Sí, justo así, como novios juveniles ignorando nuestra veteranía.

Platicamos más de una hora, bueno, desahogué en un monólogo todo lo que daba vueltas en mi cabeza, te platiqué una y otra vez ese recurrente tema que vulnera mi paz y me ancla a un pasado absurdo, a un pasado estigmatizado como erróneo. Lloré, secaste mis lágrimas con tus besos, escuchaste atentamente mis sinsentidos y diste palabras que intentaban reconfortar mi corazón frágil de esos momentos.

Nos abrazamos por varios minutos, era deliciosa esa cercanía, la tibieza de nuestros cuerpos contra el viento frío y las primeras gotas de lluvia que caían sobre nosotros. Tomados de la mano, caminamos al auto para continuar con nuestro plan esa tarde. Buscamos la sede más cercana para disfrutar de nuestro amor furtivo en donde saborearíamos aquella botella de vino tinto que habíamos reservado tiempo atrás par un día como este.

Nos merecíamos una tarde así, esas copas de vino compartidas, aquellos besos interminables, la paz de disfrutarnos recostados sobre la cama, el silencio que de momentos parecía arrullarnos para dormir unos minutos. Era delicioso estar entre tus brazos mientras escuchábamos el playlist que creé para la esa tarde, un poco de nostalgia, un poco de jazz para la seducción, un poco de historias en la letra de algunas canciones.
Descansamos, disfrutamos esa tranquilidad… Luego, cuando el sueño profundo estaba a punto de vencerte, comencé a besar tus labios, a hablarte al oído y a desabotonar tu camisa. Tu discreta sonrisa me hizo dudar si estabas poniendo resistencia o accedías a mi intento de seducción, asumí lo segundo y continué.

Desabotoné tu camisa y me deshice de ella para dejar tu espalda y torso desnudo. Te recosté boca abajo y con un aceite con un aroma dulce, comencé a recorrer con las yemas de mis dedos tu espalda, era una sensación excitante la que describían los trazos de mis dedos sobre tu piel. De momentos, me acercaba para que sintieras mis labios y la tibieza de mi aliento. Te hablaba al oído mordisqueando tu oreja.
Recorrí tu espalda, tus hombros, tus brazos, tus manos con un poco de aceite que dejaba impregnado sobre tu piel un aroma estimulante, una sensación deliciosa. En algún momento, volteaste para quedar boca arriba, me acerqué a tus labios para besarte. ¡Qué beso! de esos que decían todo, todo lo que pensábamos, todo lo que sentíamos, todo lo que ansiábamos, todo lo que deseábamos.

Continúe con mi aceite, con mis manos, con mis labios… con sutileza y discreción, desabotoné tu pantalón, lo suficiente para poder bajarlo solo un poco, para continuar con mi recorrido por tu abdomen, por tu cintura, avanzando muy despacio hacia tus ingles. En instantes tu pantalón desapareció, así que continué mi recorrido por tus muslos, bajé lentamente mientras disfrutabas la sensación de mis manos aceitosas contra tu piel, masajeaba suavemente, retando tu cordura. Resistías y disfrutabas mi recorrido, estabas al borde de la locura, extasiado y ansioso de besarme, de sentirme…

Besé cada centímetro de tu piel, te recorrí con las yemas de mis dedos deslizándose seductoramente con la sensación del aceite impregnado en tu piel. Vestida, con mi atuendo completo, únicamente sin zapatos, te tuve desnudo y dispuesto para mí. Te hice disfrutar con el roce de mis manos, con la humedad de mi lengua, con el hambre de mis labios, con la dulzura de mis palabras.

Te disfruté en cada sensación y después, te cedí la estafeta para que continuaras haciendo inolvidable nuestra tarde…

Disfruta el juego

disfruta el juego

En un relato anterior había escrito que podía enamorarte pero no lo hacía porque no sabrías qué hacer con los demonios del amor que viven en una mujer como yo, hoy, rectifico: podría enamorarte pero los hombres como tú no se enamoran, únicamente juegan. También en otro relato te invité a hablarnos con la verdad, a ser franco para decirme si esto era un juego para asignarte turno, o si era en serio para dejar en espera a aquellos que tenían un turno previo al tuyo.

Disfruta el juego, baja la apuesta. Amar es algo pretencioso que no cualquiera se atreve a vivir, amar es construir historias cimentadas en verdades, amar es un riesgo con una apuesta a ganar, un riesgo que da vida. Aquí no hay amor, hay deseo y pasión, hay amistad y confianza, pero no amor. El deseo te permite imaginarme como una mujer atractiva capaz de cumplir tus fantasías para como parte de una aventura ocasional, cuando la vida y el destino nos dejen. El amor nos permite escribir historias en presencia y a la distancia, ser una historia real, no una aventura de fantasía…

Juega, juega mientras el destino te dé una partida de cartas que puedas usar, mientras el destino se deje retar y te permita salirte del guión y hacer una subasta de “tequieros”, juega a ganar hombría, a ganar nuevas experiencias para compartir entre amigos, juega a saciar tu ego masculino dándome placer una y otra vez. Juega, disfruta el juego que hoy te permite marcar las condiciones de esta apuesta, juégate tu resto con la certeza de que ganarás, de que duplicarás tu apuesta de ego.

Juega, pero no creas que soy yo el juguete, soy parte del juego. Otros, antes de ti, han propuesto el mismo juego, y aunque en su momento fue muy doloroso, hoy sé cómo se juega. He aprendido a bajar mi apuesta, he aprendido que por más segura que esté de mis encantos, estos no son siempre garantía de conquista, que por más que mi ego me haga sentir una mujer atractiva y seductora, a veces no alcanza para el amor, sino únicamente para saciar el deseo.

Juguemos, saborea mis besos, siente cómo mis labios te devoran y mi lengua te acaricia hasta colmarte de placer; siente mis manos acariciar tu cabello mientras mi boca te habla al odio; disfruta mi respiración agitada mientras besas mi cuello, muerdes mis hombros y acaricias mi pecho; recorre con tus manos mi cadera y mis piernas, llénate de mí y siente mi cuerpo arder en deseo. Juega a trazar aventuras de fantasía sobre mi vientre, a beber de mí el sabor del deseo, a recorre una y otra vez mi cuerpo desnudo apropiándote de él.

Hagamos el amor tantas veces como las casualidades nos lo permitan, aprovechemos los minutos como si fueran horas, las horas como si fueran noches y las noches como si fuera una vida. Déjame hacerte disfrutar de una y mil maneras, déjame sentirte, saborearte, recorrerte, reconocerte, inventarte y dejar el olor de mi piel en tu cuerpo. Hagamos realidad aquellas fantasías que han quedado en el tintero, besémonos con esos besos eternos en los que tragamos las palabras que sobran en esta historia. Acariciémonos con las ansias de pertenecernos, de sentir cómo tiemblan nuestros cuerpos y cómo se enciende el deseo.

No me hables de amor, no me digas siquiera que me quieres, mucho menos si me extrañas. No me supongas ingenua ni sumisa, mucho menos una mujer fácil y ordinaria. Conozco a hombres como tú, esos que viven de conquista en conquista. Mejor, juega y disfruta.

Acepto el juego (con tristeza), acepta el juego. Quizá no haya mañana. Juega, diviértete, disfruta… porque quizá otro día que me leas, ya no te reconozcas en mis relatos, quizá otro día que me leas sepas  que ya no es a ti a quien le escribo…

 

Aquella manera de amar

aquella forma de amar

No sabes cuánto te extraño, cuántas veces cierro los ojos sólo para verte en mi memoria, con la misma pregunta de siempre ¿aún piensas en mí? ¿Aún sigue vigente La Promesa?  A veces en medio de mi mundo, ese que a veces invento y otras sí existe, te pienso como el recuerdo que me llena, que me abraza el alma, que me da esperanza, que me recuerda la fuerza y poderío que sólo contigo he sentido, que revive aunque sea efímeramente a aquella Azul segura de sí, encantadora, no para el mundo, sino para ella…

Cierro los ojos buscando el tono de tu voz, pidiéndole a mi piel recuerde el roce de tus manos sobre mi espalda, suplicando a los recuerdos evoquen el sabor de tus besos, rogando al mundo se detenga y me deje contemplar por unos minutos aquella imagen que tan nítidamente recrea mi mente, esa imagen de NOSOTROS, de un nosotros que me hacía tan tuya y al mismo tiempo tan dueña de mi vida…

Entonces no había subasta de “tequieros”, no había remate de caricias y besos para ser… Entonces éramos lo que el mundo no veía, no éramos una historia de fantasía, éramos la más ardiente y deliciosa realidad que jamás haya vivido… Entonces, busco recurrentemente tu recuerdo, tu olor, la textura de tus manos, la fuerza de tu voz, y sobre todo, tu mirada, aquella en donde me perdía cuando encontraba mis ojos reflejados en los tuyos…

Hace unos días, por casualidades de la vida, visité aquel parque que fue tan nuestro por tantos años, aquel lugar que en el que los enormes eucaliptos fueron testigos de nuestros besos y promesas.  Ese lugar con el olor a tierra mojada, con el olor de aquellos eucaliptos que tantas veces nos cobijaron con su sombra mientras recostados en el pasto tratábamos de descifrar el mundo y arreglarlo a nuestra manera, ese lugar donde leímos a Benedetti, Ibargüengoitia, Neruda, Sabines.

Recordé las caminatas (y carreras), esas de pláticas inagotables, esas que nos permitían hacer eterno el tiempo, que nos daban pretextos para un baño tibio después del ejercicio, para hacer el amor de manera sublime. El reto de aguantar los 10 kilómetros de recorrido era motivado por la más excelsa recompensa, esa que iniciaba una vez alcanzado el reto, al llegar a tu auto, con aquel beso arrebatado que ponía a temblar nuestros cuerpos, que nos hacía transpirar quizá más que el esfuerzo de la distancia recorrida.

Subíamos al auto y el trayecto para llegar a nuestro destino parecía eterno. Al llegar, en un beso tierno, nos deshacíamos de la ropa para tomar un baño tibio que nos reconfortara del calor y cansancio de nuestro extenuante ejercicio. Con la piel húmeda, casi escurriendo, nos recostábamos sobre la cama, jugábamos con las gotas de agua sobre nuestra piel, me dejabas beberlas lentamente, en un delicioso recorrido que reconfortaba nuestros cuerpos.

Besaba tus labios, iniciando el recorrido con un “Te Amo” que provenía de mi alma, tu sonrisa me autorizaba comenzar mi camino, así que besaba tus párpados para cerrar tus ojos y te concentraras en cada una de las sensaciones que despertaba. Besaba tus mejillas, avanzaba a tus orejas, mordiendo muy suavemente, bajaba por tu cuello, rozándolo apenas con la punta de mi lengua, besándote.

Era deliciosa esa humedad que hacía que nuestros cuerpos parecieran adherirse. Así, seguía recogiendo con mis labios una a una las gotas que aún quedaban sobre tu piel. De momentos jugando con la yema de mi dedo índice para extender el agua sobre tu piel, para luego perseguirla con mis labios. ¡Qué delicia! No sé cuánto tiempo pasábamos así, pero sé con certeza cuánto disfrutaba tenerte así para mí, dejándome saborearte, dejándome aprender y reaprender el sabor de tu piel, tu olor…

El tiempo se detenía entonces y nuestros sentidos se apropiaban de la escena, perdiéndome en tu mirada, saboreando tus besos, escuchando tu voz, embriagándome de tu olor, disfrutando nuestros cuerpos arder en placer… Hacíamos el amor como la más deliciosa recompensa para aquellas tardes, hacíamos el amor como sólo el amor dicta: sin prisa, con pausa, con deseo, con ternura, con pasión, con hambre insaciable de más…

Te extraño, pero extraño más a aquella Azul, aquella manera de amar donde verdaderamente me entregaba al amor…

 

 

¿Qué hacer con una mujer muy Azul?

…mi intensidad y pasión es algo que relato tras relato queda en evidencia. Noche tras noche, cuando escribo, me pregunto si será tan difícil saber qué hacer con una mujer como yo, una mujer muy Azul, y llego a la conclusión de que sí, sí debe ser una complejidad, por eso hoy, sencillas recomendaciones para aquellos que quieran saber ¿Qué hacer con una Mujer Muy Azul?

  1. No me mientas, bajo ninguna circunstancia acepto las mentiras. En el primer relato que escribí (¿Quién soy?) describí que la vida, entre lágrimas y risas, me ha enseñado a negociar los sueños e ilusiones con la realidad. Mi apuesta siempre será al amor, a ese amor que supone entrega auténtica, entregar un pedacito de alma en una sonrisa, entregar mi esencia en una caricia toque el corazón, entregar el sabor de mi mundo en un beso… pero también he aprendido a negociar ese sueño con la realidad, a veces no me alcanzan los encantos para esa historia de ensueño. No me mientas, no disfraces de “tequieros” el deseo de poseer mi cuerpo por una noche.
  2. Sé muy hombre. En un relato escribí acerca de esto (Un hombre HOMBRE). Un hombre para mí pertenece a la categoría gramatical de adjetivo, no de sustantivo y por tanto, indica una cualidad. Un hombre sabe tratar a una mujer, entiende la delicadeza de una caricia que despierte en ella el más intempestivo deseo por hacer el amor; entiende cuando no se necesita una noche de sexo agotador, sino de unos brazos tibios que reconforten el día y den oídos atentos a mis sinsentidos. Detesto a los machos, los aborrezco y, desafortunadamente, los conozco, tristemente más de lo que quisiera.
  3. Entiende que soy más que una mujer atractiva y seductora. Sé mis encantos, sé hacer uso de ellos, disfruto del erotismo y la sensualidad como de la vida misma, pero soy más que solo un cuerpo ardiente en busca de historias. En otro relato escribí para aquellos que suponen sería capaz de enloquecerlos entre besos y caricias, que hay ocasiones en las que subastaría los besos y las caricias de mis historias por ese amor que me haga entregarme sin preguntas ni respuestas. Soy más de lo que ves, mucho más.
  4. Atrévete a conquistarme. No necesito mariachis a la puerta ni una joya ostentosa. Conquístame, descifra el lenguaje de mis manos jugando con mi cabello, reconoce el mensaje tácito de mis relatos, róbame del mundo y hazme tuya. Atrévete a despertar los demonios del amor, esos que me hacen devorarte a besos en una noche de pasión y reconquistarte día a día con sencillez de un beso que apenas toque tus labios. Atrévete a despertar mis demonios, porque te prometen el cielo.
  5. Hazme el amor como nadie. Escribe conmigo una nueva historia, sin fantasmas, sin sombras. Bésame los labios haciendo que la sensación apague los pensamientos que evocan recuerdos, haz ese beso infinito en su recorrido. Desnúdame diciéndome que te gusto, devorándome con la mirada, reconociendo el cuerpo que has imaginado tuyo. Acaríciame acompañando ese beso infinito, recorre con las yemas de tus dedos mis labios, mi cuello, mis hombros, mi pecho, toma mi cintura y abrázame a ti. Déjame sentirte lentamente, déjame hacer eterna la sensación de pertenecernos…

Una mujer muy Azul no es cosa fácil, una mujer Azul sueña con el amor, se rinde al placer que inicia un beso o una caricia, teme la soledad. Una mujer muy Azul disfruta la sensualidad y la seducción pero eso no la hace ser una mujer fácil. Una mujer muy Azul es la tentación de muchos pero el atrevimiento de pocos…