Imperdonable

imperdonable

A veces la realidad me desnuda, a veces el tiempo y espacio me ubican en una escena sin imaginación, sin fantasía, sin margen de maniobra para inventar una historia seductora… A veces las esperanzas se tiñen de la más frustrante realidad, esa que me hace presa de mis errores, esa que me regresa al origen de la más profunda rabia que habita entre mis vísceras y que semana a semana emerge a flor de piel solo para gritarme cuán grande fue mi error.

Esa rabia que estremece mis pensamientos, que enciende mi pasado, que vulnera mi presente y que dibuja caótico mi futuro. Es una rabia que convierte mis ojos en agua y mis palabras en la hiel más amarga que debo tragar en nombre de la cordura, en nombre del dolor más profundo de saberme derrotada, de saberme perdedora y perdida en una realidad más fuerte que yo.

Entonces esos errores me hacen rehén de un mundo oscuro, fúnebre, desolado e invisible para los otros, es un mundo de hastío, de acoso, de hostigamiento, de burla al que jamás podré acostumbrarme, ante el que seguiré llorando de rabia e impotencia aún con las miradas cómplices de otros que ciegos y mudos me diagnostican loca. Así, he dado gritos de auxilio, que luego callo ahogada en lágrimas al saberme sola.

Es un pasado que me persigue, que encuentro en el espejo en los peores días, que encuentro en el insomnio en las peores noches. Un pasado que sonríe recordándome la magnitud de mis errores, que sonríe y se burla diciéndome lo perdida que estuve, lo poca cosa que fui, lo equivocadas que fueron mis acciones de aquel entonces y lo perdida que estoy día a día intentando salir del fango en el que e encuentro atrapada.

Y no puedo perdonarme, no puedo. No puedo perdonarme, no podré perdonarme jamás… y el espejo lo sabe, el viento lo sabe, mi mundo lo sabe.  Entonces el espejo se ríe frente a mí, el viento lo susurra en mi oído cuando camino en nuevos rumbos buscando un poco de paz, la gente que habita en mi mundo compasiva intenta corregir uno a uno los desaciertos que cometo y seguiré cometiendo.

Y todo se confunde, porque no sé si es soberbia o amor propio lo que me impide aceptar esta realidad, soberbia que evoca a la mujer de entonces, atractiva, inteligente, atlética, llena de ambiciones y sueños, que le grita a la mujer rendida y vulnerable de ahora  que de nada le sirvió su belleza e inteligencia para una historia con un hombre de verdad…  No sé si es amor propio que día a día suplica al cielo la fuerza para vivir un día a la vez, amor que intenta apagar la rabia que se apodera de mis razones para no convertirme en asesina.

Y no sé cuántos años habrán de pasar antes de que este error deje de torturarme, no sé cuánto más resistan mis vísceras envueltas en rabia… y al final la vida seguirá, quizá sin mí, seguirá en esta cotidiana realidad en la que todo indica que lo imperdonable de mi error,  hace que sea yo quien sobra en esta historia… y la vida seguirá ahogando con lágrimas aquello que el diagnóstico certero de mi mundo, dirá que solo es producto de mi locura.

 

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A ojos cerrados

Sin duda el placer del sexo con amor es el mejor paliativo para abstraerse del mundo cotidiano, caótico y absorbente. Tener tiempo de dejarse consentir, buscarse tiempo para disfrutar el amor es siempre un aliciente que relaja el cuerpo y la mente para lidiar con el día a día. Así, justo así respondiendo a tu llamada, sin un plan preciso en mente, con un mundo de cosas por comentar, con deseo expreso de disfrutarnos.

Llegaste por mí, aún sin destino claro, comenzamos a desahogar en el auto el sinfín de historias acumuladas, pasamos por víveres que nos duraran la noche y de manera tácita los dos acordamos un plan perfecto para nuestra noche. Regresamos al auto con una botella de vino, botanas y muchas, muchas ganas de hacer eternas las horas que estaríamos juntos.

Llegamos, nos besamos en el auto, enfatizando aquel plan sobreentendido que habíamos acordado minutos antes. Entramos a la habitación, nos abrazamos por varios minutos, en silencio, a media luz, sólo abrazados, sintiendo nuestros cuerpos vibrar, comunicándose todo aquello que pasaba por nuestros pensamientos, jugaste un poco con mi cabello para dejar al descubierto mi cuello y besarlo sutilmente.

Abriste la botella de vino, serviste para los dos, bebimos un trago para brindar por la ocasión y dejamos las copas sobre la mesa. Nos quitamos los zapatos y nos sentamos en el sillón. Con un beso iniciamos la conversación de nuestros instintos, ese beso decía sin palabras lo delicioso que era estar ahí, con una larga noche por delante, con nuestra experiencia y mundo dispuestos una vez más para la ocasión.

Me recosté sobre tus piernas, comenzaste a acariciar mi cabeza, a jugar con mi cabello, cerré los ojos concentrándome en esa delicada sensación que equilibraba el deseo y la pasión, con la paz y la serenidad de una caricia que nos conectaba. Comenzaste a hablarme de tu mundo, del trabajo, de la vida, esa charla que no importa si es por teléfono, en el auto o desnudos sobre la cama después del amor, pero es esa charla que nos conecta siempre.

Te escuchaba atenta, continuaba con los ojos cerrados, te respondía y conversábamos. Tomaste tu copa de vino y bebiste otro trago, humedeciste la yema de tu dedo índice con un poco de vino y recorriste mis labios, una sonrisa espontanea te agradeció esa deliciosa sensación. Jugué con mi lengua y el vino en mis labios y en el juego dejaste caer un par de gotas más en la comisura de mi boca, besé tu dedo, mi lengua sedienta recorría tu mano en busca de más vino, en busca de un beso…

No quería abrir los ojos, en verdad era una sensación deliciosa, ahí, recostada sobre tus piernas, concentrada en tu monólogo, en tus manos: tu voz desahogando un sinfín de temas pendientes, una de tus manos jugando con mi cabello y otra, muy inquieta, dibujando sobre mi ropa aquellos trazos que conectaban todas las sensaciones de deseo que recorrían mi cuerpo.

Dejabas que mi lengua humedeciera las yemas de tus dedos, dejabas que, desde mis pensamientos, esos que sabes leer por demás, comenzara a seducirte, a proponerte el recorrido de tus manos, a sugerirte que la ropa fuera menos y las caricias más… así, aún estuvimos varios minutos sobre el sillón, yo a ojos cerrados, disfrutando esa conexión de nuestros pensamientos, de nuestros deseos, haciendo que la sensación paz y deseo que habitaban a en mí, pelearan a duelo para hacer prevalecer a quien venciera.

Quería seguir ahí, recostada, sintiendo tus dedos entre mi cabello, a ojos cerrados, deteniendo el tiempo, haciendo el amor en la conversación, en la compañía, en el sabor a vino de las yemas de tus dedos, en el silencio que de momentos decía todo, en aquellos besos inocentes con los que pausabas tu conversación.

El deseo y la pasión vencieron en el duelo, dejando la paz momentáneamente fuera de combate, nos besamos y en ese beso poco a poco la ropa quedó tirada dejando huella de nuestro camino hacia la cama. Hicimos el amor en el sexo tantas veces como nos duró la noche, acariciamos el cielo en las sensaciones más plenas, contamos estrellas con una sonrisa dibujada en nuestro rostro, una sonrisa de esas que dicen más que mil palabras…

Luego, la paz regresó y a ojos cerrados soñamos juntos, dormimos abrazados desnudos bajo las sábanas, soñando que el mundo que esa noche construimos, era real… pero no, otro mundo nos aguardaba afuera… y era tiempo de volver a él…

Te quiero…

Si me mata


Quien me conoce sabe que estoy lejos de ser una feminista a ultranza, de ésas que algunos tienden a llamar despectivamente “feminazi”. Soy una mujer adulta, plena y con instantes de felicidad que alcanzan para sobrevivir en esta inhóspita realidad. Bendigo la existencia de los Hombres hombres – que en otro relato describí – agradezco su existencia y todo lo que en complicidad con un hombre se puede disfrutar.

Pese a lo que muchos quisieran creer, no soy una mujer con un largo historial de amores, de hecho, con los dedos de una mano se contarían, entre ellos sólo a uno recuerdo como mi más grande amor, como el único hombre por el que me he sentido verdaderamente amada. Recientemente un lamentable suceso (el asesinato de una mujer en Ciudad Universitaria UNAM) generó un sinfín de protestas que dieron origen al hashtag #SiMeMata con frases con las que las mujeres referían sentirse en riesgo, y es que es tan cierto el acoso, es tan dolorosa la realidad social, que hasta las propias mujeres  alentamos.

Indudablemente, con vergüenza y dolor, reconozco que esta historia de la joven asesinada y las referencias que de esto se han hecho en redes sociales, me generaron una gran empatía. De hecho afirmo con total certeza que #SiMeMata una de las razones que lo justificarán será este blog MomentoAzul.com y el mundo que le ha dado la razón, al menos el mundo en el que me desenvuelvo cotidianamente, aquéllos que en más de una ocasión me ha dicho: “deja de provocarlo al escribir tantas estupideces”, por eso sé que ese mismo mundo avalaría mi muerte provocada por escribir, por expresar locuras y pensamientos.

Pareciera que sólo quienes hemos vivido el acoso podemos entender cómo una persona puede trastornar su vida al grado de sentirse culpable por vivir, por hacer lo que le gusta, lo que disfruta. vivimos en una sociedad egoísta, de una doble moral, donde aquel que hace algo diferente a lo convencional está mal. ¿Qué hay de malo en escribir? ¿En inventar un personaje (Azul) que recree relatos de fantasía? ¿Qué hay de malo es vivir historias a través de la escritura?

#SiMeMata será mi culpa, lo sé! Si me mata será porque estoy loca y he querido aferrarme a creer que merezco una historia de amor con un Hombre Hombre, porque ilusamente he creído que después de largas jornadas de trabajo puedo compartir un par de cervezas y una buena charla con un amigo, un hombre, con alguien; será porque yo decidí eliminarlo de mi vida por saber que no es alguien que me haga ser mejor persona.

Insisto, no soy una feminista empedernida que no acepta la existencia del hombre como un ser que complemente su existencia. Soy una mujer que ha vivido y sufrido el acoso, al grado de morir de angustia, al grado de sentir miedo de salir de casa, al grado de vivir bajo una paranoia que me hace recurrentemente infeliz. Un acoso enfermo que ha vulnerado una y otra vez mi paz, que me hace romper en llanto de coraje cuando pienso que si escribo tal o cual cosa, que si publico tal o cual cosa, que si salgo con tal o cual persona, que si hago tal o cual cosa: será mi culpa #SiMeMata.

Es una bajeza el acoso callejero, ése que no importa si vas de pants o vestido, maquillada o con la cara limpia, con tu hijo tomado de la mano o con una amiga riendo, ese acoso que a cualquier intento de hombre le da valor para soltar una frase soez que agrede en el tono y la intención, ese acoso que en una mirada desnuda de la forma más humillante, ese acoso que en lo cotidiano le da derecho a algunos hombres de ser vulgares en sus expresiones.

Nadie debiera vivir con miedo, ninguna mujer debiera sentir miedo de ser vulnerada por un hombre y mucho menos, que otras mujeres avalaran lo que el hombre abusivamente haga. Un hombre es tan hombre como el amor que pueda despertar; un hombre es tan hombre como protección y paz pueda dar ; un hombre es tan hombre como seguridad y confianza pueda inspirar; por ello, el término “poco hombre” es bien empleado para aquéllos que con intimidación y acoso se hacen presentes en la vida de una mujer.

Hoy, como Azul, como mujer, como ser humano, escribo con lágrimas de impotencia ante una realidad que no puedo cambiar, una realidad que en lo cotidiano y en lo fantasioso de este blog me lastima, lloro de tristeza ante una realidad que me duele en lo profundo del corazón porque socialmente tengo que aceptar que #SiMeMata será porque soy yo, porque seguiré escribiendo y luchando por encontrar mi felicidad a pesar de todo.

#SiMeMata mi mundo habrá tenido la razón… yo lo provoqué!