La verdad


 

Solo una certeza, esa que me haga sentirte mío cuando hacemos el amor, esa que me haga tuya en el beso que enciende el deseo y la necesidad de pertenecernos. Hagamos el amor amándonos, como si nuestra historia fuera real, como si el destino fuera nuestro aliado y no nuestro enemigo.
Ven, recuéstate aquí a mi lado, destapemos una botella de vino tinto, sirvamos dos copas y brindemos por nosotros, porque la casualidad nos dejó encontrarnos, porque la osadía nos hizo atrevernos. Ven, déjame hablarte al oído, decirte que te quiero, déjame seducirte con mi voz que acompaña a las caricias que las yemas de mis dedos hacen en tus labios.
Ven, siente cómo mi mano desabotona tu camisa para recorrer lentamente tu torso desnudo, al mismo tiempo que te cuento sinsentidos al oído, mientras mis piernas rozan contra las tuyas deseando que la ropa se esfume. Siente mi lengua recorrer tu oreja, mis manos jugar en tu cabello, mi voz invocar al deseo, mis besos llevarte a la escena que hemos imaginado.
Déjame besarte lentamente, así, recostado boca arriba, besar tus labios, tu cuello, mordisquear tus hombros y saborear un par de gotas de vino sobre tu pecho. Déjame seducirte despacio, haciéndote disfrutar cada instante, siente el roce de mis labios, de mi lengua, de mi cuerpo contra el tuyo.
Ven…
Imagina mis manos ansiosas deshacerse de tu camisa, desabotonar tu pantalón mientras tus manos hábiles me quitan la blusa. Obsérvame, observa mis manos jugar con mi cabello mientras mi espalda recta te hace apreciar mi cuerpo, te hace imaginar ese recorrido que tu lengua hará desde mis labios hasta mi vientre.
Deshagámonos de la ropa, dejemos de lado la ropa, las sábanas y las copas de vino. Bebamos aquel último trago que queda en la copa y dejemos que el sabor del vino se confunda con el sabor de tu piel mientras mis labios hambrientos te recorren. Deja que mi lengua sedienta te recorra con prisa y con pausas.
La ropa ya no es impedimento para sentirnos, tus manos recorren mi espalda desnuda, mis caderas, llevándome hacia ti. El disfrute es inminente, nuestros cuerpos responden de inmediato al mundo de sensaciones que los besos y caricias despiertan. El tiempo es malicioso, parece por instantes detenerse y luego se nos va como agua entre las manos.
Déjame regresar a tus labios y desde ahí en un beso apasionado buscar que nuestros cuerpos se entiendan, que se encuentren… Siente lo tibio de mi saliva y lo ardiente de mis labios que en ese beso te piden ser uno, que en ese beso describen la súplica más sutil de hacer intensa la sensación que recorre cada parte de mi cuerpo.
Siente que mi cuerpo ardiente te consume, que mi boca devora tus labios, que mi piel te comparte su calor, siente que el encuentro de nuestros cuerpos es ideal, que se entienden y se comunican a la perfección, que se reconocen en las sensaciones y que se procuran para el placer compartido.
Ven… hagamos el amor. Ven y dime que me quieres, que me quieres y que esto es cosa seria, que es más que deseo que este relato te provoca. Ven y dime que te gusta mi sonrisa y que no te asusta mi locura. Ven y dime que solo escriba para ti…
Ven… háblame con la verdad, si me quieres dímelo y hagamos el amor… Dime la verdad y si esto es un juego, ven y yo te enseño a jugar, pero avísame, para asignarte un turno porque hay otros que llegaron antes de ti y quieren que les enseñe a jugar…

 

 

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Te quiero…

Tan cierto es aquello que los amores verdaderos sobreviven al tiempo únicamente convirtiéndose en platónicos, que hoy eso eres para mí. Tan cierto es aquello de que parece que el amor, al menos el amor como el nuestro, existe únicamente en los libros y la poesía, que leo y escribo para amarte… Tan cierto es, que cuando te digo que te quiero, significa que quiero despertar contigo y ver la sonrisa de la luna creciente que nos saluda antes del amanecer cuando aún estamos recostados.

Te quiero como para que entiendas lo que pasa por mi mente cuando nuestras miradas en silencio se encuentren y que en un abrazo reconfortes aquello que solo tú entenderías. Te quiero como para que peleemos por la política y nos reconciliemos con la poesía, te quiero como para que recostados en el pasto al anochecer veamos las estrellas y busquemos a nuestros ángeles en el cielo y les compartamos lo delicioso que es detener el tiempo cuando nos tomamos de la mano.

Te quiero como para que al final del día me digas qué fue lo mejor o peor de tu jornada y en una noche cualquiera, juguemos a reconquistarnos compartiendo una botella de vino, viendo fotos del pasado, riendo y secando lágrimas de melancolía, hasta que sin saber cómo nuestra cama nos llame y terminemos haciendo el amor con la misma pasión que la primera vez.

Te quiero como para que avales mis locuras con una sonrisa compasiva, como para que seas cómplice de aquello que el mundo (mi mundo) considera impropio o arriesgado. Te quiero como para que tomados de la mano caminemos juntos sobre hojas secas en otoño o viendo el reverdecer de los árboles en primavera.

Te quiero porque necesito imaginar que quizá en otra vida, la historia será diferente, que tal vez un día nos reconoceremos en otras condiciones y nuestras almas se abrazarán. Entonces, el amor que solo en la mirada se expresa, se comunicará y la historia será diferente. Nos abrazaremos tan fuerte que nadie ni nada podrá separarnos, que nuestros cuerpos se pertenecerán desde el primer roce.

Huiremos en ese instante, comenzaremos a escribir una nueva historia, crearemos un nuevo mundo, donde el amor guíe el día a día, donde, en una tarde lluviosa, mientras yo escribo locuras en mi computadora, tú llegues con una taza café caliente y con un beso en el cuello, me digas que me amas y el brillo en tus ojos certifiquen la veracidad de tus palabras.

En ese nuevo mundo seré esa mujer que admiras, esa mujer inteligente, apasionada, sensual y erótica que te conquiste cada día, cada noche, con mi conversación, con mis besos, con el caminar que me acerque a ti para darte las buenas noches, con las noches de sexo complaciente que nos haga explotar en placer una y otra vez.

Entonces, te seguiré queriendo, y el tiempo parecerá eterno, el tiempo parecerá detenerse en cada beso, en cada caricia, en ese instante de placer que en la cama proclama momentos efímeros como eternos. La vida pasará sin prisas, sin que el mundo juzgue ni nosotros añoremos mejores tiempos, la vida hará eternos los instantes en los que la felicidad ahora pasa como agua entre las manos, los momentos en los que el eco de nuestra risa se graba en el corazón, los minutos en los que a ojos cerrados evoquemos las palabras que tanto hemos pronunciado entre lágrimas.

Te quiero como se quiere aquello que parece imposible, como se quiere aquello que se imagina tan real que da esperanza, que inyecta de ilusión los días más oscuros, te quiero como aquello que enciende el deseo, que se acaricia y congela la sensación que recorre mi cuerpo.

Te quiero como para esperar otra vida y encontrarte, te quiero ahora y también, quizá después…

Un pensamiento recurrente

Eres ese pensamiento recurrente que de momentos se convierte en una sonrisa, de momentos es un suspiro, que es un recuerdo que se instala en el alma y evoca ese instante en el que consumidos en placer nuestros labios pronunciaron nuestros nombres…

Te pienso en todo momento, en medio de lo cotidiano que busca con quién compartir las trivialidades; en medio de las dificultades que buscan unos brazos tibios dónde acurrucarse. Te pienso compartiéndote las incidencias de mi día mirando las estrellas, buscando a aquella luna cómplice de nuestros sueños.

¿Cómo olvidarlo? Llegué por ti, te sorprendí, lo sé… La manera en la que me observaste delató lo sorpresivo y excitante que fue verme dentro de tu mundo. Lo sé, me veía bien, me arreglé para ti, nada exuberante, solo un pantalón negro ajustado, que denotara mis muslos fuertes que siempre te encantaron, una blusa ligera con un escote sencillo, dejando el resto de las prendas a tu imaginación…

Nuestras miradas se dijeron todo, tomados de la mano nuestros cuerpos se aproximaron lo suficiente para que nuestros labios apenas pronunciaran nuestros nombres antes de besarnos, en ese beso pausado que habíamos imaginado, que habíamos deseado, que habíamos saboreado tantas veces antes. Me tomaste por la cintura y me abrazaste contra ti, y justo era esa sensación que añoraba, que deseaba tanto: estar ahí, entre tus brazos, sin mundo, sin tiempo, solo atendiendo nuestros pensamientos, evocando recuerdos y viviendo el momento.

Caminamos más de un par de horas, platicando de todo y de nada, de todo lo que en nuestros días nos dábamos tiempo para compartir a la distancia y de nada importante que distrajera la deliciosa sensación de recorrer ese lugar tomados de la mano. Sonreíamos como adolescentes, disfrutábamos el tiempo como ancianos, nos mirábamos con el deseo que solo los amantes sienten, conversábamos como amigos y, sobre todo, nos amábamos en cada paso, en cada sonrisa, en cada palabra.

Llegamos al lugar en el que habríamos de pasar la noche, abrimos la primera botella de vino tinto y brindamos por la ocasión, por la sorpresa del destino de habernos permitido huir del mundo, detener el tiempo y vivir nuestra historia. La conversación era inagotable, saltábamos de la poesía a la política; de los deportes a nuestras vidas laborales; del pasado al futuro, haciendo el presente perfecto aderezado con besos y caricias.

En un beso dulce que inició en mi oreja y avanzó por mi cuello para luego llegar a mis labios, comenzamos a desnudarnos, en pocos minutos la ropa no era impedimento para que nuestros cuerpos se reconocieran. El calor era extenuante y tomamos un baño tibio, y mientras el agua corría desde mi cabeza por todo mi cuerpo, tú jugabas a devorar las pecas y lunares que te encontrabas en mi pecho y mi espalda…

Salimos de la regadera, bebimos otra copa de vino, brindamos y desnudos disfrutábamos la plenitud de pertenecernos. Alternamos un sorbo de vino con un beso, otro trago con húmedas caricias que tu lengua hacían sobre mi piel, otro más con suaves mordidas que saboreaban mis hombros.

Nuestros cuerpos se pertenecían en cada caricia, en cada sensación que provocaban, en el deseo inagotable por disfrutar el amor, ese que se entrega en el sexo, ese que es efímero y eterno en el instante del placer, ese que recorre cada célula, que hace arder cada centímetro de la piel, que hace estallar el corazón y pronunciar tu nombre con la respiración entre cortada.

Hicimos el amor una y otra vez, consumimos un par de botellas de vino, paladeamos el sabor del vino y el sabor de nuestra piel. Disfrutamos de una conversación infinita, reímos del pasado e inventamos un futuro. Nos vestimos y desvestimos. Nos desnudamos el cuerpo y el alma. Escuchamos música y el latir de nuestros corazones mientras recuperábamos el aliento después de hacer el amor. Dormimos por momentos y soñamos toda la noche…

Así fue. Así será. Así sería…

Sabor a Realidad

 

Habíamos pensado que el día jamás llegaría. Estaba nerviosa, emocionada, ansiosa. Decidir el atuendo que vestiría era complejo, no tenía certeza del plan que llevabas en mente aunque sentía que era cercano a lo que pasaba por mi cabeza. Así que el atuendo debía ser algo práctico, simple y sensual… algo que de sólo verme te hiciera confirmar que tu cortés invitación había sido un acierto.

Me di un baño tibio y me vestí. Lencería en color negro, lisa, sin encaje, lisa y sedosa.  Un vestido rojo quemado a media pierna y zapatos altos en color negro. Aceite con esencia de violetas en todo mi cuerpo, especialmente en mis piernas para que las hiciera lucir, un toque de perfume en mi cuello y maquillaje sencillo y discreto, salvo los labios, los labios en color rojo pasión con un toque de gloss que los hiciera irresistibles al momento de saludarte.

Acordamos vernos en un punto, dejé ahí mi auto y subí al tuyo. Dentro de auto me dijiste que te parecía hermosa, acariciaste mi pierna y besaste mi mejilla, muy cerca de mi oreja.

Nos dirigimos a una cabaña un tanto un tanto retirada del punto de reunión. Era un lugar hermoso, en medio de una zona boscosa, donde el olor a bosque, a madera y la neblina fresca favorecían la escena. Dentro de la cabaña, sobre la mesa, dos botellas de vino espumoso, una charola con quesos y carnes frías; una gran cama cubierta por una sábana blanca y un delicioso aroma a madera impregnado en el lugar.

Entramos, te observé, me pareciste mucho más atractivo que otras veces, me abrazaste y en ese abrazo llegó el beso que otras ocasiones se había quedado en la imaginación, ese beso apasionado que nos hacía evocar aquellos relatos compartidos en noches de insomnio…

Abriste el vino, compartimos dos copas y, luego de un rato de charla, me sugeriste entramos al jacuzzi, así con naturalidad nos acercamos al él que burbujeante nos aguardaba y nos desnudamos. Entramos y fue el primer roce de nuestros cuerpos, fue el primer contacto real de nuestra piel, tal como lo habíamos imaginado: ¡delicioso!.

En el jacuzzi me observabas seductoramente comparando aquella imagen que en la Fantasía te habías hecho de mí contra la imagen real que tenías a tu lado. Tu mirada era deliciosa, excitante, con sólo verme encendías el deseo por hacer de aquella noche, nuestra noche. No era necesario que habláramos, que me dijeras qué pensabas, tu mirada me seducía de una manera muy natural.

No besamos, jugamos con el roce de nuestras piernas, te acaricié completo con mis manos bajo el agua, era un recorrido instintivo, un recorrido placentero para mis manos y mi imaginación. Disfrutamos mucho, no sé cuánto tiempo pasó… salimos del jacuzzi y ahí frente a la cama nuestros cuerpos escurrían mientras en un beso nosotros entrábamos en calor para elevar nuestra temperatura de nuestra piel y no temblar de frío.

Nos envolvimos  en una toalla y regresamos a la mesa a compartir nuevamente un poco de vino. Bebimos, platicamos y en un instante me deshice de la toalla que cubría mi cuerpo, me acerque a ti, te besé y acaricié tu cabello, te tomé de la mano y con nuestras copas de vino llenas, nos dirigimos a la cama.

Ahí, desnudos y con la piel aún poco húmeda, jugué en tu dorso, dejaba caer gotas de vino para después perseguirlas con mi lengua. Estabas recostado boca arriba, casi sentado, así jugué en tu pecho, tus manos y tus brazos, así reté el deseo contenido en ti de tiempo atrás, poco a poco sentí cómo tu cuerpo atendía mi reto, cómo tu cuerpo daba señales de que mi juego era placentero…

Regresé a tus labios sólo para asegurarme en un beso que aprobaras el camino que mi deseo trazaba, para​ que en un beso avalaras el recorrido que iniciaría… bajé nuevamente, despacio, jugando con mi lengua, mis labios, mi aliento, mis manos, mis senos, con el vino y con  todo aquello que te hiciera disfrutar…

Bajé a tu abdomen, besé tus ingles, mordí suavemente apenas apretando con mis labios. Mi mirada buscaba tus ojos esperando leer en ellos que disfrutabas, buscando en ellos encendida la luz del placer. Tú me observabas perdido en las sensaciones que mis labios te provocaban, sentías el cadencioso recorrido de mi lengua, la sincronía de mis labios haciéndote disfrutar, el calor de mi aliento y la humedad de mi boca confundirse con la tibieza de tu piel y el sabor del placer.

Fueron minutos intensos, plenos, tal cual lo habías imaginado, quizá mejor, mucho mejor de lo que en tu Fantasía habías creído. El recorrido certero de mi lengua, la sincronía atinada de mis labios, el roce de mis senos en tu piel, mi mirada y mis expresiones comunicándote cuánto te disfrutaba,  hacían incontenible la sensación de explotar de placer en un instante…

Delicioso… regresé a tu pecho, lo besé y luego fui a tus labios… sólo rozándolos, sólo un beso sutil que ayudará a recobrar la paz, para luego decirte al oído que fue sensacional el sabor a Realidad…

Detengamos el tiempo

Esa noche bebimos vino tinto mientras conversábamos, la elección del vino la habías hecho tú, pretendiendo demostrar tu vasta cultura en bebidas dignas de una noche como esa. Aquel primer beso en tus labios, avaló que tu decisión había sido correcta.

Ahí, en la habitación de aquel hotel bebimos la primera copa mientras conversábamos, de esas trivialidades de las que se hablan cuando por un lado se quiere apresurar el tiempo para llegar al momento de desnudar nuestros cuerpos, pero por otro lado se disfruta la posibilidad de conversar de “lo que sea” para desnudar el alma.
Qué rica consistencia del vino, el sabor era muy agradable, disfrutarlo en los labios y la lengua hacían más ardiente el deseo de querer besarte, de besar tu cuello y continuar la charla sobre la cama. Pero no fue así, seguimos platicando, ahí sentados en esa confortable sala. Sentí calor y me quité el delgado suéter que vestía, debajo de él, traía una camiseta negra, de tirantes delgados y textura sedosa, me quité el suéter y tú me quitaste la camiseta con la mirada –aunque aún la traía puesta-.

Ahí en aquel sillón, me acerqué lo suficiente a ti, comencé a acariciar tu cabello, nos besamos, en un dulce beso, en un beso de esos que tienen la combinación exacta entre de deseo y ternura. Sentí tus labios devorar los míos, sentía tu lengua comunicarse con la mía ¡qué delicia de beso! Preciso, delicioso, excitante… aquel beso terminó con una sutil caricia con la punta de mi lengua en la comisura de tu boca.

Bebimos más vino, yo  jugaba con mi lengua en el contorno de la copa, humedecía las yemas de mis dedos en mi lengua y los llevaba a tu boca. Recorría el contorno de mis labios con la punta de mi lengua invitándote a que probaras la combinación del vino y mi saliva. Tomé un sorbo más de vino y sin querer, unas gotas escurrieron de mi boca, lentamente bajaron por mi cuello hacia mi pecho y se perdieron dentro de la camiseta que cada vez dejaba menos a la imaginación, que cada vez parecía ser más transparente ante el arder de mi piel.

Dejamos las copas de vino a un lado y comenzaste a besar mi cuello a acariciar mi cabeza tomada con tus dos manos por la nuca, besabas delicioso, apenas apretándome suave con tus labios y luego acariciándome con tu lengua. La sutileza de tu trato era excitante, exquisita, era un tierno recorrido que encendía rápidamente el deseo. Bajaste con tus labios los tirantes de mi camiseta, te separaste un poco de mí para observarme, observar que mi sonrisa acreditaba las sensaciones que provocabas.

Ahí, recostada sobre el sillón de aquella habitación, acariciaste mis piernas descubiertas en su mayoría por la corta falda que vestía, quitaste mis tacones e instintivamente adivinaste el recorrido que haría que en pocos minutos nuestros cuerpos se entendieran, para que en pocos minutos, al sillón le faltara espacio y la cama en un instante nos llamara… Antes, nos dimos tiempo para una copa más, para compartir el mismo trago en nuestros labios, nos dimos tiempo para recuperar la conversación y atemperar el ambiente…

Tu camisa desapareció en un instante, te sentaste de nuevo en el sillón y yo me recosté sobre tus piernas, continuaste acariciando mi cabello, en un tierno recorrido seguiste por mi cuello y mis hombros, me observabas con deseo, con ternura y deseo. Sobre la camiseta vestida a medias, acariciaste mi pecho, mi abdomen y mi cadera. Era tan rico ese recorrido, en verdad era una atinada combinación: al mismo tiempo quería sentirme tuya al instante y también deseaba que continuaras acariciándome así toda la noche.

Cerré los ojos, en ese recorrido te deshiciste de mi camiseta y mi falda, te levantaste me dejaste recostada sobre el sillón y recorriste lentamente mi cuerpo semidesnudo, apenas rozándome con las yemas de tus dedos, de momentos besando mi piel, de momentos humedeciéndome con tu lengua… La manera en que me observabas detenía el tiempo, quería conservar así tu mirada, sintiéndome admirada, sintiéndome tuya en el recorrido de tu vista.

Extasiada en las sensaciones que provocabas me tenías inerte, perdida en mis pensamientos, ahí donde el tiempo se había detenido para disfrutar cada sensación… me tomaste en tus brazos y me llevaste a la cama, al instante tu ropa quedó en el piso mientras mi cuerpo ávido de sentirte te esperaba, mientras el deseo de ser tuya y sentirte mío se desbordaba…

Fue una sensación sublime, así, con la misma ternura que me acariciabas, con esa misma ternura y delicadeza hicimos el amor. Así, justo con la calma que exige el deseo, con la pausa que obliga el placer compartido, con la excelencia de aquel que verdaderamente sabe hacer el amor. Detuvimos el tiempo en esa sensación, detuvimos el tiempo en ese placer sublime, que ojalá se repita (pronto)…

Soy un peligro…

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Enamorarse de una mujer como yo es una aventura que todo hombre debiera atreverse a vivir, no es fácil por eso digo “atreverse”. La manera en la que vivo, sin duda lleva implícita una gran intensidad, hago un recuento mental de mis éxitos y fracasos y en ambos casos encuentro como común denominador, la intensidad, la pasión, la entrega…

Hay momentos donde te pienso, te imagino y cuando te tengo de la forma más clara y consciente en mi cabeza, me pregunto: ¿qué puedo hacer para robarte de tu mundo? ¿qué puedo hacer para que entres al mío? y una voz desde mi conciencia me dice: ¿su mundo, cuál mundo? él vive en una pequeña esfera de cristal, en donde la pasión tiene una definición que dista mucho de la tuya… Sí, triste pero sí, tu mundo no es más que una esfera de cristal, en la que todo tiene un proceso correcto, un orden adecuado y  en la que te resguardas para no vivir, sólo para sobrevivir alejado de los peligros.

Sí, sólo sobrevivir, porque vivir es más que no morir… Vivir es ese mundo de sensaciones que desde lo más simple hasta lo más cotidiano le dan sentido al día a día. Entonces pienso: haces bien sobreviviendo, manteniéndote a salvo de mí.

De verdad haces bien, tú en mi vida correrías muchos peligros. Imagina qué peligroso debe ser por las mañanas despertarte con un beso tibio que apenas roce tus labios, juguetear entre las sábanas para que sigamos soñando que nuestra piel es un paisaje mágico que nos hace reescribir nuevas fantasías.

Imagina qué peligroso sería después de esa deliciosa mañana, bañarnos juntos, sin tener que hablar, sólo que nuestras miradas y sonrisas se comuniquen mientras el agua cae, expresando lo delicioso que es despertar juntos. Así, jugar con el agua y la sensación del jabón sobre nuestros cuerpos, las yemas de mis dedos recorrer tu espalda, con caricias sutiles sólo como un masaje que te prepare para  un gran día.

Cuánto riesgo debe representar darnos un beso de despedida por la mañana, para que con la energía positiva de El Amor vayamos a cumplir con nuestros deberes, para que esa energía, esa magia  en medio de los sinsabores y sinsentidos del día, sea suficiente para  cerrar los ojos y evocar el sabor de tu piel y sonreír, sea suficiente para que en un respiro profundo la mente me lleve a ese mundo de sensaciones que anhelo sentir nuevamente.

Así transcurriría el día, con perversos mensajes de: “ten un lindo día, que todo salga bien hoy”, “te extraño” “te mando un beso que inicie en tus labios y recorra todo tu cuerpo” “me acabo de echar un mega round con mi jefe – $”$”&$#/%)(%( – ya quiero verte”. Sí, indudablemente sí es peligroso. Porque además, se me podría ocurrir mandarte alguna foto de mi sonrisa evocando tus labios, una foto de mis labios o mi lengua fantaseando con tu cuello. Riesgos innecesarios para ti y tu mundo.

Resguárdate de mí, soy un peligro! Llegaría a casa, buscaría qué prepararte para cenar, pensaría en cómo habría estado tu día y quizá sólo prepararía una botana y una botella de vino para platicar por algunas horas de los simple y lo complejo de nuestros días laborales. Al llegar, te abrazaría tan rico, de esos abrazos que duran varios minutos, de esos abrazos que parecen detener el tiempo, de ésos en los que sientes que puedes dejar caer el peso de los pensamientos para liberar la mente sin hablar.

Cuánto peligro correrías a mi lado. Hablaríamos, bueno hablaría, sé que tu mundo (tu esfera) no requiere de muchas explicaciones, sin duda porque eso también es un riesgo. El hermetismo siempre te mantendrá seguro, disminuye los riesgos de vulnerabilidad ante seres perversos como yo. Hablaría con la intensidad que me caracteriza, como si al platicarte nuevamente viviera la escena que me hizo enojar durante el día.

Alternando un trago de vino con tus besos, pasaría los malos sabores del recuento de mi día,  a pequeños sorbos compartiría un poco de vino en tus labios. No te preocupes, sin intenciones perversas de seducirte, sólo de disfrutarte, sólo le relajarnos. Así, luego de un largo monólogo de mi parte, sería evidente tu cansancio, desearías que fuéramos a la cama. Así lo hacemos.

Nos empijamamos y dentro de las sábanas, te abrazo, llevando tu cabeza a mi pecho, acariciando tu cabello, escuchando los pocos sinsentidos que tu compleja vida te permiten compartirme, acaricio tu cara, apenas puedes sentir el roce de mis dedos y así nos vence el sueño y es delicioso velar tu sueño y con un beso en la frente, procurar tu paz… cuánto peligro!