La Escritora

Escritora

Estudié periodismo… desde pequeña siempre encontré una gran afición por querer saber más, por querer entender más y las preguntas siempre fueron mi camino, no a las respuestas, sino a más preguntas y eso hacía inagotable mi incipiente instinto periodístico.

Puedo recordar de una manera muy clara mis inicios de periodista, de Escritora… sí, en verdad era algo que imaginaba, podría verme en un escritorio con una lámpara, decenas de hojas desordenadas sobre el escritorio y, por supuesto, una romántica máquina de escribir mecánica.

Recuerdo esas tardes en casa de mi abuela comiendo fruta, sentada en el suelo a los pies de su cama, observando un mundo de historias en cada espacio de su casa. Un tocador repleto de cremas y cosméticos que ansiaba se acabaran pronto para que me regalara los envases vacíos, lo mismo que aquellas coloridas sombras vacías, ya sin maquillaje, para jugar a ser grande, para verme en el espejo de ese tocador e imaginar que me maquillaba.

Había un cuarto pequeño conocido por todos los nietos como “el cuartito” ahí había un sinfín de misterios, de ésos que a los niños nos encantan, de ésos que hacen imaginar historias: ¿qué habría dentro de esa caja? ¿Por qué había cosas tapadas con cortinas viejas? Ahí había unas maletas, mi abuela siempre se refería a ellas como “baúles” y esa palabra me parecía graciosa.  Eran dos, una azul y otra verde, muchas cobijas dobladas y tapadas con cortinas, una cama individual desde donde se veía el jardín.

En la habitación principal había un ropero viejo, en el interior un mundo de fantasía: ropa, álbumes fotográficos, joyas, historias que era inevitable que ella me compartiera con lágrimas. Estaban los primeros recibos de pago de mi abuelo, unos dólares, los primeros que él le había mandado cuando se fue de brasero a Estados Unidos.

En una de las puertas, por dentro del ropero, lo mejor: fotos y cartas pegadas ahí, de nosotros: sus hijos y nietos y, sin temor a equivocarme, entre más de una veintena de nietos siempre fui la consentida. Ahí, en ese escaparate de cosas importantes, estaban mis cartas, mis rupestres dibujos, ahí mis primeros escritos -se me acelera el corazón y se me llena de melancolía sólo de recordarlo-.

En ese espacio – que ya no existe como lo tengo guardado en mi memoria- empezó mi vida de Escritora, sí, sé que suena muy pretencioso decirlo, pero en verdad así me sentía, incluso ahora pienso, si ella no hubiera atendido mis cuestionamientos, si ella no hubiera estado atenta a mis escritos, quizá hoy seguiría llorando como la única manera de descifrar mis pensamientos.

Así preguntando y escribiendo historias, a veces las mismas una y otra vez, comenzó mi pasión por la escritura, en ese momento no entendía por qué -creo que ahora tampoco- pero la escritura me parece esa puerta a través de la cual los pensamientos, los recuerdos y los anhelos tienen sentido.

Así mis primeras entrevistas eran tan profundas como preguntarle cuál era la marca de su champú, hasta que me narrara una y otra vez cómo la robó mi abuelo a los 16 años.

Tenía un cuaderno scribe, con un diseño que sólo mis contemporáneos reconocerían, un cuaderno blanco forma italiana con grapa al centro. Escribía con lápiz, no borraba, tachaba y volvía a escribir hasta que sintiera que mis palabras podían decir lo que estaba en mi corazón.

Entonces,  luego de la sesión de preguntas y respuestas a redactar la entrevista. En ese tiempo era un sueño ser periodista, imaginaba escribir y escribir, imaginaba que alguien supiera de mi existencia o de las historias de otras personas a través de mi escritura. Ese sueño me hacía poder recrear en mi texto el lugar donde nació y vivió mi abuela, sin jamás en la vida haber visitado, ese lugar (provincia) podía imaginarlo muy claramente: las huertas de manzanas, las calles, la panadería todo lo que ella me narraba.

Mi entrevista se quedaba en borrador, nunca la acababa en un mismo día, y no porque no pudiera, sino porque necesitaba rumiar la historia, saborearla, entenderla, filtrarla a través de mi corazón para que después tuviera sentido.

Así, luego de la entrevista nos íbamos a la cocina, seguramente mi abue quería descansar un poco de mí, siempre me decía que hablaba como “tarabilla” no entendía si era un cumplido, pero el hecho era que yo ya tenía en mi cuaderno lo que requería, por lo tanto merecía esa placentera visita a la cocina.

Una estufa blanca pequeña, una alacena antigua, una mesa de madera, debajo de ella muchos trastes apilados. El olor de té de canela y de  una tortilla tostada sobre el comal representan un recuerdo sensorial que mi memoria -y mi corazón- jamás olvidarán. Ella preparaba la merienda y yo disfrutaba esos aromas.

Mi mente seguía pensando lo que quería procesar en palabras, qué, cómo explicarlo, no entendía (conscientemente) la gramática, la sintaxis, pero sabía que mi texto tenía que tener sentido. Hoy sé que sí lo sabía, no sabía que ésos eran sus nombres pero sabía que eso debía tener mi texto.

Mi casa, la de mis papás, era contigua a la de mi abuela, y para que la aventura fuera completa, había una puerta que comunicaba ambas casas. Luego de varias horas de trabajo periodístico, que mi mamá llamaba despectivamente “estar de chismosa”, llegaba un momento de la tarde donde desde el patio de mi casa se escuchaba: “Aaaaaazul, te-llama-mi-mamá!”, ésa era la señal de alerta de alguno de mis hermanos previniéndome que tenía segundos para estar en casa antes de que el grito se convirtiera en un enérgico y seco: “Azul!”, de voz de mi madre…

Entonces, regresaba a casa con mi cuaderno, con una gran sonrisa que me hacía sentir La Escritora, que me hacía sentir la ansiedad porque fuera de noche, durmiera, me levantara, fuera al colegio, regresara, hiciera la tarea y huyera a continuar con mi trabajo periodístico…

Hoy, la historia es igual, no tengo un cuaderno scribe como aquél, mi celular y las aplicaciones que le he instalado son mis refugios para escribir, aquella casa de mi abuela cambió, ella sigue y cuando el corazón se apachurra, cuando las palabras no fluyen regreso a buscar ese olor a té de canela a tortilla tostada, a abrir el refri sólo como costumbre.

Así, mi pasión es escribir, jugar  a La Escritora que lo mismo le da escribir poesía, que relatar sus aventuras y desastres, porque al principio al final el único mundo que me pertenece es éste: el que escribo, el de La Escritora.

¿Qué es el deseo?

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Habíamos intentado un romance, de ésos que quieres creer que puede ser posibles aunque todo indica que no, que sólo se trata de dos soledades buscando un poco de paz.

Por diferentes razones nuestro trato debía seguir, un día, después de desayunar al despedirnos me abrazaste de una manera muy especial, sí, algo pasó en ese abrazo, algo que al sentir tu respiración en mi cuello, tu cuerpo rozar el mío, provocó un sinnúmero de sensaciones físicas que sin duda definiría como deseo.

En ese momento mi mente se bloqueó, creo que el abrazo duró varios minutos, sólo podía sentir tu respiración, respirar tu olor, sentir tu cuerpo vibrar y que esa vibración rebotara en mi pecho. Quise voltear, buscar tu cabeza, acercarme a tus labios, sentirlos, cerrar los ojos y perdernos en un beso que nos llevara a perdernos en el placer de nuestros cuerpos.

Pero no, no “era lo correcto”, abrí los ojos, respiré profundo, y con una despedida apresurada huí de ti y de esos pensamientos.

Pasaron algunos días y en una abierta confesión a través de una llamada telefónica me dijiste: “Estuve a punto de besarte…” a lo que yo respondí: “Yo estuve a punto de lamer tu cuello y besar tu oreja”. Qué delicioso recordar esa sensación de deseo que provocaba esa conversación, ubicados en una Realidad Azul, en una realidad en la que el momento es lo único que tiene sentido, lo único que perdura…

Así, la conversación fue encendiendo uno a uno los interruptores mentales del deseo, de la pasión, de la posibilidad de sentir y disfrutar, de saberse deseada en un contexto más simple que el del amor, y no porque el amor no importe, sino porque a veces el amor es mucho, muchísimo más complejo y eso evitaría que ese sentimiento de deseo sea absolutamente placentero.

Escucharte decir: “Desearía que estuvieras aquí, te besaría, te abrazaría, te acariciaría, te lamería, te mordería”. Wow, todo lo que provocabas a través de esas frases, porque además, no sólo era el deseo de imaginarlo, era el deseo por revivirlo. En ese intento de romance, habíamos hecho el amor tan rico que por supuesto que había extraordinarios recuerdos para saber a qué referías.

Ese día entendí que la única manera de tenerte era tener tu cuerpo, no tu corazón, mucho menos tu alma. Entonces me reconocí mujer libre, entonces supe que el “no es lo correcto” de días antes no tenía sentido, no sé si por resignación o por conciencia, pero El Deseo tuvo un sentido diferente en mi vida, tuvo un lugar en mi vocabulario y al día de hoy es una posibilidad de sobrevivencia.

Aunque en esa conversación yo trataba de incluir el te quiero en el contexto del cariño, con el te quiero en el sentido del deseo, fuiste claro! Era el cuerpo de un hombre deseando el cuerpo de una mujer, sólo eso. Insistí queriendo negociar: “Te quiero desde el deseo de querer hacer el amor delicioso, hasta el te quiero desde el deseo de procurar tu paz”, pero no pude convencerte.

Y diciéndome: “Ven, hazme el amor, bésame hasta que me duerma” fue todo claro. El deseo es la forma más tangible de darle sentido a una relación cuando el amor no alcanza, cuando los encantos no alcanzan para la conquista. Así, ese día en una negociación clara y puntual renuncié (no sé si voluntariamente) a la conquista, renuncié al amor contigo.

Ese día aprendí que no se puede des-amar por voluntad, pero quizá sí se puede hacer el amor como si nos amáramos.

Soy un peligro…

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Enamorarse de una mujer como yo es una aventura que todo hombre debiera atreverse a vivir, no es fácil por eso digo “atreverse”. La manera en la que vivo, sin duda lleva implícita una gran intensidad, hago un recuento mental de mis éxitos y fracasos y en ambos casos encuentro como común denominador, la intensidad, la pasión, la entrega…

Hay momentos donde te pienso, te imagino y cuando te tengo de la forma más clara y consciente en mi cabeza, me pregunto: ¿qué puedo hacer para robarte de tu mundo? ¿qué puedo hacer para que entres al mío? y una voz desde mi conciencia me dice: ¿su mundo, cuál mundo? él vive en una pequeña esfera de cristal, en donde la pasión tiene una definición que dista mucho de la tuya… Sí, triste pero sí, tu mundo no es más que una esfera de cristal, en la que todo tiene un proceso correcto, un orden adecuado y  en la que te resguardas para no vivir, sólo para sobrevivir alejado de los peligros.

Sí, sólo sobrevivir, porque vivir es más que no morir… Vivir es ese mundo de sensaciones que desde lo más simple hasta lo más cotidiano le dan sentido al día a día. Entonces pienso: haces bien sobreviviendo, manteniéndote a salvo de mí.

De verdad haces bien, tú en mi vida correrías muchos peligros. Imagina qué peligroso debe ser por las mañanas despertarte con un beso tibio que apenas roce tus labios, juguetear entre las sábanas para que sigamos soñando que nuestra piel es un paisaje mágico que nos hace reescribir nuevas fantasías.

Imagina qué peligroso sería después de esa deliciosa mañana, bañarnos juntos, sin tener que hablar, sólo que nuestras miradas y sonrisas se comuniquen mientras el agua cae, expresando lo delicioso que es despertar juntos. Así, jugar con el agua y la sensación del jabón sobre nuestros cuerpos, las yemas de mis dedos recorrer tu espalda, con caricias sutiles sólo como un masaje que te prepare para  un gran día.

Cuánto riesgo debe representar darnos un beso de despedida por la mañana, para que con la energía positiva de El Amor vayamos a cumplir con nuestros deberes, para que esa energía, esa magia  en medio de los sinsabores y sinsentidos del día, sea suficiente para  cerrar los ojos y evocar el sabor de tu piel y sonreír, sea suficiente para que en un respiro profundo la mente me lleve a ese mundo de sensaciones que anhelo sentir nuevamente.

Así transcurriría el día, con perversos mensajes de: “ten un lindo día, que todo salga bien hoy”, “te extraño” “te mando un beso que inicie en tus labios y recorra todo tu cuerpo” “me acabo de echar un mega round con mi jefe – $”$”&$#/%)(%( – ya quiero verte”. Sí, indudablemente sí es peligroso. Porque además, se me podría ocurrir mandarte alguna foto de mi sonrisa evocando tus labios, una foto de mis labios o mi lengua fantaseando con tu cuello. Riesgos innecesarios para ti y tu mundo.

Resguárdate de mí, soy un peligro! Llegaría a casa, buscaría qué prepararte para cenar, pensaría en cómo habría estado tu día y quizá sólo prepararía una botana y una botella de vino para platicar por algunas horas de los simple y lo complejo de nuestros días laborales. Al llegar, te abrazaría tan rico, de esos abrazos que duran varios minutos, de esos abrazos que parecen detener el tiempo, de ésos en los que sientes que puedes dejar caer el peso de los pensamientos para liberar la mente sin hablar.

Cuánto peligro correrías a mi lado. Hablaríamos, bueno hablaría, sé que tu mundo (tu esfera) no requiere de muchas explicaciones, sin duda porque eso también es un riesgo. El hermetismo siempre te mantendrá seguro, disminuye los riesgos de vulnerabilidad ante seres perversos como yo. Hablaría con la intensidad que me caracteriza, como si al platicarte nuevamente viviera la escena que me hizo enojar durante el día.

Alternando un trago de vino con tus besos, pasaría los malos sabores del recuento de mi día,  a pequeños sorbos compartiría un poco de vino en tus labios. No te preocupes, sin intenciones perversas de seducirte, sólo de disfrutarte, sólo le relajarnos. Así, luego de un largo monólogo de mi parte, sería evidente tu cansancio, desearías que fuéramos a la cama. Así lo hacemos.

Nos empijamamos y dentro de las sábanas, te abrazo, llevando tu cabeza a mi pecho, acariciando tu cabello, escuchando los pocos sinsentidos que tu compleja vida te permiten compartirme, acaricio tu cara, apenas puedes sentir el roce de mis dedos y así nos vence el sueño y es delicioso velar tu sueño y con un beso en la frente, procurar tu paz… cuánto peligro!

¿Quién es Azul?

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Soy una mujer inteligente, muy intensa y apasionada. Un día me descubrí entre los temores y anhelos una mujer promedio, que suponía que lo que hacía era lo correcto, que la intensidad con la que se desempeñaba laboralmente haría un cambio en el mundo, que con la pasión que procuraba a su familia le garantizaría cierta felicidad y plenitud, pero al final de sus jornadas diarias una soledad, un vacío profundo se apoderaba de ella generándole dudas, sin sabores y una impotencia muy grande por ser “algo más”, “alguien más” alguien que la llevara a sentirse realmente plena…

En más de una ocasión esperanzada de encontrar ese “algo más” hizo cosas fuera de sus parámetros permisibles y eso me permitió reconocerme en ella como Azul… sí, en una de tantas desilusiones amorosas, cuando se ubicó en una realidad en la que los encantos no le alcanzaron para la conquista, donde se dio cuenta que esa mujer promedio debía dejar de serlo si quería vivir una aventura diferente.

Así, en un abrir y cerrar de ojos, ubicada en una realidad donde el argumento “eres guapa, inteligente, sensual, inmensamente apasionada,  PERO….”  yo Azul le hice darse cuenta que quizá no era tan guapa, quizá tampoco inteligente, ni sensual y lo apasionada no le servía en este caso, tuvo que cambiar el enfoque de sus “encantos”.

Como Azul  me reconocí en esa vulnerabilidad y aprendí a capitalizar las debilidades de aquella mujer, aprendí que a veces ser libre es la única opción para sobrevivir. Libre de los prejuicios, libre del deber ser, libre de las expectativas inalcanzables, libre del ideal de mujer, libre de aquella mujer promedio que me tenía atrapada.

Como Azul tuve que encontrarle sentido a una realidad sin sentido, tuve que enseñarle a negociar sueños, esperanzas e ilusiones. Tuve que mentalizar a esa mujer de que sus encantos, suponiendo que fueran reales, no le alcanzaban para la realidad de ese momento, por lo tanto, si quería vivirla tenía que ser a través de mí o de otra manera sólo sumaría una frustración más a su vida.. Fui el medio para que ella sobreviviera.

Soy libre, adaptable a las circunstancias, que aunque de momento mi mundo esté devastado en mi interior siempre intento sonreír y suponer que puedo manejar la realidad!!

Probablemente cada noche llore escribiendo, entre insomnios y sueños añore otra realidad, para la que no me alcanza, pero así con esas mismas lágrimas ahogaré los pensamientos que me atormenten hasta aprender que sólo tengo Una Realidad Azul.