Seducirte con poesía…

4

Créeme, estas tardes tan frías se antojan para estar bajo las sábanas, con una cafetera en la habitación  para que el aroma del café impregne el espacio mientras compartimos lecturas y recuerdos. Así bajo las sábanas, disfrutando el sabor del café en un beso, la magia de la poesía al oído, la tibieza de las caricias en cada roce, la intención de hacer el amor y dejar que el amor haga de nosotros lo que quiera…

Hace mucho, mucho frío, la temperatura del ambiente es muy baja y mi cama pegada a la ventana está bien ubicada cuando se trata de contemplar las estrellas o la luna para enviarte mis pensamientos a través de ellas, pero no cuando hace tanto frío y los vidrios parecen filtrar el viento helado y tu ausencia se nota más.

Me encantaría que estuvieras aquí justo ahora, en el momento en el que la tarde se convierte en noche, en el instante en el que el cansancio y la melancolía empiezan a buscar las primeras estrellas en el firmamento, en el momento en el que mi cama dibuja un espacio vacío justo para ti…

Me encantaría contaras conmigo las estrellas desde mi ventana y jugáramos a adivinar sus colores, inventáramos historias mientras la noche cae y nos perdemos en ella. Así, entre sorbos de café y besos, programamos una larga noche para nosotros, en la que debajo de las sábanas en cada roce, guardamos el pronóstico de una historia de amor y deseo.

Abrázame, así de frente a ti, dejemos los libros a un lado  y hagamos poesía con el lenguaje de nuestros cuerpos, apenas rozando nuestros labios, sintiendo que el latir de nuestros corazones se sincroniza en el ritmo, sintiendo que nuestra respiración se agita y nuestra piel se tibia en cada caricia.

Abrázame, recorre con tus manos mi espalda, haz del recorrido un trazo certero que me acerque cada vez más a ti, no solo a tu cuerpo, sino a ti y tu mundo. Abraza contra ti mi cuerpo y deja que mis labios devoren tu cuello, que mi boca te hablé al oído y sean mis palabras la poesía que te seduzca esta noche.

Entrelacemos nuestras piernas, siente mis muslos entre los tuyos, siente el recorrido de mis pies acariciar tus pantorrillas… así siente cómo el deseo arde en cada centímetro de la piel. Recorre con tus labios mi cuello, mi oreja, mi mejilla hasta llegar a mis labios, acariciarlos sutilmente con tu lengua, devóralos con hambre de amor, con sed de deseo.

Recorre con tus manos mi espalda hasta llegar a mis caderas, lleva mi cintura hacia ti, mientras aquel beso que iniciamos continúe en nuestros labios, mientras nuestras lenguas llevan a la práctica la poesía de amor que antes habíamos leído. Acaríciame con fuerza, con esa fuerza que emerge del acelerado latir de tu corazón, que te dicta el acompasado ritmo que guía tus caricias.

Hagamos que en pocos minutos la ropa desaparezca, así debajo de las sábanas sin dar tiempo de que el frío vuelva, sin técnica ni prisa, dejemos que la noche no se atreva a cuestionarnos, que observe por la ventana, celosa, que al fin lo logramos, que al fin una noche de poesía no quedó en palabras compartidas a la distancia, no quedó en una promesa al viento…

Hagamos el amor como lo habíamos imaginado, con la ternura de entonces, la experiencia de ahora y el deseo de siempre…

 

Lo reconozco


Lo reconozco, más de una vez he imaginado seducirte… más de una vez he imaginado que te robo de tu realidad y te hago por una noche cómplice de la mía. He imaginado que un día cualquiera un pretexto nos reúne, y en nombre de ese pretexto conversamos por largas horas, caminamos entre calles tranquilas y solitarias, reímos del mundo que, tomados de la mano, nos parece ajeno, compartimos besos robados que interrumpen nuestra charla amena.

Lo reconozco, imagino hacer largas las horas de un día en el que de la mano recorramos nuevos rumbos, imagino hacer los minutos eternos si puedo estar entre tus brazos, anhelo hacer en un beso los segundos más intensos y hacer del recorrido de una caricia el trazo más sublime que al roce de mis manos en tu rostro te resulte inevitable despertar el deseo de que tus labios recorran mi piel.

Lo reconozco, en las noches cuando hablamos, cuando mi día termina con una frase tuya como despedida, imagino tu voz en mi oído, tus manos en mi espalda, mi cabeza sobre tu pecho, nuestras piernas desnudas y entrelazadas debajo de las sábanas. Cuando mis mañanas inician con tu saludo en un mensaje en mi teléfono, imagino que acompañas mi despertar en ese baño tibio que al imaginar el agua correr por nuestros cuerpos, se vuelve aún más reconfortante.

Lo reconozco, detrás de  esa inocente invitación a compartir un café,  una charla, hay una perversa intención de seducirte, seducirte como solo un hombre como tú y una mujer como yo lo podríamos hacer: combinando palabras con caricias; palabras con besos, palabras con el lenguaje del placer.  Conversando, debatiendo, rumiando recuerdos, compartiendo poesía, y por supuesto, con la selección musical que sólo tú podrías imaginar para el momento.

Así, seguro la mañana la pasaríamos caminando, recorriendo paisajes otoñales de esos que saben a nostalgia y con ese caminar, recorreríamos una y otra vez los recuerdos de todos estos años, rumiaríamos esas historias que fueron y las que no fueron, reiríamos de la inocencia de entonces, reflexionaríamos sobre el paso del tiempo y lo que nos ha dejado huella luego de tantos años… así, la mañana pasaría.

Luego, comeríamos algo simple, en un lugar al aire libre, sintiendo el viento frío rozar nuestros rostros, contemplando ese recorrido arbitrario de las hojas secas sobre el piso. Veríamos como ajenos a todos aquellos con los que se cruzan nuestras miradas. Comeríamos y la charla sería siempre inagotable, recorriendo deportes, política, religión, amor y desamor. Nuestra comida terminaría con un café cargado, un café caliente que atempere la temperatura del ambiente que comienza a descender.

Y luego, ¿qué te parece buscar un lugar privado culminar el arte de la seducción? Una botella de vino y dos copas que nos acompañen para hacer de la velada un momento inolvidable. Llegamos al lugar y, por supuesto, lo primero que sobran son los zapatos que en un instante quedan por ahí tirados. Nos abrazamos y en aquel abrazo surge el beso más profundo que habíamos guardado durante el día justo para ese momento, es un beso que sabe a recuerdos, que sabe a historias sin contar, que recorre cada centímetro de mi piel, cada espacio en mis entrañas, que hace eco en mi mente y silencia mis pensamientos.

Nos vemos a los ojos y todas las palabras que durante el día habían parecido inagotables, enmudecen, ahora es el lenguaje de las miradas, de las caricias, de calor de nuestros cuerpos el que habla, el que explica de manera clara el deseo de pertenecernos por instantes, por horas, POR SIEMPRE…

Lo reconozco, lo he pensado…

 

Soledad y silencio

A veces es necesario hacer una pausa, dar tregua a la realidad para asimilarla, para aceptarla por más devastadora que parezca… a veces es necesario dar oídos al silencio, ese que desde la soledad habla, ese que en medio de la nada evoca recuerdos y nostalgias. Un silencio que se apodera de la mente, del tiempo y el espacio, que encuentra en una foto rostros que hablan y cuentan historias, que en una prenda que aún conserva el aroma de aquella aventura, que en un libro esconde entre sus páginas una carta, ese silencio que tiene tanto qué decir.

Ahí, en esa soledad, en ese vacío de todo y de todos, inicia la reconstrucción, inicia el recuento de las pérdidas y la asimilación de la vida, esa que continúa, esa que sigue sin preguntar si quieres o no, si te duele o no, esa que solo te empuja para entender que hay que fluir. Entonces las lágrimas emanan de la nada, de día y de noche, se convierten portavoces de recuerdos, sueños e ilusiones.

Y es que entonces no hay para dónde huir, no están esos brazos tibios que sin palabras podrían decir tanto, no están esas manos fuertes que son capaces de la más tierna caricia, no están esos labios que sin pronunciar palabra alguna saben dar consuelo y calma en los momentos de arrebato y tristeza. Y el silencio es cada vez más ruidoso, porque desde ese silencio la soledad es fría, es dura, es inclemente y sólo me enfrenta con un pasado de tropiezos y errores, con un futuro incierto que se aferra a las esperanzas más ilusas por mera necesidad de supervivencia.

Y la soledad se vuelve cómplice del silencio, sola envuelta en recuerdos y añoranzas; sola  en medio de retos que juran regresarme a la vida. ¿Dónde estás? ¿Por qué no vienes y besas mi frente para calmar mis pensamientos?¿Por qué no vienes y en un beso devoras mis miedos? ¿Por qué no recorres mi piel como entonces y volvemos a creer en el amor?

Ven, recuéstate a mi lado, déjame estar sobre tu pecho y arrullarme con el latir de tu corazón, ayúdame a callar todo lo que el silencio murmura desde mi soledad. Ven, vuelve a contar los lunares en mi espalda, las pecas de mis hombros y mis mejillas. Ven, recorre con tus labios mi piel y seca las lágrimas que a caudales se desbordan extrañando tu presencia. Ven, recorre con tus manos mi espalda, en un camino pausado y seductor que venza el silencio que grita el triunfo de tu ausencia.

Ven, no quiero más, quiero tu presencia que calle al silencio, quiero tus labios que conversen con mi piel, quiero tus manos que acaricien mi alma, quiero tus ojos reflejando mi mirada, quiero tu voz rompiendo el silencio, quiero tu presencia que me haga sentir menos sola… Quiero creer  en el amor, quiero creer que aún hay tiempo para vivir…

Qué ganas…

Qué ganas de encontrarte esta noche en mi cama, qué ganas de impregnar la habitación con el seductor aroma a café mientras comenzamos conversando trivialidades y terminamos defendiendo a nuestros poetas favoritos.
Qué ganas de explicar con un beso la interpretación poética de Sabines, Benedetti o Cortázar, qué ganas de hacer una traducción simultánea de sus palabras a sutiles caricias que recorran tus labios mientras observas mi boca que con sensualidad recita frente a ti.

Y, Benedetti siempre mi aliado.

Todavía

No lo creo todavía

estás llegando a mi lado

y la noche es un puñado

de estrellas y de alegría

 

palpo gusto escucho y veo

tu rostro tu paso largo

tus manos y sin embargo

todavía no lo creo

 

tu regreso tiene tanto

que ver contigo y conmigo

que por cábala lo digo

y por las dudas lo canto

 

nadie nunca te reemplaza

y las cosas más triviales

se vuelven fundamentales

porque estás llegando a casa

 

sin embargo todavía

dudo de esta buena suerte

porque el cielo de tenerte

me parece fantasía

 

pero venís y es seguro

y venís con tu mirada

y por eso tu llegada

hace mágico el futuro

 

y aunque no siempre he entendido

mis culpas y mis fracasos

en cambio sé que en tus brazos

el mundo tiene sentido

 

y si beso la osadía

y el misterio de tus labios

no habrá dudas ni resabios

te querré más

todavía.

Así, conquisto tu oído, conquisto tu mirada que cierra los ojos para perderse entre mi voz, disfrutando las pausas y los silencios que te permiten escuchar el latir de mi corazón, mi respiración que comienza a ser más agitada.

Qué ganas de perderme entre risas con una lectura atropellada porque tus besos me seducen, tus manos me distraen y porque la noche nos invita ansiosa a escondernos entre las sábanas y desde ahí, inventar nuestra propia poesía.

Qué ganas de que esta noche fría tus mensajes se conviertan en caricias, tu llamada en un beso y al final, dejar que la noche se adueñe de nuestros mundos, uniéndonos en el mágico ritual del amor.

Así, el aroma a café en poco tiempo se combina con el olor de tu piel, tu sutil loción que aún se percibe sobre tu dorso desnudo, en tu cuello y al recorrerte con mis labios, mi olfato lo percibe y se deja cautivar por el olor.

Así, la tibieza de las yemas de mis dedos atempera  tu piel en cada roce, en cada caricia. Mis manos certeras recorren tu pecho, tus hombros, tus manos. Mis labios curiosos prueban tu boca, tu piel; mi lengua humedece tu oreja y mis labios besan tu cuello.

La luna nos sonríe desde lo alto, mirándonos a través de la ventana, es esa sonrisa de una luna creciente que busca lucir entre las nubes, es una sonrisa que tácitamente comparte la alegría de nuestro encuentro, la alegría del amor y la vida.

Así, a media luz, y a ojos cerrados nos disfrutamos, disfrutamos la noche como si fuera eterna y hacemos del amor y la seducción un medio de supervivencia, un motivo para seguir y ganar un día más al tedio, a ese mundo real que nos acerca y nos aleja a su gusto… y por esta noche, hacemos de la fantasía la mejor de nuestras realidades.

 

Del otoño

Del otoño me gusta el lenguaje de la vida, que comunica lo relativo que es el tiempo y el espacio: aquellas hojas que en primavera verdes se lucían, en otoño sin rumbo y moribundas vuelan según las mueve el viento. Los paisajes otoñales siempre han sido mis favoritos, la imagen de aquellas hojas que se desprenden de un árbol y caen lentamente; las hojas que sobre el pasto contrastan por su color café, mientras el viento las arremolina y las separa a su capricho; las tardes nubladas con amenaza de lluvia, que incitan a abrir un libro y prepararse un café…

Del otoño me gustan sus lunas, ésas de octubre que iluminan con soberano resplandor el cielo, que nos conectan a la distancia, que nos vuelven de otros en el tiempo y los recuerdos. Esas lunas que iluminan los sueños y para las que se les deja una rendija abierta en la ventana para que con su brillo, acaricie tu espalda, tus labios, tu cabello en mi nombre… Me gustan esas lunas que en heroico duelo pelean con las nubes su derecho a apropiarse del cielo, esas lunas que sin querer seducen, conquistan; que sin querer arrebatan una lágrima a la nostalgia.

Me gustan esos días nublados, frescos, en los que una brisa mañanera acaricia tenue mi rostro, impregna mi cabello y evoca el sabor de tus labios y la calidez de tus brazos. Esas mañanas en las que, como cada día, juras devorar al mundo, juras vencer lo invencible y, así sin más, la brisa me vulnera y con la más profunda añoranza me lleva a invocar tu recuerdo, ese que de sobra encuentra cómo manifestarse en un instante.

Me gusta la nostalgia que dibuja el otoño, la promesa de renovación que en la sequía se encuentra. Me gusta ver los árboles desnudos sin sus hojas y saber que en poco tiempo habrán de lucir nuevamente frondosos y arrogantes, me da esperanza. Eso, quizá es eso lo que me gusta del otoño, me promete la esperanza de la vida, me hace sentir que las pérdidas son parte de la vida, que la renovación es una exigencia de sobrevivencia y que aquellas hojas que sin rumbo anduvieron por un tiempo, encontrarán un lugar dónde renacer, dónde volver a ser algo en el ciclo de la vida.

En mis recuerdos más preciados, evoco aquellas tardes de otoño a tu lado, recostados sobre el pasto, sintiendo la invitación del frío viento a abrazarnos, a encontrar en un beso el calor que atemperara el ambiente. Recuerdo, ahí recostados diciéndonos tanto sin hablar, viendo cómo decenas de hojas caían sobre nuestros cuerpos, cómo el pasto se cubría de ellas y luego el viento a su placer las desaparecía.

Recuerdo a mi universidad cubierta por espesas capas de hojas y el delicioso sonido del caminar sobre ellas, cruzar sus grandes áreas verdes (cafés para este tiempo) y cerrar los ojos imaginando nuevas aventuras y nuevos desafíos al pasar por tan confortable alfombra. Ser cómplice del viento y patear las hojas para jugar con su destino.

Del otoño, tardes como la de hoy, de lluvia fresca y con un silencio que da pausa para la escritura. Del otoño, la añoranza de los amores eternos, de los amores prohibidos, de los amores efímeros, de los amores que dan vida.

Del otoño, la nostalgia y melancolía que acompaña a la lluvia con lágrimas que lavan recuerdos, que purifican pensamientos.

Del otoño la esperanza en la vida… ésa que explica que después de todo, la vida continúa.

Una tarde de lluvia

unatardedelluvia2

Una tarde de lluvia evoca nostalgia, remueve recuerdos para sentirme menos sola, sugiere fantasías para imaginarte más cerca…

Hagamos de la soledad compartida y de la lluvia un pretexto excelente para encontrarnos esta tarde, para disfrutarnos esta noche… Ven, aquí te espero! Voy poniendo el café y preparando una botella de vino para lo que apetezcas. Ven, cuando llegues encontrarás un ambiente impregnado con el aroma del café y con la nostalgia que rumiar mis antologías poéticas de Benedetti me provoca.

Haremos del aroma a café la primera conquista a nuestros sentidos, al entrar te recibiré con un beso tibio, de ésos en los que apenas los labios se rozan, de ésos en los que, ni con sutileza, la lengua alcance a saludarte. Me abrazaré a tu cuello mientras tus brazos rodean mi cintura, será un abrazo tan cálido que olvidaremos las cuestiones climáticas que acontecen afuera, será un abrazo que, al poner en contacto nuestros cuerpos, se alcanzarán a rozar nuestros corazones, se podrán saludar nuestras almas.

Ven, siéntate aquí, justo a mi lado, en el estudio de mi casa, déjame terminar de escribir, de contestar mis pendientes, mientras en una conversación pausada por los primeros sorbos de café y mi trabajo, seguimos dejándonos seducir por la escena: olor a café, una tarde-noche fresca y el sonido cadencioso de la lluvia.

Mientras termino, acaricia mi cuello, mis hombros; platícame cómo estuvo tu día, qué  hiciste hoy, qué opinas del lugar que ocupa mi equipo de futbol en la tabla general del futbol mexicano, cuéntame cuáles son tus pronósticos para el inicio del football americano. Así, dejemos que el tiempo nos conquiste, que mi mundo se cierre al apagar mi computadora, que nuestros sentidos se despierten con el aroma del café y nuestra cercanía rete el ambiente frío que la lluvia provoca.

Termino mis pendientes, casi. Volteo mi silla frente a ti y continuamos el beso del saludo inicial, ahora no es tibio, ahora es cálido, ahora sí nuestros labios se abrazan, se comunican nuestras lenguas mientras nuestras manos acarician nuestras espaldas, recorren desde la nuca hasta la cadera, provocando una sensación de relajación deliciosa.

La noche ha caído, la lluvia es ahora más intensa. Una segunda taza de café y nuestra charla cotidiana nos permite adueñarnos del tiempo y el espacio, en cada beso detenemos el reloj por instantes, en ese beso no solo saboreamos nuestros labios, también saboreamos la nostalgia de los recuerdos, la ilusión por las nuevas esperanzas, saboreamos de la manera más franca ese dulce sabor del deseo.

Sólo está encendida la luz del estudio, y con la noche a cuestas, parece insuficiente, pero ideal para una escena de seducción, así a media luz, con lluvia, con el olor a café, con la tibieza de nuestra piel traspasando la ropa, con el lenguaje de las caricias que recorren con sutileza nuestros cuerpos.

Conquistar nuestros cuerpos desde el deseo es fácil, porque nuestros corazones han sido conquistados desde la charla. Me levanto de mi silla y con movimientos simples y ligeros comienzo a deshacerme de mi ropa, con ayuda de tus manos y tu boca en pocos minutos mi ropa se encuentra en la silla y en el piso. Apoyada sobre el escritorio comienzas a besar mi cuerpo, a hacerme disfrutar con el recorrido que tus labios, tu lengua y tus manos realizan.

El espacio parece impropio, pero el amor justifica grandes imprudencias, así que en un delicioso juego de la seducción entre las sillas y el escritorio, construimos un escenario en dónde disfrutar del placer de nuestros cuerpos, el placer guiado por el ritmo de la lluvia que continúa afuera.

El roce de nuestra piel, el sabor de nuestros besos, cada una de las sensaciones que nos recorren milimétricamente provocando un placer pleno, que no sólo se centra en un efecto físico,  en un rincón de mi cuerpo, sino que explota desde la mente y la razón y  recorre el alma, el corazón y la sinrazón. Un éxtasis compartido, un goce sin límites, un instante de placer que detiene el tiempo y congela los pensamientos para capturar la esencia del momento y hacerla inolvidable.

Así, nuestra tarde-noche de lluvia, así nuestra lluvia que inunda nuestros mundos, así, mientras intentamos recobrar el aliento y recuperar la cordura en aquel escenario, mientras destapas ahora la botella de vino, déjame leerte este poema al oído:

Lluvia, Mario Benedetti

La lluvia está cansada de llover
yo, cansado de verla en mi ventana
es como si lavara las promesas
y el goce de vivir y la esperanza

la lluvia que acribilla los silencios
es un telón sin tiempo y sin colores
y a tal punto oscurece los espacios
que puede confundirse con la noche

ojalá que el sagrado manantial
aburrido suspenda el manso riego
y gracias a la brisa nos sequemos
a la espera del próximo aguacero

lo extraño es que no sólo llueve afuera
otra lluvia enigmática y sin agua
nos toma de sorpresa/y de sorpresa
llueve en el corazón/ llueve en el alma

Mi tratamiento, tu tentación

mi tratamiento

Como suele suceder cuando uno está bajo los estragos de estrés extremo, el cuerpo reclama un respiro, el cuerpo enciende señales de alerta para tomar una pausa obligatoria. Pues atendiendo esas alertas tuve que hacer una visita a aquel lugar en donde un día “una caricia incidental” fue un buen paliativo para resolver la crisis del momento.

Ahí estabas, presto y atento para mí, como otras tantas veces. Al verte las lágrimas se desbordaron intentando que a través de ellas pudieras hacer un diagnóstico certero, que entendieras que el caos de mi mente era tan grande que ya se desbordaba por los ojos, que mis labios enmudecidos y los suspiros intentaban cifrar lo que las palabras no podían.

Entendiste mi problema, te acercaste, me tomaste entre tus brazos e intentaste tranquilizarme, aún sin saber mis síntomas físicos, entendías que lo que pasaba en mi mente y mi corazón era aún más delicado que lo que cualquier malestar pudiera preocuparte. Intentaste besarme, giré mi cabeza y besaste mi mejilla.

Continuamos platicando, un poco de la vida, un poco de la salud, un poco de nada importante, sólo intentando que la tranquilidad llegara a mi cabeza y pudiera expresar con claridad qué me pasaba, qué pasaba por mi cuerpo, además de la tristeza y la desesperanza que era evidente a través de mis lágrimas.  Nos observábamos como otras ocasiones, sin necesidad de decir mucho, porque  nuestras miradas se entienden, nos gustamos, nos sentimos en confianza uno con el otro y eso es algo que los ojos, como espejo del alma, no ocultan.

En medio de la charla, no sé con claridad si lo dije o  simplemente lo adivinaste, diagnosticaste mi padecimiento físico y me prescribiste un tratamiento médico, miré con desagrado la larga lista de medicamentos, pero supuse que eran necesarios. El tiempo, como siempre que conversamos, fue insuficiente, debía salir de ese lugar y despertar a la realidad que al cruzar la puerta me aguardaba, ésa donde era urgente comenzar a tomar los medicamentos…

Te acercaste a mí, frente a mí… me besaste y no sé si el beso era parte del tratamiento, nuevamente un placebo para mitigar el malestar. Fue un beso breve pero delicioso, sentir tus labios tibios, cerrar los ojos y sentir que ese beso se extendía por varios minutos, que tus brazos me cubrían, que podíamos huir a un lugar más confortable y buscar acorrucarme en tu pecho, era un placebo poderoso sin duda era efectivo para mis malestares.

Con un diagnóstico expreso y un tratamiento tácito, te abracé como despedida, sin querer, en ese abrazo, mi hombro quedó al descubierto, justo dispuesto para que continuaras el tratamiento paliativo, para que con tu lengua acariciaras la curva que se forma entre mi cuello y mi hombro, para que a ojos cerrados tus manos iniciaran un recorrido por mi espalda sintiendo la textura de mi ropa e imaginaras la tibieza de mi piel, para que aquel efímero beso regresara a nuestros labios y se prolongara lo necesario para olvidarlo todo, para imaginarlo todo…

No fue así, sólo me abrazaste y con un tímido beso que apenas rozó mis labios me dijiste: “Azul, eres una enorme tentación…”

 

 

Amores Platónicos

Hay amores que no suceden, que el destino, la vida o cualquier cosa impide que sucedan… así nosotros, cuando jóvenes pudimos, pero no fue. Quisiera creer que no era nuestro tiempo, pero con los años y kilos de experiencia creo que los tiempos del amor no existen, sólo son casualidades que uno decide aceptar como retos para que un amor se dé.
En aquel entonces, jóvenes impetuosos ávidos de vivir, ansiosos por concluir la universidad para devorar el mundo con nuestra pasión profesional, compañeros de clase, amigos. Tú, un joven trabajador, quien luego de la jornada de estudiante cubría su jornada laboral y, por supuesto, se daba tiempo para el amor.

Yo, entusiasta deportista, que luego de mi jornada de estudiante acudía a los deberes que mi equipo me tenía marcados, que me exigían entrenamientos exhaustivos sin importar tareas o trabajos escolares.

Era una bella época, que, aunque a veces me pesan los años, hoy agradezco haber vivido en aquel entonces -y no ahora-. Sé que suena muy nostálgico, sé que revela mi edad un poco, pero tampoco me agobia, soy una mujer que acepta sus años y los encantos que con ellos ha descubierto. En aquellos tiempos disfrutaba vestir de short y cruzar por las áreas verdes del campus, disfrutaba lucir mis fuertes piernas y acaparar una que otra mirada masculina que curiosa acompañaba mi caminar.

Así, disfrutaba nuestra charla en los pasillos del edificio al cambio de clase, disfrutaba  tu mirada que sin palabras aceptaba que te gustaba, disfrutaba tu amistad y tus consejos. Así, en una de esas tantas mañanas compartiendo salones y pasillos, lo aceptaste: te gustaría algo más conmigo, algo que no afectará tu relación de tiempo con ella (tu novia)… Me negué!

¡¿Qué habría pasado?! Qué tal que aquella mañana hubiera dicho que sí. Es más, si ni siquiera hubiera contestado, sólo te hubiera besado a ojos cerrados, dejando que mis labios abrazaron los tuyos, que mi lengua acariciara la tuya, dejándome rodear por tus brazos sintiendo que en ellos cabía y que era deliciosa la sensación de estar ahí, dejando que mis manos acariciaran tu espalda y que ese beso durara el tiempo suficiente como para encender el deseo, despertar el amor, descubrir el sabor del amor en mis labios…

Quizá pudimos haber huido en ese momento, tal vez a uno de los prados conocidos en nuestra universidad donde el amor sabe a prohibido, a adrenalina juvenil por el temor de los posibles observadores. O quizá sólo hubiéramos continuado con nuestra agenda escolar y acordando una tarde para nosotros o quizá una noche para conversar y hacerte dudar de tu propuesta, aquella de sólo querer saciar tu curiosidad con una mujer como yo…

Esa noche habría llegado, habríamos conversado con la intensidad de siempre, de esos universitarios universales, que lo mismo hablábamos de football, que de tu vida laboral, de mis achaques propios del partido más reciente, que de política, que de la vida misma. Así habríamos hecho nuestra aquella noche, dejándonos conquistar por una charla inteligente, en la que nuestros labios conversaban mientras nuestras miradas se seducían mutuamente y nos invitaban a dejar de lado la plática para apoderarnos de nuestros cuerpos.

Seguro, habría besado tus labios, muy suave, tiernamente, dejando que en ese beso conocieras la excitante combinación de una mujer como yo: tierna y fuerte, seductora y sensible, apasionada y dócil. Habría hecho que en ese beso entendieras mi mundo, ese pedacito que desde la seducción se puede descubrir.

Te habría disfrutado sentado sobre una silla, me habría sentado sobre tus piernas de frente a ti, acariciando tu cabello mientras besaba tu cuello, guiando tus manos hacia mis muslos para que los acariciaras y comprobaras aquello que tu mirada discreta suponía: eran piernas fuertes y atléticas. Habría hecho mi cabeza hacia atrás y llevado la tuya hacia mi pecho para que me besaras, para que sobre mi blusa comenzaras a descubrir aquellas sensaciones que seguro, antes ya habías imaginado.

Habría logrado deshacerme de tu playera para que mis manos recorrieran pausadamente tu dorso desnudo, tu espalda, para que besara tus hombros y recorriera con la punta de mi lengua tus brazos. Habría regresado a tus labios a continuar aquel beso, ese beso con sabor a deseo, ese beso que ponía a prueba el amor. En ese beso nos hubiéramos olvidado del mundo, de aquél que nos aguardaba afuera, aquel que me daba únicamente como opción para una noche, para ese momento.

Habría conquistado tu piel con mis besos, habría dejado que mis labios te convencieran que era más que una chica para una noche, haría dibujado sobre tu piel con mi lengua trazos que requirieran dosis complementarias para aliviar la necesidad de mis labios. Habría dejado que tus manos recorrieran cada centímetro de mi piel, del cuerpo de entonces que tanta curiosidad te provocaba…

Habríamos hecho de aquella noche un derroche de placer, de ese placer que sólo se logra con una plática inteligente, con un hombre que sabe de poesía, de música, de mundo. Ese placer desbordado que se consigue con las caricias correctas, con los besos pausados y con un sexo delicioso… habríamos hecho el amor poniendo a prueba aquello que nos impedía estar juntos fuera de ese lugar, y quizá, la historia habría sido diferente.

Pero… sólo me negué a tu propuesta. Los años han pasado, pese a ellos y a la distancia seguimos siendo amigos, sigues presente en mis días y algunas de mis noches, a veces escuchando mi llanto amargo provocado por la incertidumbre, el desamor, la desilusión; y otras ocasiones compartiendo aficiones y gustos por la poesía, el deporte y la vida. Pero, ¿te soy franca? a veces, cuando la nostalgia se hace presente, cuando imagino tus palabras en mi oído, cuando necesito un abrazo, me sigo preguntando… ¿Qué habría pasado? ¿Tú qué crees?

¿Qué tal si lo piensas mientras te imaginas recostado sobre mi pecho y te leo al oído este poema? Sé que a un hombre inteligente como tú, le gusta la literatura, le gusta la poesía… Te quiero…

Luna congelada – Mario Benedetti

Con esta soledad
alevosa
tranquila
con esta soledad
de sagradas goteras
de lejanos aullidos
de monstruos de silencio
de recuerdos al firme
de luna congelada
de noche para otros
de ojos bien abiertos

con esta soledad
inservible
vacía

se puede algunas veces
entender
el amor.

 

Inventando un hombre

 Hemos hecho el amor como si nos amáramos, hemos disfrutado del placer que emanaba de nuestros cuerpos, y en más de una ocasión mi mente inventaba un hombre, un hombre fuerte, no sólo en su físico, no sólo un hombre de pectorales confortables dónde recostarme, de brazos fuertes dónde sentirme protegida. Inventaba un hombre capaz de entender lo que me pasaba, capaz de entender que la cama era sólo un refugio para huir de todo lo que mi mente y mi corazón gritaban.

Mi cuerpo disfrutaba imaginando el recuerdo de aquellos hombres del pasado, evocando de cada uno sus mejores talentos, sus cualidades en el amor y el sexo, así, te he inventado varias noches sobre la cama, haciendo de ti un hombre casi perfecto que con suma facilidad me hacía disfrutar, que con la experiencia acumulada en mi memoria lograba que cada caricia, cada beso y cada sensación fuera precisa.

Debía inventarte, era necesario… porque una mujer como yo no podría permitirse estar con tan poco, una mujer como yo merece un buen hombre, bueno en todo. Y sí, lo sostengo, no soy una mujer fácil, no soy una mujer que busque el sexo de ocasión como entretenimiento, pero ahora más que nunca he querido sentir a un HOMBRE a mi lado, un hombre que entienda lo que me pasa, que escuche mi conversación, que me reconforte en la convivencia, que dé paz después de hacer el amor y para ello, he tenido que inventarte.

Soy una mujer fuerte, inteligente, valiente, atrevida, intensa y temiblemente apasionada, entonces, cuando mi mundo, mis historias se vuelven caóticas un huracán que me arrastra y aquellos adjetivos mutan, se convierten en sus opuestos, mi fuerza se convierte en mi debilidad, mi inteligencia no alcanza para descifrar la confusión, mi valentía no es suficiente afrontar el momento, mi arrojo se convierte en miedo, mi intensidad se confunde en el reto a vencer y mi pasión me hace víctima de mis emociones.

Por eso, necesito un hombre, un hombre que dé certezas, que tenga respuestas, que cobije mis dudas y las convierta en aciertos. Un hombre que en la cama culmine el placer de su charla inteligente, un hombre que seque en mi frente el sudor al hacer el amor, lo mismo que mis lágrimas en mis mejillas en una tarde de caos. Un hombre que no pida, que dé. Un hombre que ofrezca en una caricia el amor como fuerza en medio de la lucha, que ofrezca en un beso la esperanza en un sueño alcanzable.

Te invento, una y otra vez te he inventado esperando que tus besos me despierten y me hagan reconocer sólo el sabor de tus labios, que me hagan sentir que tus brazos me cubren y tu cuerpo me protege, pero… pero regreso al vicio de inventarte porque no encuentro lo que necesito!

Un buen amante

unbuenamante2

Los días de momento parecen interminables, parece que a cada minuto que transcurre se le suma un pesar, una duda, un problema… entonces llega el fin de semana y cualquier pretexto es válido para escaparse de la realidad, para anhelar la privacidad de un lugar un par de tequilas que relajen el cuerpo, que apaguen la mente, que construyan una fantasía.

Así fue, el mundo colapsado dentro de mi mente y en mi corazón requería de un buen amante para esa noche, de un buen amante con habilidades comprobables, con experiencia suficiente, con una serie de requisitos tácitos. Debía ser una gran noche, una noche que, con las habilidades extraordinarias de un buen amante, me hiciera olvidar todo, TO-DO!!

Yo, un atuendo cómodo, sencillo pero suficientemente provocativo, lencería negra, labios rojos, perfume en mi cuello, tersura en mi piel y vestimenta fácil de desaparecer con las manos mágicas de un buen amante. Llegamos a un lugar lejano de mi mundo, para mí era urgente que aquel hombre cumpliera la expectativa que yo llevaba en mente, que me hiciera confirmar que no me había equivocado al haberlo seleccionado como el adecuado para esa noche.

Me quité los zapatos, negros con correa al tobillo, tacón alto (he comentado antes que los zapatos altos me parecen seductores y me dan seguridad en la conquista),  le ayudé con los zapatos, me recosté sobre la cama sin pensar en otra cosa más que en el pliego petitorio que llevaba en mente, pensaba en que fuera capaz de leer mi mente y entender qué era lo que esa noche quería, qué era lo que esperaba.

Recostada boca abajo sobre la amplia cama, le pedí sin palabras que se recostara a mi lado. Se quitó los zapatos y la camisa, la colgó en un gancho y fue a mi lado. Mi cuerpo temblaba, mi mente agolpaba dentro de mi cabeza mil y un pensamientos que anhelaban que aquel hombre pudieran leer. Ahí recostados tomó mi cabello, jugó con él por segundos, acarició mi nuca y mi cuello, recorrió mi espalda y mis hombros, bajó su mano muy lentamente sobre mi cuerpo.

En poco tiempo la ropa desapareció, la habilidad sutil de desvestir mi cuerpo le permitió recorrer con sus manos mi piel, poco a poco sus labios me devoraban iniciando en mi boca, luego, con sus labios y sus manos se apropió de mi cuerpo con la ansiedad que enciende el deseo, que se adueña de la escena.

Así, en pocos minutos el instinto y la experiencia hicieron que el placer del sexo se apodera de la cama, que nuestros cuerpos se perdieran entre caricias, besos y sensaciones compartidas, la sincronía del placer compartido, del instinto perfectamente guiado por el deseo, consumía la noche.

Hicimos el amor, casi con precisión, casi con sabor a amor, hicimos el amor… pero el buen amante que esperaba no estaba ahí. No estaba porque en medio del placer físico no podía liberar todo aquello que pasaba por mi cabeza.

Entonces, aún recostada sobre la cama, desnuda entre las sábanas, contuve las lágrimas que evidenciarían que lo que yo buscaba esa no era solo un buen amante para el sexo de esa noche, lo que necesitaba era un buen amor capaz de entenderme, capaz de no solo desnudar mi cuerpo, sino de poder cobijar mi alma, un buen amor que no se preocupara por procurar el placer instantáneo sino por dar un poco de paz a mis pensamientos, a mi vida.

Entonces, aunque intente huir refugiándome en el sexo de una noche, con un buen amante de experiencia probada, será imposible, necesito un buen amor que antes que preocuparse por hacer placentero el sexo, se ocupe de ser un buen Hombre, un buen hombre seguro será buen amante, un buen amante no siempre es un buen hombre…