Una tentación difícil de vencer

Habíamos anhelado tanto que sucediera, que sucedió tal cual lo imaginamos, quizá mejor. Pasaste por mí a casa, yo iba vestida muy fresca, aunque era casi noche, se sentía mucho calor. Hicimos una escala para comprar algo de beber y nos dirigimos al lugar que tú elegiste como la mejor opción.

Llegamos, bebimos un par de cervezas mientras conversábamos de nuestros días cotidianos, de aquellas historias que se conversan recostados sobre la cama, vestidos y sin prisa, acariciabas mis hombros con delicadeza, me observabas como si te gustara, como si con nuestras miradas entabláramos una conversación alterna que compartía cuánto estábamos disfrutando el momento, ese tiempo en el que el mundo no existe, en el que un habitación es todo lo que necesitábamos para jugar al amor. Un playlist que yo seleccioné para la ocasión que hacía juego con el sonido del agua que llenaba el jacuzzi.

Rumiamos mi eterna teoría de qué significa para ti estar con una mujer como yo, reías de mis obstinadas conclusiones: un hombre como tú “necesita” en su currículum una mujer como yo, una mujer que pruebe que no hay reto que no consiga, que pruebe la hombría de un joven decidido a obtener cuanto capricho se cruza por su camino. Insististe, un poco por cortesía, en demeritar mis conclusiones, me dijiste cuán interesante te parezco, cuan seductores te parecen los lunares en mis hombros y las pecas en mi pecho.

A la par de nuestra conversación tus manos recorrían con una deliciosa sutileza mi cuerpo, sentía cómo bajaban por mi espalda y se adueñaban de mis caderas, cómo tus labios de repente se acercaban a mi boca para silenciarme con un beso y luego retomar la conversación. Era delicioso sentirte pero era tan agradable nuestra charla que tus caricias no distraían mi concentración para seguir argumentando mi teoría sobre tu triunfo sobre mí y tus evidencias de hombría al conquistar cada centímetro de mi piel.

Pronto la ropa se esfumó, en medio de esa álgida conversación, tiempo suficiente para que el agua tibia del jacuzzi estuviera lista para nosotros. Nos dirigimos a ella y ahí comenzaste un delicioso masaje en mi cabeza, jugando con mi cabello, acariciando mi nuca, bajando hacia mis hombros y haciéndome disfrutar de una manera única. De momentos ese masaje cambiaba el rumbo y tus manos recorrían con tal sutileza mi pecho que a ojos cerrados no era difícil imaginarte, imaginar cómo tu mirada me devoraba con deseo, cómo tu cuerpo atendía las sensaciones que tus manos descubrían.

El agua tibia combinaba las emociones, esa excitación contenida que nos tenía al borde de la locura, con una sensación de relajación que nos invitaba a disfrutarnos más y más antes de embriagarnos de placer. Al fondo mi play list de jazz seguía acompañando la escena. Nuestros cuerpos frente a frente se encontraban en un beso que intentaba silenciar en mis pensamientos las teorías debatidas antes en la cama, que me hacía perderme entre tus brazos, que me dejaba sentirme abrazada por tus piernas. Un beso que te explicaba que soy más que una mujer seductora capaz de enloquecerte con las palabras que escribo, que soy más que una tentación difícil de vencer.

Tus manos cada vez más ansiosas recorrían mi cuerpo, lentamente, apropiándose de cada sensación que despertaban, haciendo a mi mente enloquecer y haciendo a mi cuerpo arder. Mis labios en respuesta besaban tu cuello, mordían tu oreja y te decían al oído cuánto estaba disfrutando ese momento. El lugar se había impregnado de sensaciones, de pensamientos que nos hacían pertenecernos en cada caricia y en cada beso.

Unidos en un beso salimos del jacuzzi, nuestros cuerpos escurriendo se recostaron sobre la cama. Bebías las gotas de agua que aún estaban sobre mi piel, tu lengua sedienta tomaba esas gotas para hacerme arder en deseo por sentirte, por consumirnos en ese placer que otras veces nuestras miradas habían conversado, que nuestros encuentros casuales habían imaginado, que tu lista de pendientes tenía aún sin cumplir.

Hicimos el amor en una escena inolvidable, como jamás lo habríamos imaginado… y aún hay pendientes. Y lo sé, seguiré siendo una tentación difícil de vencer, la tentación que debes vencer cuando en tu vida de retos, necesitas poner a prueba tu hombría con una mujer como yo…

Anuncios

Un pensamiento recurrente

Eres ese pensamiento recurrente que de momentos se convierte en una sonrisa, de momentos es un suspiro, que es un recuerdo que se instala en el alma y evoca ese instante en el que consumidos en placer nuestros labios pronunciaron nuestros nombres…

Te pienso en todo momento, en medio de lo cotidiano que busca con quién compartir las trivialidades; en medio de las dificultades que buscan unos brazos tibios dónde acurrucarse. Te pienso compartiéndote las incidencias de mi día mirando las estrellas, buscando a aquella luna cómplice de nuestros sueños.

¿Cómo olvidarlo? Llegué por ti, te sorprendí, lo sé… La manera en la que me observaste delató lo sorpresivo y excitante que fue verme dentro de tu mundo. Lo sé, me veía bien, me arreglé para ti, nada exuberante, solo un pantalón negro ajustado, que denotara mis muslos fuertes que siempre te encantaron, una blusa ligera con un escote sencillo, dejando el resto de las prendas a tu imaginación…

Nuestras miradas se dijeron todo, tomados de la mano nuestros cuerpos se aproximaron lo suficiente para que nuestros labios apenas pronunciaran nuestros nombres antes de besarnos, en ese beso pausado que habíamos imaginado, que habíamos deseado, que habíamos saboreado tantas veces antes. Me tomaste por la cintura y me abrazaste contra ti, y justo era esa sensación que añoraba, que deseaba tanto: estar ahí, entre tus brazos, sin mundo, sin tiempo, solo atendiendo nuestros pensamientos, evocando recuerdos y viviendo el momento.

Caminamos más de un par de horas, platicando de todo y de nada, de todo lo que en nuestros días nos dábamos tiempo para compartir a la distancia y de nada importante que distrajera la deliciosa sensación de recorrer ese lugar tomados de la mano. Sonreíamos como adolescentes, disfrutábamos el tiempo como ancianos, nos mirábamos con el deseo que solo los amantes sienten, conversábamos como amigos y, sobre todo, nos amábamos en cada paso, en cada sonrisa, en cada palabra.

Llegamos al lugar en el que habríamos de pasar la noche, abrimos la primera botella de vino tinto y brindamos por la ocasión, por la sorpresa del destino de habernos permitido huir del mundo, detener el tiempo y vivir nuestra historia. La conversación era inagotable, saltábamos de la poesía a la política; de los deportes a nuestras vidas laborales; del pasado al futuro, haciendo el presente perfecto aderezado con besos y caricias.

En un beso dulce que inició en mi oreja y avanzó por mi cuello para luego llegar a mis labios, comenzamos a desnudarnos, en pocos minutos la ropa no era impedimento para que nuestros cuerpos se reconocieran. El calor era extenuante y tomamos un baño tibio, y mientras el agua corría desde mi cabeza por todo mi cuerpo, tú jugabas a devorar las pecas y lunares que te encontrabas en mi pecho y mi espalda…

Salimos de la regadera, bebimos otra copa de vino, brindamos y desnudos disfrutábamos la plenitud de pertenecernos. Alternamos un sorbo de vino con un beso, otro trago con húmedas caricias que tu lengua hacían sobre mi piel, otro más con suaves mordidas que saboreaban mis hombros.

Nuestros cuerpos se pertenecían en cada caricia, en cada sensación que provocaban, en el deseo inagotable por disfrutar el amor, ese que se entrega en el sexo, ese que es efímero y eterno en el instante del placer, ese que recorre cada célula, que hace arder cada centímetro de la piel, que hace estallar el corazón y pronunciar tu nombre con la respiración entre cortada.

Hicimos el amor una y otra vez, consumimos un par de botellas de vino, paladeamos el sabor del vino y el sabor de nuestra piel. Disfrutamos de una conversación infinita, reímos del pasado e inventamos un futuro. Nos vestimos y desvestimos. Nos desnudamos el cuerpo y el alma. Escuchamos música y el latir de nuestros corazones mientras recuperábamos el aliento después de hacer el amor. Dormimos por momentos y soñamos toda la noche…

Así fue. Así será. Así sería…

Una locura

Si no pareciera una locura, diría que estoy enamorada, si no fuera un riesgo innecesario me atrevería a enamorarme, si no fuera porque es imposible, correría hasta tus brazos, te besaría y luego te preguntaría qué está pensando, qué está sucediendo en mi mundo que todo parece estar en caos y el único refugio que me parece confortable es pensar en ti e imaginar que me piensas.

No, definitivamente no. Una mujer como yo no puede enamorarse, no puede darse ese lujo, no, no puedo. No puedo porque eso pondría en riesgo el equilibrio (milimétrico) que hay en mi vida, porque eso me haría sonreír sin motivo solo con pensarte y, casi por regla general, esas sonrisas sin sentido terminan mutando a lágrimas con sentido.

No, no puedo estar enamorada, no aunque tu recuerdo sea mi último pensamiento cada noche antes de conciliar el sueño, no aunque tu recuerdo sea el pensamiento recurrente que invoco desde mis sueños, no aunque el recuerdo de tu voz sea la sinrazón de mi sonrisa y el brillo de mis ojos, no aunque en lo cotidiano busque cualquier pretexto que me acerque a ti, no aunque mire el teléfono constantemente con ansiedad por encontrar una señal tuya.

No, sería ilógico, innecesario, imprudente, arriesgado, sería una locura… pero, ¿Cuándo el amor pide permiso? ¿Cuándo el amor no es un riesgo? ¿Cuándo el amor es prudente y cauteloso? ¿Cuándo enamorarse no es una locura? ¿Cuándo…?

Te pienso e imagino conversamos de las trivialidades del día, de esas que a veces me dan ganas de huir, evadir o ignorar perdiéndome entre tus brazos. Te pienso e imagino que abrazados recorremos apenas con las yemas de los dedos nuestros cuerpos, dibujando una historia, trazando caricias que describen lo delicioso que es estar entre tus brazos.

Te pienso y le pido al tiempo que avance, que corra, que acabe con los pendientes del día y de la vida para encontrarnos y, que cuando nos encontremos, el tiempo avance sin prisa, que se detenga en el momento en que tus labios pronuncian mi nombre, en ese instante en que escucho tu voz diciendo: “Querida Azul…”, en el momento en que mis labios toquen los tuyos y en un beso te respondan.

Me encanta tu voz en mi oído, mi mundo en tus pensamientos y el tuyo en mi mente. Disfruto el recuerdo compartido y la esperanza que alimenta esta historia, la espontaneidad que de momentos me sorprende y que ante el mundo me delata con una sonrisa difícil de ocultar que emerge del corazón.

¿En qué momento…? ¿En qué momento mi vida encontró tiempo para complicarse con un recuerdo tan vivo que ronda en mi mente durante todo el día? ¿En qué momento la distancia se volvió efímera para sentirnos tan cerca y el tiempo tan relativo para sentir que somos los mismos de entonces, con algunos pendientes, con algunas experiencias, con muchas historias y con un beso en el tintero?

Anhelo el momento en que al vernos las palabras enmudezcan, los besos hablen, las caricias acompañen el lenguaje nuestros cuerpos ardientes en deseo que terminan consumiéndose en placer.

Pero no, no estoy enamorada, una mujer como yo no puede permitírselo, una mujer inteligente y madura como yo no puede caer en esas tentaciones, no puede rendirse ante tu voz que acelera el latir de mi corazón, ante las palabras que hacen eco en cada parte de mí, ante la añoranza de un pasado inmediato y un futuro incierto. No, no puedo rendirme ante el acelerado latir del corazón y lo absurdo y desencadenado de mis pensamientos.

No, no puede ser así… Esto es solo una locura.

Un milagro…

Hay días en los que las fuerzas se acaban, aquellas ilusiones que alimentaban el alma se extinguen, se convierten en buenos recuerdos y sobre ellos se cimienta la esperanza más profunda, la esperanza más humilde de anhelar un milagro.
Mi vida ha estado rodeada de grandes mujeres, a ellas debo mi aguerrido espíritu de lucha, de ellas he aprendido una y otra vez que la vida sigue, que los tropiezos son para hacer una pausa y seguir caminando con más fuerza, con más templanza y con más sabiduría.

Una mujer ha sido desde mi infancia un símbolo de admiración, una mujer que siempre ha sabido acariciar mi corazón en los momentos difíciles para brindar un poco de paz, siempre ha tenido palabras cariñosas y cálidas caricias para dar fortaleza en los momentos de adversidad.

De ella, mi inspiración para ser grande; de ella, mis primeros intentos de maquillarme jugando a ser grande y hermosa; de ella, la elegancia que me hacía imaginarme adulta vistiendo trajes sastre para ir a trabajar; de ella, ese apapacho cuando sabía que en casa podía haber problemas.

De ella, siempre la sonrisa, siempre la prudencia, siempre las esperanzas de que los malos momentos pasarían. Ella siempre el refugio de todos, el refugio que sabía secar con un beso en la mejilla las lágrimas de tristeza y de impotencia. Ella, siempre el equilibrio de todo.

En mi corazón tengo tatuadas palabras que han sido bálsamo de paz y amor en muchos momentos: ¡Soy su consentida! En más de una ocasión me lo ha dicho, y aunque no lo hubiera hecho, aún así lo sabría, mi alma lo siente, sus abrazos lo trasmiten y creo fue así como esa frase se tatuó en mi alma: en un abrazo de ésos en los que, por minutos y sin palabras, nos decíamos cuánto nos amábamos.

Intento no cuestionar a la vida, intento no cuestionar al destino, intento aceptar el plan divino que sé Dios tiene. Intento, sólo intento… Sé que la lucha ha sido aguerrida, sé que la pelea ha sido con todo y contra todo, sé que cada día es una batalla ganada, que cada noche es una esperanza encendida, sé que los pensamientos y las oraciones que nos unen a la distancia alimentan la fe en un milagro, que la fuerza que aún queda proviene del amor auténtico, del amor desinteresado que todos le profesamos.

Podría enumerar decenas y decenas de historias, de aquéllas que hoy provocan esta dualidad en el alma: un gran dolor que pide a gritos un milagro y una gran alegría de haber recibido tanto amor por parte de ella. Ella… su fuerza, su belleza, su inteligencia… Una mujer dispuesta a desafiar a la sociedad: ¿Que sólo los hombres estudian? ¿Quién dijo? Ella estudió, trabajó y construyó su patrimonio. ¿Que una familia se acaba cuando el hombre se va? ¿Quién dijo? Ella formó una familia de hombres y mujeres de bien.

Y cuánto duele, cuánto duele cuando una realidad catastrófica amenaza, cuando una enfermedad que sólo puede vencer al cuerpo, atenta contra el alma. Cuánto duele cuando la realidad humana se ve rebasada y parece agotar todas sus posibilidades. Cuánto duele cuando quieres detener el tiempo, volver el tiempo atrás, cuando quieres que el tiempo no avance… Cuando en cada pensamiento suplicas que un milagro suceda…

Hoy, con el caudal de lágrimas que acompañan la lluvia de esta tarde, sé que cambiaría cada una de las palabras e historias escritas en este espacio, por un Momento Azul que describiera el milagro que le haya hecho recobrar la salud y la fuerza. Hoy, desearía poder cifrar en palabras todos sus abrazos, sus besos y cariñitos (como ella les llama)  y con esas palabras dar fuerza para su cuerpo y su alma…

Hoy suplico a todas las fuerzas del mundo, de todos los mundos, de la realidad y de la fantasía un milagro que dé la esperanza de un nuevo amanecer. Que dé esperanza de una vida digna y que dé a su cuerpo y su mente la dicha de saberse amada, de saberse admirada, de saber que, al menos yo, siempre vi en ella un ejemplo de grandeza y fuerza.

Hoy, suplico para que toda la energía positiva,  de aquellas risas y carcajadas compartidas, para que toda la luz de sus detalles en cada cumpleaños y evento especial, para que toda la fuerza que ella nos ha dado en tantos momentos, todo, toda esa luz y energía positiva se conviertan en el milagro de vida…

El amor lo puede todo, te amo tía…

El amor contra el miedo

Así, cuando creo que lo más difícil ha pasado, un nuevo remolino llega, se convierte en tornado y me arrastra sin darme oportunidad de respirar, de saber hacia dónde me está llevando y de medir si aún me queda fuerza para salir de él.

En medio de esos pensamientos, sesgados por el miedo, en medio de esa sensación de incertidumbre, de zozobra, un par de tequilas intentan anestesiar todo lo que duele, todo lo que rebota en mi cabeza, mi corazón y mis vísceras sin saber en qué lugar debo guardarlo o cómo deshacerme de ello.

Dos tequilas, unos brazos conocidos, unas manos que conocen a la perfección el recorrido que enciende el deseo en cada centímetro de mi piel, unos labios en los que en un beso callan mis palabras y en otro dicen aquello que necesito escuchar para recobrar un poco de paz.

Así fue nuestra noche, así,  bailamos, como en aquella época en la que la edad y la condición física eran aliados para retar una larga noche de salsa. Así, bebimos unas cervezas acompañando una intensa conversación en la que yo no buscaba consejo, sólo oídos, sólo alguien con quien desahogar todo lo que pasaba y que debía guardar en secreto, por eso sólo lo podía hablar contigo, contigo con quien una y otra vez he desnudado mi cuerpo y mi corazón.

Así, llegamos a los tequilas, necesarios, porque las lágrimas de frustración por la historia que te compartía necesitaban ahogarse en alcohol, porque la miedo que paralizaba mis pensamientos y se sentía acumulado en mi espalda con un dolor intenso que exigía dejar de pensar.

Ese primer tequila “derecho” para que literal y metafóricamente llegara al hígado y adormeciera todos los sentimientos que desde ahí emergían. El segundo tequila, compartido, de mis labios a los tuyos, como parte de ese juego que siempre nos ha hecho cómplices, que nos hace amantes, amigos, confidentes, como esa explícita invitación a huir del mundo y refugiarnos en la cama para dejar que nuestros cuerpos guíen la huida de la realidad y disfruten del placer de una noche.

Así, continuaron los tequilas, la música de antaño que nos recordaba nuestras intensas noches de baile y por supuesto que aquella cama nos aguardaba, como tantas otras noches en las que llegábamos guiados por el deseo, por la pasión, pero hoy, por la soledad, por el miedo y por la necesidad de encontrar un poco de paz en un refugio conocido, para huir de la tristeza y convertirla en una noche de placer.

En esa habitación la ropa desapareció rápidamente, la cama nos recibió entendiendo que no era sólo un juego de amantes, aceptando que esa noche no era el reto del placer al momento. Más bien, necesitábamos una cama que nos diera cobijo para seguir hablando, para que entre besos y caricias el placer llegara, la pasión se encendiera por instantes pareciera que el mundo se detenía y en una sensación donde renacía la esperanza.

Así, en esa cama de momentos secabas el sudor de mi frente que describía cuan exhausto estaba mi cuerpo luego de disfrutar el amor, y que de momentos secabas mis lágrimas producto de seguir rumiando aquella historia que desde mi cabeza desordena toda mi vida.

Esta vez el amor era necesario y debía ser infalible, hoy, desnuda en cuerpo y alma, sobre esa cama estaba una de las versiones más vulnerables de mí que hayas visto en tu vida, esa que quisiera gritar que todo está mal y pedir ayuda para intentar salir de este dolor y que al mismo tiempo debe sonreír al mundo y creer que todo estará bajo control.

Esta vez hicimos el amor como antídoto para el miedo, como tratamiento paliativo que por instantes dé esperanza y alivio, hicimos el amor como otras noches, pero hoy sabiendo cuánto necesitaba el cobijo de tus brazos para contener el mundo desordenado que se desborda dentro de mí y que sale como incontenibles lágrimas.

Hicimos el amor con la perfección que nos ha dado la experiencia, hicimos el amor para encontrarnos entre los recuerdos y perdernos del mundo. Hicimos el amor y reconocimos en cada sensación que el amor es la única salvación cuando la oscuridad pone en tinieblas al mundo, a mi mundo.
Te quiero…

 

 

Lo que se fue

El 2016 fue sin duda un año difícil, un año que inició con la esperanza de una historia de amor que se convirtió poco a poco en una cruel aventura de realidad en la que “reinventar la manera de amar” ofreciendo sexo por amor no fue suficiente para que el amor fructificara… fue un año en el que mi mundo de cimbró casi de la misma manera que hace casi 10 años, cuando la perfección de la esfera en la que vivía se quebró y cayó desmoronándose por completo.
La historia de desamor de este 2016 me acercó a una realidad muy triste, la vulnerabilidad que durante semanas viví me enfrentó a un pasado vivo, un pasado que no he superado –y no sé si superaré algún día-. Me arrastró a una soledad profunda donde todo el mundo me parecía lejano, donde mi gente estaba lejos de estar conmigo.

Este año, ser Azul me convirtió en un personaje al alcance de todos aquellos que a través de la lectura de mis relatos podían hacerme suya desde de la fantasía. A través de los relatos reinventé una realidad vacía, una realidad que necesitaba de la fantasía para sobrevivir. Ser Azul me hizo vulnerable ante los ojos de varios “hombres” que suponían que mis relatos eran un menú a la carta que ellos podían seleccionar para tener su propia historia conmigo.

A través de este blog quise reescribir la realidad, quise hacer de la fantasía la única opción para no ahogarme en realidad, en vacío y en soledad. Cada Momento Azul representó un grito desesperado por encontrar sentido en medio del sinsentido cotidiano. Quise hacer de cada relato un reto para mis lectores en general, sin destinatario ni remitente. Quise retar desde la aventura de ser Azul, a que alguien estuviera dispuesto a descubrir quién soy, quién realmente soy, quién escribe su realidad desde la fantasía.

Ser Azul deja muchas experiencias, buenas y malas, así como la vida misma. Buenas: pude equilibrar un poco mi vida, escribir siempre ha sido algo que disfruto, y hacerlo desde este espacio permitió que cada Momento Azul sopesara la cotidianeidad tan vacía. También fue bueno cada uno de los comentarios positivos que recibí; el tiempo que mi gente dedicó para leerme y comentar. Fue bueno imaginarme esa mujer, esa Azul capaz de provocar sensaciones, esa Azul segura de sí misma, segura de su sensualidad, de su pasión, de su mundo.

Malo: unos cuantos “hombres” que –por sus limitaciones intelectuales – me confundieron con una mujer fácil dispuesta a satisfacer al mejor postor, aquellos “hombres” básicos que quisieron poner a prueba su hombría retando mi fantasía, pero siendo incapaces de entender mi realidad. Y no hablo de esos hombres interesantes, que aceptando el reto de la fantasía me imaginaron suya, siempre desde el límite del personaje, desde la propuesta literaria de este espacio, a ellos les agradezco sus halagos.

Quisiera creer que el año que terminó dejó aprendizaje, que el dolor y vacío que aún de momentos se siente se llenará muy pronto de lecciones aprendidas que no permitirán que me vuelva a equivocar. Quisiera creer que la aventura de ser Azul me hará más libre y no rehén del pasado y de esos “hombres” que sólo me asocian con una mujer fácil para sexo de ocasión.

El año que se fue, descubrió un mundo de fantasía, un mundo que desde la escritura me permitió ser Azul, y como Azul ser más yo, más natural y más libre. Esa mujer que se seca las lágrimas para inventar una fantasía seguirá escribiendo, reescribiendo la realidad a través de un Momento Azul… ¿me acompañas?

 

La pluma de mis historias

pluma

El otro día luego de haber leído el relato de la noche, un muy buen amigo me dijo: “Regálame una pluma con la que hayas escrito alguna de tus historias…” y fue una frase que hizo tanto eco en mi cabeza. ¿La pluma? Me hizo evocar aquellos cuadernos en los que en mis clases de universitaria intentaba atrapar los Momentos Azules de aquel entonces.

Hace ya varios otoños, cuando en la universidad conocí al amor de mi vida escribía y escribía para él, como todo universitario, había clases en la que era más entretenido pensar en el amor que escuchar lo que decía el profesor y más, cuando por la ventana del salón se veían inspiradores paisajes otoñales de pasto cubierto de hojas secas, de árboles secos y hojas bailando al ritmo del viento.

Los años pasaron, como toda historia de amor terminó, terminó en el terreno de la realidad pero con la promesa de que un día en la eternidad continuará… Hoy los amores apenas llegan a amoríos, a fantasías, a ilusiones para sentirme viva… pero la pluma y las hojas siguen siendo el medio para ser, para existir.

Siempre la escritura ha sido una pasión, una manera de traducir mi mundo, de descifrarlo con la ilusión de que las palabras escritas tengan más sentido que todos los pensamientos y sentimientos que revolotean en mí.

La pluma de mis historias es ese pensamiento arrebatado que desatina en la paz momentánea de mi vida y se traduce en una frase simple escrita en mi block de notas en el celular, para después ubicarla en una escena que dé lugar a un relato. La pluma de mis historias es la caricia casual que al roce casi accidental evoca un sinfín de sensaciones, jugando a que aún a mi edad se vale creer en el amor. La pluma de mis historias son las palabras que en conversaciones simples con mi gente dan sentido a los sinsentidos que en mi vida me mantienen al filo de las esperanzas y del dolor.

Hoy el sentido de este espacio es atrapar en palabras un Momento Azul efímero, imaginario o real, pero efímero, inmediato, que de no ser por porque hay un recurso escrito para cifrarlo, pasaría. Por eso hoy, el amor de hoy, la ilusión en el amor de hoy, requiere de este espacio… y entonces, la pluma de mis historias es cada una de las lágrimas que al escribir buscan ahogar una realidad que duele y dar vida a una realidad fantasiosa que a través de la imaginación aminore el dolor… son las lágrimas que entre la escritura nublan la visión de la misma manera que un beso robado a la realidad nubla mi juicio.

Esa pluma también está en las yemas de mis dedos, en esa caricia en sus labios cuando en un reto a la cordura le acaricio queriendo despertar a través de la tibieza de mis manos una fantasía que le lleve a devorarme a besos; está en la yema de mis dedos cuando entre sus cabellos busco escudriñar en historias del pasado que guarda su cabeza para hacer un espacio para la mía; está en mis dedos cuando intentando hacer el amor con él, quiero trazar sobre su dorso el lenguaje que dicte mi pasión para sentirme suya por un instante.

También, la pluma de mis historias es la humedad de mi lengua, cuando guiada por el deseo, explico en su oreja sin palabras que quisiera perderme entre sus brazos, que quisiera sentir sus labios recorriendo mi piel. Esa pluma también es la punta de la lengua que en una tarde cotidiana cerrando los ojos al mundo, juega con sus manos, lamiendo uno a uno sus dedos, recorriendo el dorso de su mano y mordisqueando las yemas de sus dedos queriendo que esa sensación recorra su cuerpo y evoque recuerdos conmigo.

Por supuesto que la pluma de mis historias, también está en mis labios, cuando en un ataque de ansiedad buscan saciar la sed de amor en su boca, cuando con más instinto que con técnica buscan su placer a través de las sensaciones que despiertan. Esa pluma escribe desde mis labios, con palabras, con besos, con caricias que inician en su cuello. Esa pluma, que al menos con él, parece ser de tinta invisible…

Sí, porque por más que esa pluma entendida como lágrimas, caricias, besos, etc. quiere comunicarle por escrito lo que pasa en mi vida, esa pluma sólo puede darle forma a historias imaginarias, a historias de fantasía en las que saberse el protagonista le resulta indiferente, donde saber de lágrimas o caricias le resulta lo mismo.

Por eso, la pluma de mis historias está sin duda la imaginación, esa imaginación que me hace convertir una tarde pactada de común acuerdo para dar rienda al deseo en una tarde de sexo complaciente cercano a la sensación de hacer el amor. Es la imaginación que me permite reescribir la realidad que duele como una fantasía que parezca medianamente divertida. La pluma de mis historias me deja escribir historias disfrazadas de lujuria para evadir el dolor del desamor.