El premio del amor

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Hacer el amor contigo siempre tuvo una connotación de premio, de un momento esperado, deseado intensamente… ¡Qué rico era! ¿Te acuerdas? Preparar la ocasión era un gran evento, tus tiempos y los míos, el mundo, el tuyo, el mío… cuando todas las variables coincidían y podíamos programar un día nuestro, comenzaba muy temprano, muuuuuy temprano, lo recuerdo claramente!!!

Nos veíamos por la mañana, nos íbamos a hacer ejercicio, regularmente a correr… Hace unas semanas, una casualidad me llevó a un lugar cercano de donde corríamos, donde se aparecía aquella pequeña ave roja, no sé con precisión si era un cardenal o alguna otra especie, pero sé que era cómplice nuestro, de nuestros besos, de nuestras caricias, de nuestras conversaciones, de nuestras risas y por supuesto, de mi cansancio!

Cuando vi la señalización indicaba que, sin querer, estaba ahí, en ese lugar que en algún momento fue nuestro, una sonrisa inconsciente liberó un sinfín de pensamientos, desde la conversación del largo camino, el beso de motivación antes de bajarnos del auto como aliciente para nuestra carrera, recordé las decenas de lagartijas que, convertidas desde mi fobia en dinosaurios, parecían atacarme…

Recordé cómo fuera del auto, nos quitábamos la ropa que sabíamos sobraría en el camino, quedábamos únicamente en shorts y camiseta… ¡qué recuerdos! Mi cuerpo entonces era atlético, me sentía orgullosa de mis piernas, jamás tuve un cuerpo estructural, pero el ejercicio y tu amor me hacían sentir atractiva. Así en shorts nos besábamos recargados en el auto, aquel beso era tan energético, lo sé porque hoy no alcanzo a entender cómo le hacía para correr 10 km, seguro era aquel beso.

Iniciaba nuestra carrera con una caminata apresurada, aún rumiando los temas del camino, los dramas con mi entonces jefe, las aventuras post-universitarias con mis amigas y por supuesto, lecciones simultáneas sobre el deporte que nos unía. Contigo podía hablar de cualquier cosa, discutir algún poema de Benedetti o platicarte mis sueños de periodista emergente.

Una brisa fresca de una mañana entre la vegetación, nuestro testigo con alas persiguiéndonos, aquellos maléficos reptiles observándome, dándome pretextos para abrazarme a ti como quien teme ser devorada por el peor monstruo de sus pesadillas, el temblar de mis piernas que ponía a prueba mi fuerza trabajada en el gimnasio, el aire que entre el ejercicio y la charla se agotaba en mis pulmones…

Una pausa, recostados sobre el pasto, con mi cabeza sobre tu brazo, jugando con mi mano sobre tu playera que se adhería a tu piel por el sudor, el recorrido de tu mano desde mi cabello, mi nuca, mi espalda, mi cadera… Eran minutos de silencio, sin palabras, dejando que los cuerpos se comunicaran entre caricias, miradas y besos. Tu exigencia atlética no daba tiempo de mucho, así que a continuar con el recorrido con el incentivo de que al término, habríamos de ducharnos juntos para deshacernos del sudor…

Concluido nuestro recorrido, el destino era claro, fijado con antelación, así que luego de un trayecto corto, estacionábamos el auto, bajábamos las maletas de nuestra ropa y un beso apasionado era la contraseña de entrada a la habitación. En algún lugar quedaba la ropa, la sensación húmeda por el sudor en nuestras piernas que se rozaban, provocaba una excitación absoluta. La fuerza de tus manos tomando mis caderas contra ti era parte del pronóstico de una deliciosa mañana a tu lado.

Bajo la regadera, con agua tibia que contrastaba con el calor de nuestra piel, nos besábamos y acariciábamos jugando con la sensación de la humedad… yo detrás de ti, recorriendo tu espalda con mis manos, dibujaba una y otra vez trazos instintivos que describían lo delicioso que era sentirte. En algún movimiento sin pensarlo, quedaba frente a ti, buscando la manera de llegar a tus labios –mi estatura no es una de mis fortalezas – nuestros labios se encontraban y saboreando la textura, la forma, el sabor dulce de tus besos, disfrutábamos nuestro mundo.

Salíamos de la regadera y nos quitábamos el exceso de agua con la toalla, era muy excitante esa sensación húmeda de nuestros cuerpos exhaustos por el ejercicio físico –al menos el mío – recorrer tus brazos fuertes, tu dorso cálido con la certeza de que ése era el mejor lugar para estar, ahí en tu pecho, abrazada a ti…

Nos recostábamos sobre la cama, desnudos de cuerpo y alma, seguíamos platicando, qué rico era que no se nos acabara el tema de conversación, que habláramos de música, de libros, de sinsentidos, pero siempre en una conversación apasionada, donde tus palabras eran siempre sabias, siempre atinadas…

Luego, el roce de nuestras piernas desnudas bajo las sábanas, el juego sutil de las caricias de mis manos en tu espalda, el recorrido de tus labios devorando lentamente mi cuello demostrando que siempre sabían el camino preciso, exacto para disfrutar el  amor. La sensación ansiosa de dos cuerpos exhaustos por el ejercicio pero con energía de sobra para el amor.

El recorrido de tus manos sobre mi piel, de mis labios en tu pecho, dejando que los cuerpos se entendieran, que las pasiones se comunicaran, que el sexo fuera pleno en cada caricia, en cada sensación…

En todo momento nuestros cuerpos se entendían perfectamente, cada roce era parte del lenguaje que sólo el amor puede entender, que sólo los amantes pueden entender. En un juego instintivo, que a ojos cerrados, reconoce cada centímetro de la piel al hacer el amor.

El delicioso juego del sexo placentero como el premio del amor…

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2 comentarios en “El premio del amor

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