Detengamos el tiempo

Esa noche bebimos vino tinto mientras conversábamos, la elección del vino la habías hecho tú, pretendiendo demostrar tu vasta cultura en bebidas dignas de una noche como esa. Aquel primer beso en tus labios, avaló que tu decisión había sido correcta.

Ahí, en la habitación de aquel hotel bebimos la primera copa mientras conversábamos, de esas trivialidades de las que se hablan cuando por un lado se quiere apresurar el tiempo para llegar al momento de desnudar nuestros cuerpos, pero por otro lado se disfruta la posibilidad de conversar de “lo que sea” para desnudar el alma.
Qué rica consistencia del vino, el sabor era muy agradable, disfrutarlo en los labios y la lengua hacían más ardiente el deseo de querer besarte, de besar tu cuello y continuar la charla sobre la cama. Pero no fue así, seguimos platicando, ahí sentados en esa confortable sala. Sentí calor y me quité el delgado suéter que vestía, debajo de él, traía una camiseta negra, de tirantes delgados y textura sedosa, me quité el suéter y tú me quitaste la camiseta con la mirada –aunque aún la traía puesta-.

Ahí en aquel sillón, me acerqué lo suficiente a ti, comencé a acariciar tu cabello, nos besamos, en un dulce beso, en un beso de esos que tienen la combinación exacta entre de deseo y ternura. Sentí tus labios devorar los míos, sentía tu lengua comunicarse con la mía ¡qué delicia de beso! Preciso, delicioso, excitante… aquel beso terminó con una sutil caricia con la punta de mi lengua en la comisura de tu boca.

Bebimos más vino, yo  jugaba con mi lengua en el contorno de la copa, humedecía las yemas de mis dedos en mi lengua y los llevaba a tu boca. Recorría el contorno de mis labios con la punta de mi lengua invitándote a que probaras la combinación del vino y mi saliva. Tomé un sorbo más de vino y sin querer, unas gotas escurrieron de mi boca, lentamente bajaron por mi cuello hacia mi pecho y se perdieron dentro de la camiseta que cada vez dejaba menos a la imaginación, que cada vez parecía ser más transparente ante el arder de mi piel.

Dejamos las copas de vino a un lado y comenzaste a besar mi cuello a acariciar mi cabeza tomada con tus dos manos por la nuca, besabas delicioso, apenas apretándome suave con tus labios y luego acariciándome con tu lengua. La sutileza de tu trato era excitante, exquisita, era un tierno recorrido que encendía rápidamente el deseo. Bajaste con tus labios los tirantes de mi camiseta, te separaste un poco de mí para observarme, observar que mi sonrisa acreditaba las sensaciones que provocabas.

Ahí, recostada sobre el sillón de aquella habitación, acariciaste mis piernas descubiertas en su mayoría por la corta falda que vestía, quitaste mis tacones e instintivamente adivinaste el recorrido que haría que en pocos minutos nuestros cuerpos se entendieran, para que en pocos minutos, al sillón le faltara espacio y la cama en un instante nos llamara… Antes, nos dimos tiempo para una copa más, para compartir el mismo trago en nuestros labios, nos dimos tiempo para recuperar la conversación y atemperar el ambiente…

Tu camisa desapareció en un instante, te sentaste de nuevo en el sillón y yo me recosté sobre tus piernas, continuaste acariciando mi cabello, en un tierno recorrido seguiste por mi cuello y mis hombros, me observabas con deseo, con ternura y deseo. Sobre la camiseta vestida a medias, acariciaste mi pecho, mi abdomen y mi cadera. Era tan rico ese recorrido, en verdad era una atinada combinación: al mismo tiempo quería sentirme tuya al instante y también deseaba que continuaras acariciándome así toda la noche.

Cerré los ojos, en ese recorrido te deshiciste de mi camiseta y mi falda, te levantaste me dejaste recostada sobre el sillón y recorriste lentamente mi cuerpo semidesnudo, apenas rozándome con las yemas de tus dedos, de momentos besando mi piel, de momentos humedeciéndome con tu lengua… La manera en que me observabas detenía el tiempo, quería conservar así tu mirada, sintiéndome admirada, sintiéndome tuya en el recorrido de tu vista.

Extasiada en las sensaciones que provocabas me tenías inerte, perdida en mis pensamientos, ahí donde el tiempo se había detenido para disfrutar cada sensación… me tomaste en tus brazos y me llevaste a la cama, al instante tu ropa quedó en el piso mientras mi cuerpo ávido de sentirte te esperaba, mientras el deseo de ser tuya y sentirte mío se desbordaba…

Fue una sensación sublime, así, con la misma ternura que me acariciabas, con esa misma ternura y delicadeza hicimos el amor. Así, justo con la calma que exige el deseo, con la pausa que obliga el placer compartido, con la excelencia de aquel que verdaderamente sabe hacer el amor. Detuvimos el tiempo en esa sensación, detuvimos el tiempo en ese placer sublime, que ojalá se repita (pronto)…

Tuya desde el pensamiento


Había sido un día como cualquier otro, de esos que las casualidades (con sabor a pretextos) te llevaron a mi oficina, entraste sigiloso como siempre, te sentaste y sin decirme nada sólo me observabas… tu mirada me ponía nerviosa y sabía que era necesaria la formalidad de preguntar -¿En qué te puedo ayudar?- No recuerdo qué contestaste, porque la manera en la que me veías distraía mis pensamientos.

Ese día, yo vestía una falda corta, que dejaba ver uno de los atractivos que como mujer me dan más seguridad: mis piernas. Así si continuabas el recorrido que el contorno de mis muslos guiaba hacia mis piernas para llegar a mis pies, también debiste ver mis tacones. Amo esos zapatos, siempre he creído que los zapatos de tacón connotan sensualidad, connotan rasgos femeninos que invitan a imaginar un sensual caminar mientras me desnudas con la mirada.

Mi falda estaba combinada con una blusa roja, con encaje al frente que dejaba poco a la imaginación, que bastaba una sutil mirada para que descubrieras el color y el diseño de mi lencería. Como otras veces pretendías ser discreto, no podías, no querías, disfrutabas imaginarme, disfrutabas observar mis piernas deseando acariciarlas, fantaseando un recorrido apenas con las yemas de tus dedos.

Conversamos, como siempre, de cosas sin mucho sentido que nos han funcionado como pretexto para la fantasía. Los minutos transcurrían y el juego de mi lengua en mis labios mientras hablábamos, sugería que te acercaras, que con tus labios probaras la consistencia de mi gloss, el sabor de mi saliva, la textura de mis labios. Tu mirada se perdía en mis labios, no en  mi conversación, sólo en mis labios imaginando quizá que recorrían tu cuello y que con suaves mordidas jugaban en tu oreja.

Poco a poco te fuiste acercando a mí, tu mirada disfrutaba hacerme tuya desde el pensamiento, sorpresivamente tomé tu pierna, apreté tu muslo sobre el pantalón, logrando despertarte de la fantasía en la que me tenías. Apenas con las yemas de los dedos, con las uñas, acaricié la parte interna de tu muslo, la textura áspera de la tela de tu pantalón era un contraste de sensaciones que invitaba a que sintieras la tersura de mis piernas al descubierto.

Tu reacción provocó que te inclinaras hacia mí, que nuestras bocas quedaran tan cerca que no aceptar un beso habría sido una descortesía… nuestros labios apenas se rozaron, acaricié con mi lengua la comisura de tu boca y ahí encontramos ese beso, ese beso apasionado que nos hacía cerrar los ojos al mundo, al tiempo y al espacio. Durante ese beso que parecía eterno, jugué con mis manos en tus piernas, apretando suavemente, dejándolas avanzar, dejando que subieran poco a poco…

Tus labios sabían a curiosidad, a hambre de lo indebido, a necesidad de un riesgo innecesario. Tus labios apresurados quisieron registrar cada una de las sensaciones que desde tu boca recorrían tu cuerpo, sintiendo cómo tu espalda se erizaba, cómo la tibieza de mi aliento provocaba cálidas sensaciones en toda tu piel, cómo el recorrido de mis manos había llegado al lugar correcto para cerciorarse que realmente me disfrutabas.

…en realidad, ya recordé tu respuesta a mi pregunta inicial: “Nada, sólo pasé a saludarte”, besaste mi mejilla y saliste de mi oficina.

 

​Sabor a vino tinto… 

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A veces se antoja una copa de vino para terminar la semana, una copa de vino que pueda convertirse en una botella que permita rumiar las historias cotidianas, esas que en el día a día se vuelven tormentosas y que parecen interminables.

Una copa de vino que relaje, que apague los pensamientos y que dé razones para convertir una noche de desahogo en una noche de placeres. Así fue, con el pretexto de dos copas de vino en mi sangre (o una botella, no lo recuerdo bien), te llamé…

Te llamé porque era inevitable que la sensación que el vino dejaba en mi boca te recordara, recordara aquellas noches -y tardes- en las que con el pretexto de escribir una historia diferente, tratábamos de encontrarnos en la cama, hoy ya no sé si era sólo encontrar historias del pasado o inventar una historia de fantasía en el presente, porque lo que sí sé es que siempre fue una historia sin futuro.

Así, sin razones pero con la excusa del vino en mi sangre y los recuerdos en mi memoria te llamé, quise encontrar en tu voz una respuesta que aceptara una propuesta indecorosa, una propuesta que combinara el sabor del vino en mis labios con el sabor de tus besos.

Así, sin sentido pero con un gran vacío, te llamé queriendo es escuchar en tu voz ese tono de nostalgia que aún encuentro en mis pensamientos en las noches frías o tal vez quería encontrar una voz arrepentida que me dijera un “te extraño”, un “te necesito”.

Te llamé porque quise que recordáramos juntos si los placeres de aquellas noches eran producto del vino en sí o del vino en tu piel, del vino que mi lengua recogía sobre tu pecho, del vino que en un beso compartíamos, que comprobáramos si era el mismo sabor de tu placer luego de que mi lengua adormecida por en vino te devoraba con deseo.

Te llamé porque mi piel tibia era cálida con el efecto del vino corriendo por mi sangre, porque el deseo de humedecer las yemas de mis dedos en la copa de vino para llevarlas a tu boca era mucho, porque el deseo de humedecer las yemas de tus dedos en el vino para luego lamerlos lentamente, devorarlos uno a uno con suaves mordidas para que la sensación que iniciaba en tu mano recorriera todo tu cuerpo, era mucho.

Te llamé queriendo escuchar en tu voz aquel tono excitante de nuestras llamadas a media noche donde un gemido, un “hola”, un “te amo” eran el clímax del placer a la distancia. Te llamé como cuando de memoria sabía tu número, como cuando aquel timbre especial alteraba mi corazón y mi piel sabiendo que eras tú quien estaría en la línea.

Seleccioné tu número en mi celular, aún con la foto con la que guardé tu contacto, toqué sobre la pantalla del teléfono y comenzó a marcar… mi corazón acelerado, mi piel ardiente, mi necesidad de ti y la cercanía física que tenía de tu casa, eran las condiciones propicias para que tú dijeras que sí a mi propuesta, para que con deseo más que con certeza dijeras que sí y huyéramos por esa noche!

Te llamé y no contestaste…

​Escala para un abrazo…

Ese día había sido caótico, de ésos en los que pareciera no quedan fuerzas ni para hablar, de esos días en los que luego de una jornada laboral de 14 horas quisiera cerrar los ojos y recorrer mentalmente los 28 km que separan mi trabajo de mi casa… en el camino gente, de ésa que observas e imaginas su historia, de ésa con la que te entretienes pensando si su vida será tan caótica como la mía, así recorrí mi camino.
Camino a casa, te llamé, intentando desahogar los pensamientos que revoloteaban en mi cabeza, quizá sólo para decir cualquier cosa que me hiciera sentir menos sola. Telefónicamente, desde mi auto, me acompañaste unos kilómetros, platicamos de las aventuras del día y me sugeriste pasara a tu casa por un abrazo que reconfortara mi día. 

Así fue, aunque estaba cansada, exhausta y lo único en lo que pensaba era en un vaso de agua y mi cama, hice una escala técnica en tu casa, saliste, subiste al coche, nos besamos con la pasión contendida durante un día de arduo trabajo, con el deseo de huir del mundo en ese beso, con la ilusión de saberme en un lugar a salvo. 

A ojos cerrados en ese beso mi mente se apagó, las historias de los personajes que inventé en mi camino desaparecieron, el cansancio físico de mi cuerpo se relajaba y se convertía en excitación. Sentía tus manos apresuradas recorrer mi espalda sobre la ropa y  llevarme contra ti para pelear con los reducidos espacios de mi auto. 

Besaste mi cuello, descubriste mis hombros y los recorriste lentamente con tu lengua. Yo seguía con los ojos cerrados, tratando de imaginar que los dos reducidos asientos de mi auto se transformaban en una confrontable cama, así que recliné el asiento hacia atrás, lo más recostada que pudiera estar… así, tratando de olvidar que estábamos en mi auto, estacionados afuera de tu casa, seguí con los ojos cerrados, concentrándome en cada una de las sensaciones que provocaba el recorrido de tus manos. 

De momentos sentía tu mano apretar mis piernas, mis muslos en un recorrido sobre mi pantalón, sentir cómo la palma de tu mano completa presionaba la parte interna de mis muslos mientras seguíamos perdidos en aquel beso. Luego, tus manos en mi cuello daban un delicioso masaje que lograba relajar toda la tensión acumulada de la semana, un masaje que comenzaba en mi nuca, sintiendo las yemas de tus dedos entre mi cabello, bajando muy despacio por mi cuello y reconfortando mi espalda y mis hombros. 

Mi mente ya estaba relajada, mi cuerpo excitado y mi corazón confundido… intentando salir de esa sensación de placer que me hacía querer más, intentando apagar los fantasmas morales que me preguntaban si era correcto, intentando querer estar en la cama de un hotel contigo y no dentro de mi auto. 

Tus manos continuaron en un recorrido certero, haciendo suya mi espalda, desde mi cuello hasta mi cintura. Era una sensación deliciosa, una sensación que lograba reconfortar mi cansancio, compensarme de sobra luego de un terrible día… así, tus labios en mi cuello y tus manos en mi cuerpo se convirtieron en un reto a la cordura y la moral, un reto a las leyes de la física que dicen que “dos cuerpos no pueden ocupar un mismo espacio”, un reto para que la escala técnica para un abrazo haya valido la pena… 

Deseo…

El otro día una casualidad de esas demoniacas, me hizo encontrarme en la calle, auto a auto con aquel protagonista de los primeros relatos de este blog, él iba acompañado, supongo que por alguien que tuvo más que yo, por una mujer que le alcanzó para ser alguien (no nada) sin tener que ofrecerse como mercancía en una tienda de saldos. 

Hoy, una casualidad de esas perversas, lo trajo a mi memoria por una conversación, y creo que hoy puedo decir con certeza que no lo amé. No, no pudo haber sido amor cuando hoy lo recuerdo con tanto rencor. ¿Cuántas veces hemos dicho que cuando en verdad se ama, se le desea lo mejor al ser amado? Hoy yo no, no le deseo lo mejor. 

Si me lees, quiero decirte que:

Deseo que cuando más paz creas tener en tu vida, algo te vulnere, algo que te haga rememorar cada una de mis lágrimas y en ellas intentes ahogar mi recuerdo. 

Sin duda, hoy siento cómo hierve mi sangre, cómo me arrepiento de aquella historia y cuánto deseo que un día tu piel se erice con el recuerdo de mis labios recorriéndote, que tus labios, tu cuello y tus hombros evoquen la sensación de mi lengua dibujando aquellos trazos del placer en aquellas noches robadas a la realidad.

Deseo que una noche, en medio del insomnio mi nombre llegue a tu memoria, que tus recuerdos dibujen la silueta de mi cuerpo desnudo recostado sobre la cama, que evoques el contorno de mis piernas fuertes, mis caderas y mis pechos dispuestos para el placer intercambiado por esperanzas de amor. Así, que recuerdes: mi piel tibia, húmeda deseosa de la sensación de tus manos recorrerme. 

Deseo que mi recuerdo se instale en un pensamiento, en ese instante en el que sobre tu cama exhausto luego de un mal día intentes  conciliar el sueño. Que recuerdes lo tibio de mi aliento hablándote al oído, la textura de mi lengua jugando en tu oreja mientras mis manos comenzaban un sutil recorrido por tu espalda. 

Deseo que ahí  sobre tu cama, exhausto por tu día al cerrar los ojos mi recuerdo te invada, tu cuerpo me imagine, tu deseo me necesite… Ahí, sobre tu cama recuerdes mi  voz, mis mensajes a la distancia, todos aquellos relatos compartidos en privado para luego convertirlos en un Momento Azul, que me recuerdes y mi voz penetre en tus oídos, que haga eco en tus pensamientos, que, al igual que aquella sensación que con mi lengua en la comisura de tu boca despertaba el deseo, así, que mi recuerdo en tu memoria me necesite en tu cama.

Deseo que el placer inventado con mi recuerdo te haga sentir vacío, te haga perderte en el mundo de sombras que dejaste, te haga hundirte en el mar de lágrimas que en tu nombre derramé. Que mi recuerdo y las sensaciones que en mi nombre evocaste te recuerden tu cobardía, tu hombría puesta en tela de juicio en aquel primer encuentro, tu madurez de hombre puesta en duda con tus desplantes de niño.

Deseo que un día, cuando más paz necesites, mi recuerdo te perturbe…

Cuando me observas

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Sabes? Me gustas cuando me observas, cuando charlamos y miras fijamente mis labios mientras hablo, porque sé que no me estás escuchando, sé que mientras enumero palabras sin sentido tus ojos fijos en mis labios imaginan el sabor de mis besos, imaginan la textura de mi boca devorando tus labios, evocan la humedad de mi lengua jugando con la tuya.

Me observas e intentas ser discreto, intentas hacerme creer que te interesan mis palabras, pero tu mirada se pierde en mí, percibo cómo me recorres, cómo luego de haber saboreado desde tu imaginación mis labios, observas mi cuello y el escote de mi blusa. Te imaginas el acelerado latir de mi corazón que te dicta que me beses, que pruebes en un beso si tu Fantasía se acerca a la realidad.

Tu mirada me seduce, me gustas y eso hace más fácil la decodificación de tus miradas, siento el recorrido de tus ojos por mi cuello y cómo desearías que fuera la punta de tu lengua la que, de aquel beso imaginario, siguiera un trazo instintivo que te lleva a mi oreja y te hiciera bajar lenta y excitantemente por mi cuello, con deliciosas pausas que aceleren el latir de mi corazón…

Así, tu mirada que por instantes se pierde entre el escote de mi blusa y mi pecho, me dice que mueres por tocarme, por llevar las palmas de tus manos a mis senos sobre la blusa y sentirlos, acariciarlos mientras en un beso enciendes el deseo que nos lleve a la peor de la locuras, a la mejor de las fantasías…

Te he de ser franca: por momentos mi imaginación se vuelve cómplice de la tuya, te reitero, me gustas y eso hace más fácil la fantasía y desde mis pensamientos intento retarte a que te acerques un poco más, a que saborees la consistencia del gloss en mis labios. Mi mente cómplice imagina que me levanto de mi asiento para acercarme a ti, ahí justo donde estás sentado frente a mí, verte a los ojos y tomarte del cabello para llevar tu cabeza hacia mi pecho mientras beso tu frente.

Así desde la complicidad de mis pensamientos, siento cómo me observas, cómo en tu mirada el deseo me besa, me recorre pausadamente haciéndome tuya en tu imaginación, retando tu cordura para que los pensamientos no te traicionen sigas aparentando que te interesa lo que digo…

De pronto, cuando mi conversación te abruma, cuando ya no me escuchas porque tus pensamientos son más fuertes que mis palabras, siento cómo tu mirada se pierde entre mis pechos, cómo desde tu fantasía los acaricias, primero con las manos, con dulzura, con fuerza… luego los besas, apenas rozándolos con tus labios, saboreando su textura… luego con tu lengua, haciendo tuya cada sensación que vas despertando, devorando con hambre de placer cada centímetro de mi piel.

Así, justo como me imaginas ahora que me lees, sé que lo haces mientras charlamos, mientras cualquier historia nos convoca en un encuentro que sirva sólo de pretexto, cualquier tema que te haga silenciar los pensamientos cotidianos para evocar una Fantasía mientras me observabas…

Los sabores del amor


A veces la realidad me ubica en un sinfín de historias, mías y de otros, pero que de alguna manera les encuentro un denominador común: “El Amor”, sí, así con altas y entrecomillado, lo cual lo refiere como esa poderosa fuerza, lo enaltece como ese poder sobrehumano que se convierte en la mejor de nuestras fortalezas o la peor de nuestras debilidades. 

El Amor es un todo, es la suma de todo los que somos y tenemos, de todo lo que seríamos capaces de hacer y de todo aquello a lo que estaríamos desipuetos a renunciar… Es la fuerza y la debilidad en la misma persona. 

Entonces, un día de éstos me entero de una historia de amor clandestino, de ésos que se vuelven intensos por lo “indebido”, que se convierten en pasionales porque el tiempo es contado, que se hacen permanentes porque de inicio sabes que serán efímeros, así que habrán de vivir más en el recuerdo que en la realidad. Así, esta historia de amor, me recuerda aquellos momentos –recientes- en los que quise creer en El Amor, colocándole un título muy ambicioso a una efímera aventura con un hombre cobarde. 

Ahí evoco ese sabor del amor de aventura, ese sabor del amor que se disfrutaba desde el deseo, en el que cada beso encendía el sabor de una noche de sexo robada a la realidad, el sabor de la piel ardiendo en deseo al roce de mi lengua, el sabor de unos labios que jugaban en cada encuentro a descubrir nuevas sensaciones, el sabor del pacer… un placer efímero que en una noche existía y al día siguiente había que reinventarlo para alargar la ilusión de creer que había algo más que la fantasía…

Luego, otra historia la de una mujer inteligente, guapa, sensual, profesionista, de ésas en las que la sociedad casi como cliché le podría decir: “cualquier hombre moriría por estar con una mujer como tú». Ella, me platicó que recientemente recibió una brutal golpiza por parte del su amor… ¿Cómo? Sí, así, en una tarde de arrebato, de celos obsesivos que controlaban desde hacía dos años su manera de vestir, sus relaciones interpersonales y hasta el lugar donde debía trabajar, ese día los celos llegaron a una expresión irascible de golpes. 

¿A qué sabe el amor cuando tienes que dejar de ser tú para estar con alguien? ¿A qué sabe el amor cuando el mundo admira en ti mil cualidades y en la intimidad vives un infierno? ¿A qué sabe el amor cuando en un beso hay temor de despertar la bestia con la que “has hecho el amor” noche tras noche? ¡A miedo, a eso sabe! Miedo al mundo, a la soledad, a la vulnerabilidad, miedo a dejarlo y no saber qué pasará, miedo a continuar y tener la misma duda. Nunca he vivido violencia física, pero sí una terrible violencia psicológica que aún lastima mi paz… Sé el sabor de ese “amor” (en bajas y sin sentido), es un sabor a miedo.

También, pienso en esas historias en las que la complicidad es incondicional, de esos primeros amores en la vida, en donde las decisiones  -a veces equivocadas- se toman en “nombre del amor”, cuando crees estar haciendo lo correcto, porque tienes la certeza de que el otro (la otra) lo haría por ti. Ese amor juvenil, inocente, puro, que juras eterno porque a veces es el primero, del que estás aprendiendo, con el que estás descubriendo un mundo de sensaciones y retos. 

Ese amor sabe dulce, sabe inocente, sabe ingenuo y es sólo el preámbulo de un sabor que quizá en poco se convertirá en un sabor agridulce, dulce-amargo, que nos hará crecer a partir del dolor del desamor. Ese amor, muchas veces se transforma en amistad, en un aprendizaje conjunto que trasciende el tiempo y la relación que los vinculaba (si es que el amor era Amor). 

Así, los sabores de El Amor se trasforman, se disfrutan, se paladean para conservarlos en ese lugar de la memoria sensorial donde no habrán de morir, donde habrán de convertirse en materia prima que dé lecciones para otros amores… Hay amores de los que sólo se recuerda el sabor salado de las lágrimas de aquellas noches de insomnio intentando ahogar en llanto la derrota.

Hay sabores vitalicios en la memoria, en esa memoria donde aún puedo revivir la dulzura, experiencia y paz de los besos del gran amor de mi vida, esa memoria donde mis labios aún conservan la sensación húmeda y el sabor de aquella boca donde pude besar su alma…

El lienzo del amor

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Una tarde tan  fría siempre evoca la añoranza de tus brazos, de tus besos, de esas tardes en las que una cama era el lienzo en el que hacíamos el amor como un obra de arte, lo hacíamos como sólo se puede hacer desde la inspiración que dicta el alma, como sólo se puede hacer cuando en verdad se ama, entonces la imaginación y la pasión eran los pinceles con los que delineábamos los trazos de aquella escena en la que sin duda nuestras almas se tocaban.

Recostados sobre las cama, conversando de lo cotidiano, de lo simple y lo complejo, sin saber del tiempo, del mundo que afuera continuaba, hablábamos y desde ahí sé que iniciaba el amor, el contacto de nuestros mundos a través de la charla, ahí también hacíamos el amor.

Tus manos recorriendo mi cuerpo, apretando mi cintura contra tu cuerpo, tus manos fuertes, rugosas, de hombre, haciendo suya cada parte de mi cuerpo. Mientras, yo dibujaba en tus labios un beso inagotable, un beso que te decía lo mágico que era tenerte ahí conmigo, lo delicioso que era sentirte tan cerca y sentir cómo cada centímetro de mi piel respondía instantáneamente al roce de tus manos.

Cada caricia era un trazo certero que me hacía arder en ansias de sentirte cada vez más, tus manos recorriendo mis muslos, apretando con fuerza mientras mi mente, a través de cada una de las sensaciones que provocabas, me hacía desearte cada vez más, con un deseo único, con el deseo que sólo el amor puede explicar.

Luego, sentir mis piernas desnudas rozar con las tuyas, mientras tus labios recorrían mi cuello, mientras tu lengua devoraba mis senos con la certeza de que mi cuerpo y cada sensación que despertabas te pertenecía, le pertenecía ese lienzo en el que hacíamos el amor. Así hacías tuyo mi cuerpo, como quien se apropia de lo que le pertenece.

En una sincronía que sólo el amor dicta, nuestros cuerpos se reconocían, centímetro a centímetro, caricia a caricia, sensación por sensación. Como toda obra de arte, era auténtica, única, cada caricia y cada beso era parte de una nueva historia sobre ese lienzo que nuestra cama representaba, cada trazo que mis labios dibujaban sobre tu piel, que tu lengua hambrienta hacía sobre mi cuerpo, era inédito y certero en la técnica, en el color y la forma.

Hacíamos el amor, sin pausa y sin prisa, disfrutando el trazo de cada caricia, cada sensación que la humedad de nuestros cuerpos provocaba… disfrutando plenamente el instante preciso en el que el placer se volvía sublime, en el que la sensación única de ser uno por instantes era el trazo con que finalizaba la obra plasmada en aquel lienzo, en donde tu nombre en mis labios firmaba como auténtica aquella sensación de ser tuya…

Siempre tuya, FCM!

Imagíname


Sé que algunas noches me piensas, relees algunos de mis relatos y te imaginas siendo el protagonista… Sé que en algún momento me deseas, me observas a la distancia pretendiendo ser discreto pero tu mirada me desnuda y me besa lentamente… Sé que aunque en algún momento te preguntas cómo será una noche conmigo, esa noche que jamás te atreverás a vivir…
Imaginas que te dejas seducir por mí, por mis labios, por mi lengua recorriendo tu piel. Imaginas esa habitación vacía que se llena de pasión en instantes, que se impregna de olores y sabores, donde la luz tenue de las lámparas te permite ver la silueta de mi cuerpo, aún vestido, sobre la cama. Es un espacio cálido, sin ruido, parece alejado de todo, del mundo, de ese que finges huir pero no te decides.

Esa habitación te parece perfecta para una escena de aventura ocasional, justo como lo esperas, justo como sólo tu imaginación podría describirla: la cama es amplia cubierta por sábanas blancas; una pequeña estancia con una mesa al centro, justo ahí colocas una botella de tequila y un par de caballitos, sirves un poco en cada vaso y desde ahí, me llamas observándome seductoramente mientras bajo de la cama y camino hacia ti.

Te represento esa fantasía que deseas pero no te atreves, esa fantasía de otros lectores de Momento Azul quienes imaginan que en mi vida todo es sexo y pasión. Así, en esa escena que me supone fácil para ocasión, te sientas a mi lado mientras bebemos tequila. Juego con las yemas de mis dedos humedeciéndolos en mi tequila y rozo con ellos tus labios provocando que persigas mi mano…

Dejo los lentes sobre la mesa, te recuestas en el sillón y te beso tiernamente, despacio, sin prisa, como si la noche fuera eterna y tuviéramos tiempo para todo, para todo eso que has imaginado y no has vencido el miedo de intentarlo. Beso tus labios, saboreándolos, avanzo hacia tu cuello mientas con mis manos juego en tu cabello. En tu cuello juego con mi lengua, con trazos simples apenas rozándote, apenas trazando un boceto de la noche que nos espera…

Me quito mis zapatos y me arrodillo frente a ti para quitarte los tuyos. Sobre tu pantalón te acaricio con mis manos, dando un masaje suave, muy suave y despacio que te hace cerrar los ojos y seguir imaginando… Sientes mis manos en tus pantorrillas, tus rodillas, en la parte interna de tus muslos… sientes ese recorrido pausado y delicioso. Disfrutas, disfrutas mucho…

Así, en tu imaginación quizá has delineado la escena con detalles, y sabes que disfrutarías, sabes que quizá tu imaginación puede recrear escenas pero no sensaciones.

Me levanto de la posición en la que estaba, bebo un trago de tequila y te beso para compartir el sabor, te beso apasionadamente, dejando que mi lengua juegue en tu boca, que mis labios aprieten los tuyos, que el deseo desborde y que la cama nos llame. Me tomas por el cuello me acaricias con fuerza bajando hacia mi espalda, muerdes suavemente mis hombros y en un instante quedo recostada sobre el sillón.

Ahora tú estás de rodillas, a un lado del sillón, haces una pausa en las caricias para observarme, para desnudarme antes con la mirada que con tus manos. Hago mi cuello hacia atrás, dejando mi pecho dispuesto para que me devores a besos, dispuesto para que tus manos reconozcan la textura de mi piel, la temperatura que continúa encendiendo el deseo.

Sé que lo has imaginado, y ¿sabes algo? …haces bien en imaginarme.  Imagíname, porque una mujer como yo, jamás estaría con un hombre como tú,  de ésos que suponen que en mi vida todo es sexo y pasión pero jamás se atreverían a descubrir si es verdad o fantasía!

El olor de un abrazo

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“De la vista nace el amor”, dicen… ¿será? En mi caso, del olfato nace una fantasía, nada me parece más excitante que un abrazo que dure varios minutos, sin hablar ni hacer más que estar abrazados y que al separarnos, aún después de unas horas, ese abrazo haya dejado impregnado su olor en mí…

Creo que mis relatos han revelado cuán kinestésica soy, cuánto disfruto el contacto físico y, no hablo exclusivamente de una connotación sexual. Un abrazo que cubra todo mi cuerpo, un abrazo en el que pueda recostar mi cabeza sobre tu pecho, un abrazo en el que discretamente se pueda percibir el delicioso olor de tu loción, un abrazo en el que pueda cerrar los ojos y sentirme a salvo en tus brazos… Mi Fantasía! Delicioso!

Un abrazo que evoque los sentidos, nada más delicioso que un recorrido sensorial por los recuerdos, traer a la memoria olores, sabores, texturas, sonidos y por supuesto, sensaciones.

Entonces, esta fantasía inició con tu olor, cuando de regreso a casa, en medio del tránsito citadino de cada noche, con las ventanillas cerradas por la lluvia, en un instante, percibí un olor, sentí que tu olor se había quedado impregnado en mi pecho, que ese cálido abrazo tan cotidiano, no había terminado ahí al despedirnos, sino que tu olor, era el inicio de una fantasía.

Así, te pensaba… tratando de concentrarme en el olor, en la sensación de estar entre tus brazos, de la sensación de tus manos en mi espalda traspasando mi delgada blusa naranja, en la sensación de tu mirada recorriéndome discretamente con curiosidad y con deseo, pensaba en el tono de tu voz pronunciando mi nombre: “Azul”, Tu Azul, imaginaba el sabor de tus labios, seguro dulce sabor en tus besos.

Ese sabor dulce habría llevado al deseo de probar el sabor de tu piel, lamer sutilmente tu cuello para saber si el sabor coincidía con la expectativa provocada por el olor impregnado en el abrazo, si el sabor de tu piel provocaba nuevas sensaciones o sólo era un recurso para rumiar historias del pasado. Así, a través de mi lengua y mis labios me habría cuestionado si eras tú, o si era únicamente una fantasía.

Quizá habría tomado con una mano tu nuca y metido mis dedos entre tus cabellos, y con la otra, apenas con las yemas de mis dedos habría rozado tus labios, y al contacto llevarte a imaginar la temperatura de mi piel, para que en un abrazo de regreso, sintieras la textura de mi ropa y cómo la tibieza de mi piel comenzaba a traspasarla.

En ese abrazo de reciprocidad, habría cerrado los ojos para escucharte decir: “Mi Azul, aquí estoy contigo, para ti, para reconfortarte en este momento” y esa voz pausada, casi sincera, haría aún más excitante la sensación de estar en tus brazos, así, sentir tu voz hablarme al oído, apoyada sobre tu pecho, tu voz quizá sin decir nada o diciendo lo suficiente, sólo para escucharte y arrullar mis pensamientos.

Con los ojos cerrados, habría olvidado el lugar, el contexto en el que nos encontrábamos, habría creído que lo que veía desde la imaginación tenía sentido, esa imagen de paz y confort, esa imagen de mi cabeza sobre tu dorso, recostados sobre una cama, tú acariciando mi cabello, mi hombro, mi espalda… sin tiempo, sin mundo, sin más que la compañía.

Así desde lo sentidos, desde el olor a ti impregnado en mi pecho, desde la soledad, imaginé Mi Fantasía y terminaba con un tibio beso en la frente que decía: “Descansa hermosa, bonita noche, sueña rico. Te mando un abrazo y un beso rico…”