Lo que se fue

El 2016 fue sin duda un año difícil, un año que inició con la esperanza de una historia de amor que se convirtió poco a poco en una cruel aventura de realidad en la que “reinventar la manera de amar” ofreciendo sexo por amor no fue suficiente para que el amor fructificara… fue un año en el que mi mundo de cimbró casi de la misma manera que hace casi 10 años, cuando la perfección de la esfera en la que vivía se quebró y cayó desmoronándose por completo.
La historia de desamor de este 2016 me acercó a una realidad muy triste, la vulnerabilidad que durante semanas viví me enfrentó a un pasado vivo, un pasado que no he superado –y no sé si superaré algún día-. Me arrastró a una soledad profunda donde todo el mundo me parecía lejano, donde mi gente estaba lejos de estar conmigo.

Este año, ser Azul me convirtió en un personaje al alcance de todos aquellos que a través de la lectura de mis relatos podían hacerme suya desde de la fantasía. A través de los relatos reinventé una realidad vacía, una realidad que necesitaba de la fantasía para sobrevivir. Ser Azul me hizo vulnerable ante los ojos de varios “hombres” que suponían que mis relatos eran un menú a la carta que ellos podían seleccionar para tener su propia historia conmigo.

A través de este blog quise reescribir la realidad, quise hacer de la fantasía la única opción para no ahogarme en realidad, en vacío y en soledad. Cada Momento Azul representó un grito desesperado por encontrar sentido en medio del sinsentido cotidiano. Quise hacer de cada relato un reto para mis lectores en general, sin destinatario ni remitente. Quise retar desde la aventura de ser Azul, a que alguien estuviera dispuesto a descubrir quién soy, quién realmente soy, quién escribe su realidad desde la fantasía.

Ser Azul deja muchas experiencias, buenas y malas, así como la vida misma. Buenas: pude equilibrar un poco mi vida, escribir siempre ha sido algo que disfruto, y hacerlo desde este espacio permitió que cada Momento Azul sopesara la cotidianeidad tan vacía. También fue bueno cada uno de los comentarios positivos que recibí; el tiempo que mi gente dedicó para leerme y comentar. Fue bueno imaginarme esa mujer, esa Azul capaz de provocar sensaciones, esa Azul segura de sí misma, segura de su sensualidad, de su pasión, de su mundo.

Malo: unos cuantos “hombres” que –por sus limitaciones intelectuales – me confundieron con una mujer fácil dispuesta a satisfacer al mejor postor, aquellos “hombres” básicos que quisieron poner a prueba su hombría retando mi fantasía, pero siendo incapaces de entender mi realidad. Y no hablo de esos hombres interesantes, que aceptando el reto de la fantasía me imaginaron suya, siempre desde el límite del personaje, desde la propuesta literaria de este espacio, a ellos les agradezco sus halagos.

Quisiera creer que el año que terminó dejó aprendizaje, que el dolor y vacío que aún de momentos se siente se llenará muy pronto de lecciones aprendidas que no permitirán que me vuelva a equivocar. Quisiera creer que la aventura de ser Azul me hará más libre y no rehén del pasado y de esos “hombres” que sólo me asocian con una mujer fácil para sexo de ocasión.

El año que se fue, descubrió un mundo de fantasía, un mundo que desde la escritura me permitió ser Azul, y como Azul ser más yo, más natural y más libre. Esa mujer que se seca las lágrimas para inventar una fantasía seguirá escribiendo, reescribiendo la realidad a través de un Momento Azul… ¿me acompañas?

 

Sólo una cita

Sin duda, escribir es algo que disfruto, suponer que a través de mis palabras pueda provocar que me imagines, que me desees es algo que disfruto aún más. Haberte retado con un relato a que descubrieras si soy realidad o fantasía fue inédito!

Cómo lo escribí hace unos relatos, soy una mujer complicada que disfruta lo simple, soy una mujer inteligente que puede jugar a ser ingenua si es el trámite que la aventura requiere, soy una mujer inteligente que un hombre básico difícilmente podría descifrar.

Sin duda fue una gran velada, una rica cena, una amena conversación y por supuesto unos deliciosos tequilas que nos hicieron olvidar el frío de esa noche. El plan surgió casi de la nada, de aquella deuda pendiente luego de cuatro cancelaciones anteriores, luego de pláticas casuales que nos hicieron amigos y un poco confidentes.

En esa cita platicamos de tantas cosas como nos rindió la noche – y el tequila –. Por supuesto, en algún momento había que comenzar a descubrir si soy realidad o fantasía, así que contesté todo cuanto supe, porque a veces siento que pretendes encontrar más de lo que verdaderamente hay en mi vida.

Sin duda, la pasamos bien, muy bien diría yo! Fuiste gentil, creo que tenía mucho tiempo de no salir con un caballero que me halagara en la compañía y los detalles. Fue grato sentirme con un buen amigo, con un hombre interesante.

Pero…

Para estar conmigo se necesita más que la ansiedad por poner a prueba con sexo tu hombría retada en un relato pasado (Imagíname), para hacer el amor conmigo se requiere más que el trámite de una noche de copas –tequilas- que concluya en la cama… estar conmigo es más que eso, mucho más.

Hacer el amor conmigo es un ritual pausado y disfrutable, en donde la ropa no se quita, sólo desaparece en el juego mágico de la seducción; donde un beso no es abrir intempestivamente la puerta al sexo, sino que es el lenguaje que describe la pasión de dos lenguas que se comunican sin palabras; donde las manos se convierten en pinceles que  trazan sobre la piel obras de arte inigualables, ninguna parecida a la anterior, ninguna con derechos de autor.

Hacer el amor conmigo requiere más que el momento del sexo, es cuidar los detalles previos, el atuendo, la lencería, el perfume, todos los detalles que me hacen ser Azul… Es hacer del sexo más que un trámite masculino de un hombre retado en su hombría, más que poner a prueba si soy una mujer fácil para llevarla a la cama en una cita. Hacer el amor es dejarme ser yo en cada caricia, en cada beso, en cada sensación sin esperar la aprobación expresa de que el camino es correcto, de que el momento es ahora o nunca…

Hacer el amor conmigo es tan simple como despertar uno a  uno los demonios que  habitan en mí: la sensualidad, la seducción y la pasión, para  que con ellos  lentamente recorras conmigo centímetro a centímetro el cielo  que promete el placer compartido.

Hacer el amor es confiar en los instintos, esos que a cuentagotas marcan el camino correcto, es confiar en mis labios que en tu oído reten la cordura, es confiar en mi lengua que en sutiles trazos despierte el deseo, es creer a ojos cerrados en mis caricias y en el recorrido que mis manos sobre tu piel harían.

Hacer el amor conmigo es retar la fantasía con un poco de realidad, es más que el broche de oro de una cita. El sexo sí es el trámite de una cita de fantasía; hacer el amor es el éxtasis de un encuentro con un hombre que sabe que soy más que el sexo consecuencia de una noche de copas…

Gracias por la cita cumplida, si un día quieres que hagamos el amor, me avisas… aquí estoy!

¿Miedo a qué?

¡Qué difícil es parecer simple! ¡Qué difícil es convencerte que mi complejidad no es contagiosa, que dejarte conquistar por mis besos no significa que busque sólo seducir tu cuerpo! ¡Qué difícil explicarte que mi mundo no es fantasía, es una realidad apasionante en la que siento, vivo, amo de verdad, no sólo con relatos a través de la escritura! ¡Qué difícil hacerte entender que mi complejidad esconde la simpleza de cualquier mujer!

Muchas veces me he preguntado, qué debo hacer, cómo debo actuar, qué debo decir, qué hacer para no asustar. Y por más que estudio la escena, termino siendo sólo yo y parece que ése es el problema.

Más de un hombre ha aceptado sentir miedo de estar con una mujer como yo, y estar, no me refiero sólo a una escena de intimidad, sino a la cotidianeidad de la convivencia humana. Y me pregunto: ¿miedo a qué? ¿A caer en las garras de una devora-hombres dispuesta a seducirlos en público y hacer realidad la más ardiente fantasía en este blog? ¿Miedo a qué? En verdad quisiera saber de qué huyes, de qué!

A veces quisiera ser una mujer más simple, menos complicada, no asustarte… que me dejaras conquistar tu mente en un abrazo, que entendieras que en mis brazos no corres peligro, que la intensidad de mi mundo no es un riesgo, sólo es mi esencia.

Muchas veces he sentido que quieres huir de mí y que a la vez que me retas imaginar contigo una fantasía, me limitas en la realidad, limitas las posibilidad de dejarme consentirte, sólo eso, consentirte sin la necesidad de llegar al sexo como trámite de la identidad con la que me asocias.

Podría recostarme a tu lado, besar tu frente, preguntar cómo estuvo tu día, platicar de lo trascendente y lo intrascendente, intentar resolver los problemas del mundo desde la cama, en una charla inteligente, en una conversación con argumentos, platicar por horas.

Así recostados, podría poner tu cabeza sobre mi pecho mientras con mis manos acaricio tu cabello, podría abrazarte con cariño mientras escucho tus agobios, mientras conozco tu mundo, mientras me dejas entrar un poco en tu vida.

Créeme, soy más que sexo, más que las fantasías que lees e imaginas reales, soy una mujer inteligente que sabe escuchar, opinar, conversar, tengo más talentos que sólo intentar hacerte el amor con locura, que sólo buscar seducir tu cuerpo, también podría seducir tu alma…

Créeme soy una mujer sensible, una mujer que entiende de tristezas y alegrías, de logros y retos, de miedos y desafíos. Soy una mujer que puede ofrecer caricias sin lujuria, besos con ternura, palabras con cariño. Soy una mujer que entiende de días malos, de días peores, entiende que hay días en los que parece que el mundo es un caos, soy una mujer a quien le gustaría verte llorar, reír, disfrutar…

¿A qué le tiene miedo un hombre cuando me tiene cerca? Si imaginas que sólo soy sexo y pasión, aprovéchame, disfrútame, disfruta… Si alcanzas a ver que soy más que eso, conóceme, descúbreme…

Sabor Vainilla

Soy una mujer intensa, no puedo vivir de otra manera que no sea apasionándome por lo que me gusta, por lo que creo, por mi gente… y eso no es bueno del todo, menos cuando mi salud me lo reprocha, cuando mi salud me recuerda que los años pasan y los kilos se quedan, cuando mi salud enciende signos de alerta para poner una pausa, dar un respiro y por supuesto, se convierte en el pretexto ideal para dejarme consentir…

Todo inició un día de esos extenuantes, donde el cansancio era más que evidente, de esos días en los que necesitaba unos oídos atentos para conversar y unos brazos cálidos dónde acurrucarme por las horas que durara la noche… y ahí estabas tú, tú en esa habitación sólo para nosotros:

Sobre un mueble un par de velas que iluminaban sutilmente el lugar impregnado por un delicioso aroma a vainilla, un olor sutil que invadía todo el lugar y que como respuesta a ese estímulo sensorial me hizo recostarme sobre la cama, boca abajo, con los ojos cerrados, aún con el atuendo del día laboral, aún con los agotadores zapatos de tacón.

Era una escena rica, relajante, dispuesta para el placer que me desconectara del mundo por unas horas… Tratando de consentirme pusiste en tu teléfono una poesía que con la entonación de un experto decía:

“Mi táctica es mirarte aprender como sos quererte como sos mi táctica es hablarte y escucharte construir con palabras un puente indestructible”

Me parecía tan atinada la poesía de Benedetti recitada por él mismo desde tu teléfono, el olor a vainilla, la luz de las velas y el lugar en general, que hasta parecía una escena estudiada para la seducción. Todo era rico, la escena cumplía el cometido de abstraerme de mi mundo y llevarme a uno inventado, uno creado sólo para la ocasión.

Así, recostada quitaste mis zapatos, con delicadeza, con la gentileza de quien le preocupa el cansancio que mis pies sentían, con la generosidad de quien entendía la cantidad de escalones que subo y bajo cada día mi trabajo, casi con la ternura de quien entiende mis carreras y prisas.

Sentí tus manos avanzar por mis pantorrillas, sentí cómo cubriste mis piernas con un lienzo tibio, con pudor, con toda la intención de no inquietarme, de hacerme disfrutar sin la necesidad del sexo como trámite del encuentro. Mi conciencia estaba cada vez más adormecida, la poesía con voz tenue con acento extranjero que provenía de tu teléfono, el olor a vainilla y la temperatura de tus manos, me tenían en un estado de indefensión total, absolutamente relajada.

Sentí como tus manos acariciaban mis piernas sobre mi pantalón, la calidez de tus manos, combinada con la textura de mi ropa recreaban una sensación muy disfrutable. No sé en qué momento ni cómo, pero venciste la barrera de la ropa, mi pantalón ya estaba tirado a un costado de la cama, pero mis piernas aún estaban cubiertas por el lienzo tibio que habías puesto. Sentí cómo tus manos comenzaban a subir hacia mi espalda, entre la blusa y mi piel, las yemas de tus dedos hacían un recorrido suave, apenas rozándome.

La blusa desapareció, mi espalda quedó libre para que tus manos la recorrieran… quitaste el lienzo que cubría mi cintura y mis piernas, por varios segundos me observaste, como si te pareciera atractiva, como si te gustara. Sentí las gotas de aceite que caían en mi piel y cómo tus manos, fuertes, grandes, esparcían desde mi cuello hasta mi cintura la consistencia suave del aceite. El roce de las yemas de tus dedos en mi espalda, templaba mi piel, la fricción de tus manos relajaba mi espalda y hacía que mi imaginación volara…

Mi cuerpo estaba inerte, perdido en el cúmulo de sensaciones que tus manos despertaban. El olor a vainilla era cada vez más intenso y la luz de las velas cada vez más tenue, parecía que se extinguiría, justo en ese momento, cuando mi cuerpo más relajado estaba, después de no sé cuánto tiempo porque había perdido la noción de los minutos o las horas, justo cuando parecía entrar un sueño profundo, sentí un líquido frío que caía en mi espalda, sentí cómo corría sobre mi piel hacia los costados y vi que sostenías una copa de vino tinto en tu mano…

Era delicioso sentirte, escuchar poesía, respirar ese ambiente sabor vainilla… las velas se consumieron, la habitación quedó a oscuras, volteaste mi cuerpo para quedar boca arriba y tú recostado junto a mí, escuché tu voz en mi oído:

“Tu belleza es digna de los dioses, un manjar de la perfección celestial, capaz de llevar a la perdición a toda legión… Tus curvas Venus de Milo, tu piel suave que deja mi corazón tranquilo… imposible no perder la rezón en la llanura de tu cuerpo en armonía la nota perfecta de mi canción.”

Cerré los ojos, caí en ese sueño profundo del que no supe si tus caricias eran parte del sueño o de la realidad, al final, saboree en tus labios un beso dulce, un beso con el sabor la vainilla que estuvo presente en nuestra noche…

Un beso…

En un beso se puede comunicar todo lo que en las palabras sería impreciso, en un beso la textura de los labios, el calor del aliento, el juego de las lenguas y el tiempo en el que a ojos cerrados se saborea, dice más que cualquier palabra.
Es un beso que inicia con la mirada, cuando los ojos se comunican y la mirada es la primera en saborear los labios, justo así observándolos, comenzando a devorarlos con la imaginación, desde la fantasía.

Un beso que inicia con la suave sensación del roce de los labios, un suave roce que permite disfrutar lo cremoso de mi labial y lo delgado de mis labios. Es un beso en el que apenas la punta de mi lengua alcanza a acariciar la comisura de tu boca, que apenas logra delinear levemente el contorno de tus labios.

Es un beso que detiene el tiempo para disfrutar el calor del aliento compartido, un beso que inicia en los labios y las sensaciones recorren todo tu cuerpo.

A ojos cerrados mi lengua encuentra la tuya, mis labios devoran los tuyos y tus manos ansiosas recorren mi espalda, todo en la misma sensación provocada desde ese beso.

En ese beso descubres mis miedos y mi intensidad, mi pasión y mi ternura, mi deseo y mi necesidad de paz.

Un beso que sabe a fantasía, que luego de disfrutar tus labios, de jugar con mi lengua en tu boca, avanza por tu mejilla para llegar a tu oreja, morderla suavemente y hablarte al oído sin decir nada pero provocando todo.

Es un beso que desde mis labios recorre tu cuerpo en un mundo de sensaciones. Que luego de que por segundos juega en tu oreja, regresa a tus labios para que sientas la textura cálida de los míos, sólo rozando tus labios, sólo dejando que mi lengua dibuje el mensaje del deseo.

Es en el mismo beso, que bajo por tu barbilla hacia tu cuello, dejando que mis labios y mi lengua recorran libremente, como si supieran en camino a tu placer. Es un beso que recorre un lado de tu cuello hasta llegar a tu hombro, que deja que ese beso disfrute tu piel con mordidas suaves justo sobre tu hombro.

El beso que inició con la mirada avanza por tu piel, avanza sobre tu pecho y por instantes regresa repentinamente a tus labios, sólo para que percibas el calor con el que arden mis labios, para que la humedad de mi lengua en tu boca te haga saborear este beso.

Es un beso que continúa el recorrido por tu piel, que luego de regresar a tus labios, recorre el otro lado de tu cuello avanzando con suaves y sutiles caricias de mi lengua hacia tu hombro, bajando pausadamente por tu bisep, avanzando muy lentamente por tu brazo alternando el roce de mis labios, las caricias de mi lengua y mordidas en las que apenas te rozan mis dientes.

Ese beso es un trazo único, un trazo que se inició en la mirada y que recorre arbitraria pero certeramente tu piel. Ahí en tu brazo llego hasta tu mano y dejo que mi lengua dibuje sensaciones placenteras sobre tu palma, que mis dientes muerdan sutilmente las yemas de cada uno de tus dedos y que luego mis labios los besen, despacio, muy despacio.

Mi lengua y mis labios juegan en tu mano, provocando sensaciones que sólo la fantasía puede recrear con claridad. De tu mano regreso en el mismo recorrido, lento y pausado hacia tus labios, en un beso apasionado y hambriento de placer te pregunto si continúo o me detengo…

Imagíname


Sé que algunas noches me piensas, relees algunos de mis relatos y te imaginas siendo el protagonista… Sé que en algún momento me deseas, me observas a la distancia pretendiendo ser discreto pero tu mirada me desnuda y me besa lentamente… Sé que aunque en algún momento te preguntas cómo será una noche conmigo, esa noche que jamás te atreverás a vivir…
Imaginas que te dejas seducir por mí, por mis labios, por mi lengua recorriendo tu piel. Imaginas esa habitación vacía que se llena de pasión en instantes, que se impregna de olores y sabores, donde la luz tenue de las lámparas te permite ver la silueta de mi cuerpo, aún vestido, sobre la cama. Es un espacio cálido, sin ruido, parece alejado de todo, del mundo, de ese que finges huir pero no te decides.

Esa habitación te parece perfecta para una escena de aventura ocasional, justo como lo esperas, justo como sólo tu imaginación podría describirla: la cama es amplia cubierta por sábanas blancas; una pequeña estancia con una mesa al centro, justo ahí colocas una botella de tequila y un par de caballitos, sirves un poco en cada vaso y desde ahí, me llamas observándome seductoramente mientras bajo de la cama y camino hacia ti.

Te represento esa fantasía que deseas pero no te atreves, esa fantasía de otros lectores de Momento Azul quienes imaginan que en mi vida todo es sexo y pasión. Así, en esa escena que me supone fácil para ocasión, te sientas a mi lado mientras bebemos tequila. Juego con las yemas de mis dedos humedeciéndolos en mi tequila y rozo con ellos tus labios provocando que persigas mi mano…

Dejo los lentes sobre la mesa, te recuestas en el sillón y te beso tiernamente, despacio, sin prisa, como si la noche fuera eterna y tuviéramos tiempo para todo, para todo eso que has imaginado y no has vencido el miedo de intentarlo. Beso tus labios, saboreándolos, avanzo hacia tu cuello mientas con mis manos juego en tu cabello. En tu cuello juego con mi lengua, con trazos simples apenas rozándote, apenas trazando un boceto de la noche que nos espera…

Me quito mis zapatos y me arrodillo frente a ti para quitarte los tuyos. Sobre tu pantalón te acaricio con mis manos, dando un masaje suave, muy suave y despacio que te hace cerrar los ojos y seguir imaginando… Sientes mis manos en tus pantorrillas, tus rodillas, en la parte interna de tus muslos… sientes ese recorrido pausado y delicioso. Disfrutas, disfrutas mucho…

Así, en tu imaginación quizá has delineado la escena con detalles, y sabes que disfrutarías, sabes que quizá tu imaginación puede recrear escenas pero no sensaciones.

Me levanto de la posición en la que estaba, bebo un trago de tequila y te beso para compartir el sabor, te beso apasionadamente, dejando que mi lengua juegue en tu boca, que mis labios aprieten los tuyos, que el deseo desborde y que la cama nos llame. Me tomas por el cuello me acaricias con fuerza bajando hacia mi espalda, muerdes suavemente mis hombros y en un instante quedo recostada sobre el sillón.

Ahora tú estás de rodillas, a un lado del sillón, haces una pausa en las caricias para observarme, para desnudarme antes con la mirada que con tus manos. Hago mi cuello hacia atrás, dejando mi pecho dispuesto para que me devores a besos, dispuesto para que tus manos reconozcan la textura de mi piel, la temperatura que continúa encendiendo el deseo.

Sé que lo has imaginado, y ¿sabes algo? …haces bien en imaginarme.  Imagíname, porque una mujer como yo, jamás estaría con un hombre como tú,  de ésos que suponen que en mi vida todo es sexo y pasión pero jamás se atreverían a descubrir si es verdad o fantasía!

La soledad más profunda


Hay días en los que la soledad se vuelve más profunda, donde cualquier compañía sólo genera más vacío, donde hay miradas que me desnudan pero no me seducen, donde escucho palabras que me coquetean pero no me halagan, donde convivo con gente que está cerca pero no me acompaña.
Hay días en donde la suma de errores e incertidumbre me hunden en la soledad más profunda, días en los que los errores del pasado toman voz y gritan como si tuvieran algo nuevo qué decir. Días en los que luego de rumiar y rumiar sinsentidos quisiera únicamente dormir, dormir profundamente, perderme en ese sueño y borrar mi existencia de este mundo.
Intento calmar mis pensamientos entre un playlist aleatorio de jazz, intento que los acordes musicales penetren en mi cabeza y a ese ritmo tranquilicen todas las locuras que dentro de mí rebotan golpeándose entre sí. Son días en los que las esperanzas se diluyen en una absorbente realidad cotidiana, esa en la que el cuerpo funciona en automático para levantarse, trabajar y sobrevivir.
Así, durante el día escucho diagnósticos, remedios, consejos, recomendaciones, un sinfín de respuestas sin preguntas que sólo me llevan a ese mundo al que no pertenezco, en el que no puedo estar y en el que creo que todo debería funcionar mejor, en el quien ocupara mis funciones en cualquiera de mis roles lo haría mejor.
El día transcurre y en medio de ilusiones efímeras evoco desde la soledad el recuerdo que me dé aliento, el recuerdo de aquel amor que le daba sentido a todo, en el que encontraba palabras sabias que calmaran mis demonios, en el que encontraba esos brazos fuertes que eran mi mejor refugio. Pero así, de la nada, el pasado oscuro grita, grita y me ancla nuevamente a la soledad más profunda de la que quiero huir y no encuentro cómo.
Encuentro sólo una hoja en blanco (en la aplicación de mi teléfono) y las lágrimas de cada noche para intentar descifrar todo lo que encierra este vacío, para intentar escudriñar en mis pensamientos para saber de qué está lleno este vacío. Mi ego irónico me recuerda mi insignificancia, me recuerda aquella perfección imaginaria vulnerada con las equivocaciones, aquel pasado que no sé si un día me perdonaré, aquellos miedos que me hacen rehén de los errores y mi tortura de la noche gira en torno a esa soledad profunda, muy profunda.
Cuando la hoja no alcanza para plasmar los pensamientos, cuando las lágrimas no pueden ahogar esa tortura, quisiera encontrar a alguien, alguien que no vea en mí esa mujer frívola de la que creen sólo le importa el sexo, pero que en un beso y un abrazo  sea capaz de retarme a escribir una nueva historia; alguien no me elogie banalmente diciéndome que soy “una gran mujer”, pero que me haga sentir que soy más que mis errores del pasado; alguien que no sólo abrace mi cuerpo sino que pueda cobijar mi alma.
Y es entonces, cuando entre tantos pensamientos, entre las inagotables lágrimas, el insomnio se aparece en mi noche y me lleva a la soledad más profunda con un solo pensamiento: dormir y no despertar…

Una caricia incidental

 


Han sido días de mucho cansancio, de un poco de hastío ante una desgastante realidad que parece nada puede cambiar… Había sido un día donde cuestiones de salud sólo reflejaban un mundo de pensamientos cansados de huir, cansados de intentar descifrar aquella historia del pasado para poder soltarla y elevar el ancla para continuar…

Ese día coincidimos en una conversación casual, casi de amigos, platicamos trivialidades enumeradas a cuenta gotas porque explicarlas a detalle requeriría mucho tiempo y no era el lugar ni el momento para conversar plácidamente. Así sucedió la charla, sin muchos porqués, sin muchos argumentos, sólo relatos vagos del día a día acumulado de varios meses de no vernos.

Era inevitable imaginar que tu mirada saboreaba mis labios, que recorría mi cuello y fantaseaba con mi presencia en ese lugar. Era evidente que mis pensamientos estaban alterados, que me inquietaba tu mirada y que mi imaginación volara… La vulnerabilidad por mi estado de salud, hacía todo más complicado, no estaba segura si lo que buscaba era un diagnóstico médico, un abrazo, oídos atentos a mis sinsentidos o sólo huir de mi mundo por unos minutos, suponiendo que contigo podría hacerlo…

Así, de manera fortuita, creo yo que muy casual te acercaste a mi espalda, tus manos tomaron mi cuello, apenas rozándolo, apenas para saber cuánta tensión había en él, consciente que tal vez gran parte de ella era producto de la cercanía de tu cuerpo. Tus manos, grandes, suaves, fuertes avanzaron hacia mis hombros, cerré los ojos imaginando que cambiábamos de escenario, a un lugar más privado, a un lugar más nuestro…

Tu voz se perdía entre el ruido de mis pensamientos, tu presencia se internaba en mi fantasía, tus manos recorriendo mi espalda dibujaban un recorrido reconfortante, muy agradable. Lentamente avanzabas con las yemas de tus dedos desde mi nuca, mi cuello hasta mi espalda, no sé con precisión qué me decías, sólo sé que era placentero sentirte, no sólo por una connotación sexual de deseo instintivo, sino por un placer reconfortante, un placer que me daba paz, que por instantes lograba calmar mis pensamientos.

El cansancio hacía que mis ojos se cerraran, que mi mente se fuera apagando poco a poco, que de momentos sintiera que me quedaba dormida… Así las terminales nerviosas de mi espalda se concentraran en el recorrido de tus manos, imaginando que esos instantes podían convertirse en minutos, en horas, en una noche… De verdad, créeme, no una noche de sexo, sino una noche de caricias que me hicieran desconectarme del mundo que tan alterada tiene mi salud en estos momentos.

No supe a ciencia cierta cuántos minutos pasaron, pero sé que el instante en que tus manos estuvieron sobre mi espalda fue una sensación muy rica, la temperatura de la palma de tu mano contra la tensión de los músculos de mi cuello y mi espalda, era un contraste que combinaba relajación con excitación, realidad con fantasía.

Así, desperté confundida entre el diagnóstico médico, el placer efímero y una caricia incidental.

 

 

 

El premio del amor

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Hacer el amor contigo siempre tuvo una connotación de premio, de un momento esperado, deseado intensamente… ¡Qué rico era! ¿Te acuerdas? Preparar la ocasión era un gran evento, tus tiempos y los míos, el mundo, el tuyo, el mío… cuando todas las variables coincidían y podíamos programar un día nuestro, comenzaba muy temprano, muuuuuy temprano, lo recuerdo claramente!!!

Nos veíamos por la mañana, nos íbamos a hacer ejercicio, regularmente a correr… Hace unas semanas, una casualidad me llevó a un lugar cercano de donde corríamos, donde se aparecía aquella pequeña ave roja, no sé con precisión si era un cardenal o alguna otra especie, pero sé que era cómplice nuestro, de nuestros besos, de nuestras caricias, de nuestras conversaciones, de nuestras risas y por supuesto, de mi cansancio!

Cuando vi la señalización indicaba que, sin querer, estaba ahí, en ese lugar que en algún momento fue nuestro, una sonrisa inconsciente liberó un sinfín de pensamientos, desde la conversación del largo camino, el beso de motivación antes de bajarnos del auto como aliciente para nuestra carrera, recordé las decenas de lagartijas que, convertidas desde mi fobia en dinosaurios, parecían atacarme…

Recordé cómo fuera del auto, nos quitábamos la ropa que sabíamos sobraría en el camino, quedábamos únicamente en shorts y camiseta… ¡qué recuerdos! Mi cuerpo entonces era atlético, me sentía orgullosa de mis piernas, jamás tuve un cuerpo estructural, pero el ejercicio y tu amor me hacían sentir atractiva. Así en shorts nos besábamos recargados en el auto, aquel beso era tan energético, lo sé porque hoy no alcanzo a entender cómo le hacía para correr 10 km, seguro era aquel beso.

Iniciaba nuestra carrera con una caminata apresurada, aún rumiando los temas del camino, los dramas con mi entonces jefe, las aventuras post-universitarias con mis amigas y por supuesto, lecciones simultáneas sobre el deporte que nos unía. Contigo podía hablar de cualquier cosa, discutir algún poema de Benedetti o platicarte mis sueños de periodista emergente.

Una brisa fresca de una mañana entre la vegetación, nuestro testigo con alas persiguiéndonos, aquellos maléficos reptiles observándome, dándome pretextos para abrazarme a ti como quien teme ser devorada por el peor monstruo de sus pesadillas, el temblar de mis piernas que ponía a prueba mi fuerza trabajada en el gimnasio, el aire que entre el ejercicio y la charla se agotaba en mis pulmones…

Una pausa, recostados sobre el pasto, con mi cabeza sobre tu brazo, jugando con mi mano sobre tu playera que se adhería a tu piel por el sudor, el recorrido de tu mano desde mi cabello, mi nuca, mi espalda, mi cadera… Eran minutos de silencio, sin palabras, dejando que los cuerpos se comunicaran entre caricias, miradas y besos. Tu exigencia atlética no daba tiempo de mucho, así que a continuar con el recorrido con el incentivo de que al término, habríamos de ducharnos juntos para deshacernos del sudor…

Concluido nuestro recorrido, el destino era claro, fijado con antelación, así que luego de un trayecto corto, estacionábamos el auto, bajábamos las maletas de nuestra ropa y un beso apasionado era la contraseña de entrada a la habitación. En algún lugar quedaba la ropa, la sensación húmeda por el sudor en nuestras piernas que se rozaban, provocaba una excitación absoluta. La fuerza de tus manos tomando mis caderas contra ti era parte del pronóstico de una deliciosa mañana a tu lado.

Bajo la regadera, con agua tibia que contrastaba con el calor de nuestra piel, nos besábamos y acariciábamos jugando con la sensación de la humedad… yo detrás de ti, recorriendo tu espalda con mis manos, dibujaba una y otra vez trazos instintivos que describían lo delicioso que era sentirte. En algún movimiento sin pensarlo, quedaba frente a ti, buscando la manera de llegar a tus labios –mi estatura no es una de mis fortalezas – nuestros labios se encontraban y saboreando la textura, la forma, el sabor dulce de tus besos, disfrutábamos nuestro mundo.

Salíamos de la regadera y nos quitábamos el exceso de agua con la toalla, era muy excitante esa sensación húmeda de nuestros cuerpos exhaustos por el ejercicio físico –al menos el mío – recorrer tus brazos fuertes, tu dorso cálido con la certeza de que ése era el mejor lugar para estar, ahí en tu pecho, abrazada a ti…

Nos recostábamos sobre la cama, desnudos de cuerpo y alma, seguíamos platicando, qué rico era que no se nos acabara el tema de conversación, que habláramos de música, de libros, de sinsentidos, pero siempre en una conversación apasionada, donde tus palabras eran siempre sabias, siempre atinadas…

Luego, el roce de nuestras piernas desnudas bajo las sábanas, el juego sutil de las caricias de mis manos en tu espalda, el recorrido de tus labios devorando lentamente mi cuello demostrando que siempre sabían el camino preciso, exacto para disfrutar el  amor. La sensación ansiosa de dos cuerpos exhaustos por el ejercicio pero con energía de sobra para el amor.

El recorrido de tus manos sobre mi piel, de mis labios en tu pecho, dejando que los cuerpos se entendieran, que las pasiones se comunicaran, que el sexo fuera pleno en cada caricia, en cada sensación…

En todo momento nuestros cuerpos se entendían perfectamente, cada roce era parte del lenguaje que sólo el amor puede entender, que sólo los amantes pueden entender. En un juego instintivo, que a ojos cerrados, reconoce cada centímetro de la piel al hacer el amor.

El delicioso juego del sexo placentero como el premio del amor…

Una mujer complicada

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Sé que a algunos hombres les causo curiosidad, quizá porque me imaginan como una mujer fácil dispuesta a vivir una aventura para del sexo ocasional, o quizá me vean como una mujer frívola que sólo espera recibir halagos a propósito de sus encantos. No lo soy, ninguna de esas dos versiones soy.

Sólo soy una mujer complicada a quien lo simple le hace feliz…

Soy una mujer a quien le hace feliz unos brazos fuertes que un abrazo detengan el tiempo, que estando en ellos sienta que no podría existir un mejor lugar para encontrar un poco de paz. Unos brazos cálidos que conforten los pensamientos, que se conviertan en la mejor medicina para cualquier diagnóstico,  que tengan el efecto de un analgésico o un relajante muscular.

Soy una mujer complicada, a quien la simpleza de bailar salsa toda una noche le hará disfrutar del lenguaje de dos cuerpos que a ritmo guapachoso se olvidan de todo, que imaginando la historia detrás de la letra cualquier salsa romántica, podría construir una fantasía deliciosa mientras bailamos con sensualidad y cadencia ese sensacional ritmo.

Soy una mujer complicada, que se deja cautivar por una plática inteligente, de temas simples o profundos, pero con argumentos claros y honestos. Soy feliz en una charla amena con una cerveza bien fría o un café caliente y cargado, donde apasionadamente pueda defender a capa y espada a mi equipo de soccer o hablar de religión o política. Soy feliz en una charla en la que encuentre oídos atentos y palabras inteligentes para conversar.

Soy una mujer complicada que sucumbe ante la simpleza de un trato gentil que comparte con cariño un detalle, una flor cortada en el camino o comprada en la esquina, un pan dulce para acompañar mi segunda taza de café mañanero, un chocolate que dé energía para terminar mi jornada de trabajo por la tarde, una poesía sin métrica que en la acción diga más que en la rima.

Soy una mujer complicada que se deja seducir con un beso en el cuello que me haga cerrar los ojos, por una caricia en la espalda que dibuje trazos sencillos que despierten el deseo, por la cercanía de un cuerpo ardiente que traspase la ropa, por unas manos hábiles que desnuden mi cuerpo sin que mi racionalidad les cuestione.

Soy una mujer complicada que promete un cielo resguardado por vastos y diestros demonios. Un cielo que con diferentes matices de Azul describen la mujer que soy, sus pasiones, sus miedos, sus sueños, sus anhelos… Soy una mujer que vive en el límite del cielo y el infierno.

Soy una mujer complicada, a quien lo simple le hace feliz.